Jesús Málaga

Patronatos Salmantinos

JESÚS MÁLAGA: ‘Desde el balcón de la Plaza Mayor’ (Memorias de un alcalde)

Visitando con Pablo de Unamuno y un grupo de vecinos de Morille la casa museo de su abuelo, en una de las estancias, colgada de una pared, nos encontramos una orla especial, que llamaba la atención. Nadie llegaba a comprender su significado. En ella aparecía Unamuno con otros tres personajes. Por su ropaje supimos que uno de ellos era el obispo y otro un sacerdote desconocido. Una orla con tan solo cuatro personajes y una leyenda: San Ambrosio. Pablo no sabía su procedencia y, de repente se me encendió una luz y recordé.

 

Me puse a explicar al auditorio que aquella orla se correspondía con los miembros del Patronato de San Ambrosio en el tiempo en que don Miguel fue rector, y que yo había sido en mis años de alcalde miembro de dicho Patronato, por lo tanto el cuarto personaje era el alcalde.

A los pocos días de llegar a la alcaldía de Salamanca fui citado a una reunión del Patronato de San Ambrosio. Me informé de su cometido y me dijeron que se concedían becas a estudiantes de la ciudad y provincia de Salamanca. Debió de ser en sus orígenes un patronato rico, pero con el tiempo había quedado en la miseria: en 1979 dimos becas de 25.000 pesetas para el mantenimiento de estudiantes durante todo el curso, cantidad a todas luces insuficiente ya entonces. El Patronato mantuvo en su poder algunos inmuebles, fue propietario del edificio del mismo nombre, sede del patronato en sus orígenes.

El colegio de San Ambrosio había sido hospicio, todavía se conserva el torno donde se abandonaba a los recién nacidos. Hacía años que lo había adquirido el Estado y, finalmente, el Ministerio de Educación y Ciencia instaló el que con el tiempo se haría famoso, el Archivo Nacional de la Guerra Civil Española.

Para acceder a las becas tenían preferencia los familiares y paisanos del fundador. En los estatutos del colegio se establecía incluso cómo debían vestir los colegiales y, por supuesto, la forma de distribuir los fondos que cada año repartíamos.

La reunión se celebró en la vivienda del obispo, don Mauro Rubio Repullés, alrededor de una mesa camilla. El prelado se había trasladado a la Plaza de la Libertad, a un palacete donde hoy se encuentran algunas dependencias municipales, abandonando el palacio del Obispo que amenazaba ruina. El patronato lo componíamos tres autoridades, los tres con cargo. Lo presidía el prelado, el rector ostentaba la vicepresidencia y el alcalde hacía de secretario.

Nos asistía un cura bajito, embutido en una sotana con brillo por el uso, de mucha edad, regordete y dicharachero que llevó en todo momento la voz cantante, y que fue presentado por el presidente como el secretario de actas. Era la persona que tenía la misión de recoger los acuerdos y las discusiones de los miembros del patronato si las hubiera, además de llevar a efecto los acuerdos. Con paciencia nos iba indicando en cada uno de los puntos del orden del día cómo debía discurrir la reunión.

Debió de ser en sus orígenes un patronato rico, pero con el tiempo había quedado en la miseria: en 1979 dimos becas de 25.000 pesetas para el mantenimiento de estudiantes durante todo el curso, cantidad a todas luces insuficiente ya entonces.

Me pareció curioso todo lo que se trataba en el Patronato. Pedí las actas y me entretuve en pasar las hojas de los libros donde se recogían las incidencias de las reuniones. Ante mis ojos fueron apareciendo las firmas de alcaldes, obispos y rectores de los últimos decenios hasta que llegué a la de don Miguel de Unamuno, cuyas intervenciones estaban reflejadas al pie de la letra y que, por su interés, leí con entusiasmo. Al tratarse de becas para universitarios, el rector solía estar atento a cuanto se decidía. En 1979 el patronato languidecía debido a la cada vez más escasa cuantía a repartir. Lo que debió ser una ayuda considerable en tiempos del fundador había quedado en algo canino y raquítico.

Pasó el tiempo rápidamente. Aprobamos las ayudas que nos propuso el secretario de actas que, previamente, había seleccionado los mejores expedientes, y llegamos al último punto del orden del día. Don Mauro, muy serio, pidió al cura que leyera las últimas voluntades del finado, el fundador del Patronato. El curita engoló la voz y leyó en voz alta que:

-“Debido a las molestias ocasionadas al obispo, al rector y al alcalde por asistir a la reunión del Patronato se les obsequiara con medio kilo de pastas y una libra de chocolate”.

Volvió a tomar la palabra el presidente para decir con severidad:

– ¡Hágase con el signo de los tiempos!

Desconcertado con lo que estaba oyendo no pregunté por el sentido de este ritual, que seguramente se daba cada año en la reunión del patronato.

Aquel día, cuando llegué a casa me recibió María José informándome de las novedades que se habían producido en mi ausencia. Me comentó que había llegado un paquete remitido por el Patronato de San Ambrosio. Le expliqué los pormenores de la reunión que acababa de mantener. Abrimos el paquete y nos encontramos con un queso de bola y una botella de vino dulce, de los de misa. Las pastas y el chocolate habían quedado desfasados y el obispo los había cambiado por productos más acordes con el tiempo en que vivíamos. Entonces entendí lo del signo de los tiempos.

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