Opinión

Sí, yo también fui una larva y no me gusta el rosa

 

Nunca me gustó el rosa. Sí, ya lo sé, es el color de las niñas obedientes, de las princesas Disney, de las tartas más ricas y apetecibles y de la lucha contra el cáncer de mama. Esto último nunca lo entendí. A mí el rosa me dice más bien poco, o mejor dicho, nada.

El color que abandera la lucha de tantas ‘destetadas’, entre las que se encuentra ésta que escribe, debería ser un color vivo. Un rojo, un fucsia y no un color pastel que ni siquiera brilla en el arco iris. Las mujeres, y los hombres, que los hay, son los menos afortunadamente, pero los hay, que han sido ‘destetados’, son gente que combate cada día, que se revuelve en el fango entre quimios y se vuelve a levantar.

El rosa es un color dulce y suave, la mezcla que resulta entre el rojo y el blanco. En cambio el rojo es un color intenso y puro, el tono de la pasión. Cuando te diagnostican un cáncer, te conviertes en una despechada, cabreada con el mundo y tienes todo tu derecho a estarlo. Pero el cáncer también es la enfermedad de la pasión porque te aferras con tanta pasión a todo, que te conviertes en un ser enfermizo del corazón, también rojo, como la sangre.

Con el cáncer descubres a tu verdadero yo. Eres tú en estado puro. El cangrejo te muestra tu lado más débil. Esa eres tú, la que apenas puede caminar de la cama al sofá arrastrando sus cuarenta kilos. Pero también saca tu alter ego más valiente y testarudo y esto es otra historia. No porque venzas a la enfermedad. Tú no la vences, solo aguantas el tirón mientras la química y los médicos hacen su trabajo.

Nada está en tu mano, no puedes hacer nada sino esperar a que acabe el chaparrón de engancharte al veneno de la quimioterapia, y cruzar los dedos para que la suerte haga el resto y la vida decida darte una segunda oportunidad. A algunos nos la da y a otros no, y después queda la difícil tarea de convivir con la sombra de la duda, siempre tan puñetera. La postguerra.

Muchos son los esfuerzos que se emplean cada octubre para concienciar sobre la enfermedad, y eso está bien. Pero nadie te muestra la verdadera cara de esta batalla más allá de que la enfermedad hay que vivirla con optimismo.

Yo no disfruto más de las puestas de sol después de que me hayan ‘destetado’ y tampoco despertaba durante el ‘destete’ con una sonrisa como si nada estuviera pasando. Ya disfrutaba antes de esas magníficas puestas de sol, tal y como lo hago ahora. Y lejos de despertar con una sonrisa, lo hacía con mucha mala leche, sí demasiada y quizá desproporcionada. Alguien o algo, no sabía muy bien quién o qué, me había arrebatado mi lado más femenino.

Concienciar sobre la enfermedad es importante, pero también lo es ponerle cara al Sr. Cáncer, así que yo decidí escribirle una carta a modo de despedida cuando pasó a formar parte de mi lista de ex. No son pocos los tópicos que rodean a esta enfermedad. Y en la justa tarea de derribarlos, mi más sincero agradecimiento y admiración a Susana Koska, la compañera de viaje del ‘hombre de negro’ que para ser feliz quiere un camión, sí … Loquillo.

Me alegra saber que no soy un ‘bicho raro’ y le agradezco con el alma la publicación de su obra “Tópico de cáncer”. En su libro desmonta los tópicos sobre el cangrejo gigante. A ella también le dolía. Ella también detuvo su vida. Y ella, como yo, no se despertaba con una sonrisa. Es complicado sonreír cuando te miras al espejo y te sientes un alienígena, ella se sentía “una larva”. Es difícil sonreír cuando la sociedad se empeña en que te enfundes una peluca y te dibujes cejas, como quien sube a las tablas de un escenario y comienza la función. Pero no, el cáncer no es ninguna función y tampoco tienes que poner una sonrisa cada vez que se cierra el telón.

Así, que háblenme del rosa, sí, pero solo si es una flor, por favor.

Almudena Peña

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