Jesús Málaga

La Fundación Rodríguez Fabrés

JESÚS MÁLAGA: ‘Desde el balcón de la Plaza Mayor’ (Memorias de un alcalde)

La gran fundación de Salamanca es sin duda la de Vicente Rodríguez Fabrés. Era don Vicente uno de los hombres más ricos de Salamanca, sino el más rico. Banquero, de los muchos que ha dado esta tierra. Baste recordar entre ellos a las familias Coca y Cobaleda que los entrados en años recordarán, sobre todo por la quiebra de la última. En plena posguerra, el suicidio del dueño de la banca Cobaleda afectó a muchos salmantinos que tenían en aquella banca local depositados sus ahorros. Algunos de los lectores retendrán en la retina el precioso edificio de la Plaza de los Bandos, con aquel jardincillo de entrada, que daba a la banca familiar más empaque del que realmente poseía.

Don Vicente Rodríguez Fabrés, solterón de oro, tenía fama de serio, retraído y huraño, hombre de pocos amigos, de tal manera que a su muerte, tan dados como somos a asistir al funeral de cualquier conocido, don Vicente se quedó prácticamente con la servidumbre, unos pocos vecinos y algún allegado que lo velase.

Nadie sospechaba que el antipático de don Vicente se había trasladado a Madrid el 19 de julio de 1896 para firmar su testamento. El notario que dio fe del mismo fue don Modesto Conde Caballero, que para más señas era licenciado en Derecho Civil y Canónico.

Demandaba un velatorio largo, en la mejor dependencia de la casa, y el enterramiento en el cementerio católico de Salamanca, aunque la muerte le sorprendiera fuera de su ciudad natal

Contaba entonces el banquero 49 años, y aunque vivía en Salamanca, tenía un piso en la Corte. Nada menos que en la calle de Alcalá, en el número 33. Sus padres, cuyos retratos están en la sala de juntas del Patronato, fueron don Vicente y doña Josefa, muertos ya en esas fechas.

Su testamento es esclarecedor y nos indica claramente su forma de ser y de comportarse. Pedía ser embalsamado, vestido con la ropa negra que siempre había usado y que no le despojasen de una medalla de la Virgen del Carmen. Demandaba un velatorio largo, en la mejor dependencia de la casa, y el enterramiento en el cementerio católico de Salamanca, aunque la muerte le sorprendiera fuera de su ciudad natal.

No se conformaba con estipular el número de hachones que habían de alumbrarle cuando estuviera de cuerpo presente, doce, el funeral de primera clase que habrían de oficiar, la forma y calidad del ataúd, sino que también instó a todos los sacerdotes que quisieran a ir a las iglesias de Santo Tomás Cantuariense y San Martín a decir misas rezadas por su alma el día de su fallecimiento. Misas bien pagadas, claro está, como era costumbre en aquellos tiempos cuando el difunto era de familia adinerada.

No es de extrañar que su testamento comience declarando que profesaba la Religión Católica Apostólica Romana, ya que su profunda religiosidad estaba fuera de toda duda. No dejó de lado las limosnas acostumbradas a los pobres de la ciudad y a las Hermanitas de los Pobres, a las que ayudó con la abultada cifra de 500 pesetas de las de entonces.

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One Comment

  1. Quizás esta figura necesite muchos capítulos…ya que dejó en herencia dinero y bienes para que muchos niños sin medios de esta provincia pudieran vestirse, comer, dormir en cama caliente y estudiar…una fórmula para salir de la pobreza. También dejó dinero y bienes para que muchos ganaderos y agricultores pudieran formarse para mejor sus explotaciones.

    Quizás, quizás…es decir…era una persona “atípica”…pero al final hizo mucho bien a esta pobre provincia necesitada de mejores personas y personas que tiren del resto.

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