Opinión

Cerebros

 

Cuando, con trece años, estudiaba en aquel libro de bachillerato los nombres de los huesos, venas, arterias, músculos y otras exquisiteces del cuerpo humano, había que aprenderlo de memoria, con aquellos dibujos en negro y rojo. ¡Parece que los estoy viendo ahora!

 

Pero tuve la suerte de que en aquel instituto, el Cervantes, de Madrid, disponían de un esqueleto montado, y unas colecciones de huesos sueltos para prácticas. ¡No eran de plástico! Ignoro si en otros institutos de bachillerato gozaban de tal privilegio, quizás heredado de los anteriores ocupantes de aquel edificio, el Instituto Alemán. No lo sé.

El caso es que mis compañeros y yo tuvimos acceso a aquellos huesos, que algunos no querían tocar por lógica aprensión, al pensar que se trataba de cadáveres. Para demostrarles que yo era más valiente no tuve esos temores, rápidamente desaparecidos. Recuerdo que nos dejaban una calavera y huesos craneales sueltos, para comparar. ¡No lo olvidé jamás!

Más de uno estará pensando que por qué no estudié Medicina. Pues la verdad es que nunca se me pasó por la cabeza. ¡A lo mejor me equivoqué!

Aquellas benditas prácticas con huesos humanos me fueron muy útiles mucho después. Veréis. Un día, allá por los años 70, Eduardo Carbajosa encontró una extraña placa de tortuga, de un espesor insólito, muy delgado. Cuando la vi, inmediatamente supe que se trataba de un fragmento de parietal humano. Hay que aclarar que no es rara la equivocación; las suturas óseas son muy parecidas en estos huesos y las de algunas placas de tortugas. Puestos en contacto con los amigos de Arqueología, procedieron a buscar, encontrando restos de un enterramiento en el que destacaba que el muerto tenía un fuerte traumatismo craneal.

Y ello fue posible porque a mí me habían dejado jugar, siendo casi un niño, con aquellos benditos huesos, que hubiese olvidado si los hubiese tenido que estudiar sólo en los libros.

Todo esto lo he recordado a raíz de haber asistido hace unos días a una conferencia impartida por Javier Herrero Turrión, director Científico del Banco de Tejidos Neurológicos y del Instituto de Neurociencias de Castilla y León. El tema era de suma importancia: la donación de nuestros cerebros para que sirviesen a los investigadores que luchan contra el MAL DE ALZHÉIMER y otras demencias. ¡Nada menos!

Más de uno quedaría convencido de tal conveniencia. Muchos habían ya firmado la donación de órganos o del cuerpo entero y se les aclaró que no era suficiente, que la de cerebros debía hacerse por separado para que fuese útil. Al final se repartieron unos folletos para solicitar más información al respecto. Desde estas líneas, os invito a que también lo hagáis vosotros.

A la vista de las diapositivas -o como se llamen ahora- que presentó Javier Herrero, mostrando cerebros extraídos, me dio por pensar. Esos cerebros ordenaban a unos cuerpos para que hiciesen esto o aquello; pensaban, recordaban… Y me vinieron a la memoria aquellas estrofas inmortales de Antonio Machado:

“Cuando recordar no pueda,
¿dónde mi recuerdo irá?
Que una cosa es el recuerdo,
y otra cosa el recordar”.

Y digo yo, con él: ¿Dónde van nuestros recuerdos? ¿Quedan en aquellos cerebros extraídos? Evidentemente no. ¿Dónde van, pues?

Y es más… Un enfermo de alzhéimer, ¿va perdiendo sus recuerdos? ¡Yo creo que no! Lo que pasa es que no los recuerdan. Pero para mí no hay duda de que no los pierde ¡Nunca!

Y llegamos a la gran, a la eterna pregunta: ¿DÓNDE VAN? UBI EST?

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2 Comments

  1. .Mi primer año de Medicina en Salamanca, curso 1.956-57, tuve la suerte de “heredar” todos los huesos del cadáver de un adulto, aún aquellos muy difíciles de conseguír, como son los de la muñeca. Me fueron de grandísima ayuda para aprobar Anatomía y posteriormente a otros futuros colégas más que a su vez los heredaron. Destaco lo casi imposible averiguar su sexo. Otra cosa era todo el procedimiento, si se quiere macabro, hasta tenerlos peladitos, sin rastro alguno de tejidos y brillantes, Nada comparable a los procedimientos de hoy dia. La práctica de disección de cadáveres, ya es para otro comentario.

    1. Muy interesante, Héctor. Me imagino que hoy muchos piensan que no hace falta; que para eso están los programas de ordenador y otras cosillas nuevas. ¿Qué saldrá de ello?

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