Opinión

¿A qué Dios rezan?

 

Yo oigo y veo a Dios en todas las cosas’, escribía Whitman hace casi dos siglos. Desde entonces, hemos asistido a muchos acontecimientos importantes: dos Guerras Mundiales, el descubrimiento de la penicilina, la Gran Depresión, el primer viaje a la Luna, la Guerra Fría… Pero, en el fondo, nada ha cambiado demasiado: amanece, las flores llenan los campos en primavera y la gente se enamora. Y Dios sigue en todas las cosas: en la luz, en las flores ‘y en el rostro de los hombres y mujeres’.

Y, aun así, convivimos con fanáticos religiosos que asesinan, sacrifican y destruyen. Necios. Viven esperado el momento de encontrarse con Dios y caminan dándole la espalda. Confían en su triunfo mientras lo fusilan. Sueñan con una corona de laurel y mutilan los sueños de otros. Asesinan a Dios en su nombre.

Como labradores, siembran terror para luego segar libertades. Pero no lo conseguirán. No se puede cosechar en una tierra tan yerma como la tierra del odio. En cambio, todas las lágrimas que están llorando las madres, los padres, los hermanos, los amigos y, en cierta medida, cada uno de nosotros, caen en otro campo, abonado con el deseo de que este horror termine, donde espero que germine un árbol de compromiso, de cooperación, de confianza y de firmeza.

Ya podrán venir ejércitos enteros de extremistas, que nosotros seremos más. Ya podrán devastar el suelo que pisamos, que nacerán nuevos brotes. Ya podrán azotarnos con sus crímenes, asfixiarnos con el miedo o anegarnos de dolor, que no nos someterán.

Sé que las lágrimas no os dejan ver y el llanto no os deja oír, pero creedme si os digo que aún oigo y veo a Dios: en la luz de las velas que encendéis, en vuestras flores y en el rostro de los hombres y mujeres que lloran.

Por: Elena Vecillas Valdueza

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