De la sombra a la luzPortada

Las intrigas del Alcázar

El alcázar de San Juan se construyó en 1288 y dos siglos después, el rey Enrique IV ordenó al Concejo de Salamanca su demolición mediante real cédula dictada en Segovia el trece de Septiembre de 1472

Jesús Málaga, presidente del Centro de Estudios Salmantinos, y La Crónica de Salamanca inician una serie sobre monumentos, rincones, rutas y lugares ‘escondidos’ de nuestra ciudad bajo el título de: Salamanca, de la sombra a la luz

 

Alfonso X El Sabio entregó un 9 de noviembre de 1259 la Real Cédula, con lo que la institución educativa pasaba a ser propiamente una Universidad, siendo la primera en Europa. Pero, en este capítulo de Salamanca: de la Sombra a la Luz no vamos a hablar del VIII Centenario de la Universidad, sino del Infante Don Sancho, hijo segundón de Alfonso X El Sabio, que deambuló por Salamanca y la puso patas arriba gracias a su morada, que no era otra que el Alcázar.

El remate neo-árabe construido en cal y ladrillo durante los primeros años del siglo XX.

Escriben Luis Mª Serrano-Piedecasas y Miguel Muñoz que por referencias documentales, el Alcázar parece obra de la voluntad de su alteza, el Infante Don Sancho, que dispone su reedificación en 1280 ubicado en la calle que enlazaba la parroquia de San Juan del Alcázar a San Millán.

Lo descubierto hasta ahora, a falta de una excavación arqueológica, desde esta sección Salamanca: de la sombra a la luz proponemos que se lleve a cabo, se reduce a los restos de un gran torrejón acompañado de un parámetro adyacente, ambos de mampostería irregular.

A ello, debemos sumar a su derecha, una torre que presenta tres fases constructivas, la primera con grandes sillares graníticos en las esquinas; una posterior en mos quadratum medieval, compuesta por sillares en arenisca y marcas de cantero y por último, un remate neo-árabe construido en cal y ladrillo durante los primeros años del siglo XX.

El alcázar de San Juan.

Las defensas medievales salmantinas integraban el Alcázar real, la Cerca vieja (primer recinto), la Cerca nueva (segundo recinto), y el propio puente romano que alojaba un castillete con parapetos y almenas. A estos tendríamos que añadir la catedral vieja, pues sus tejados disponían de merlones y constituía la sede del poder eclesiástico.

El Infante Don Sancho tenía a sus leales súbditos salmantinos muy desestabilizados como indica Fernando Araujo en su obra ‘La Reina del Tormes’, el reinado de Sancho IV ‘El Bravo’ fue “uno de los más revueltos, intrincados y calamitosos de la historia patria; ni era posible esperar otra cosa una vez conocidos y quilatados los acontecimientos que le sirven de introducción. Rotos todos los respetos y dado el ejemplo de la desobediencia en las más altas esferas, lógico era que la cizaña acudiese, que la mala hierba prosperase, que las ambiciones más desenfrenadas se despertaran, que la avidez de honores y riquezas se generalizasen, produciendo continuos conflictos con el choque de tantas encontradas aspiraciones, y que en aquel hervidero de laboriosas intrigas y mezquinas pasiones, se desconociesen los fueros de la razón y la justicia y sólo se rindiera culto a la arrogancia y al éxito”.

Dibujo de Anton Van den Wyngaerde, desde el Arrabal, 56 años antes de la catástrofe.

Salamanca, “leal a D. Sancho desde que se apartó de la obediencia a D. Alfonso, jamás le desmintió su franca adhesión, siendo probablemente debido a esto el que, mientras el rey Bravo derogaba los privilegios y exenciones que había otorgado a próceres y ciudades, villas y cabildos durante su rebelión, para hacérselos favorables, conservaba, por el contrario, los de Salamanca. A esta decidida afición de Salamanca a Sancho IV, es necesario también atribuir el daño que le causaron los parciales del infante D. Juan y D. Lope de Haro, al mando de Diego López Campos, asolando el territorio en 1288, después de la ruptura de las Cortes de Toro, y apoderándose por sorpresa del alcázar, desde donde molestaron, aunque sin fruto, a la ciudad, hasta que los vecinos consiguieron desalojarles; varios pueblos que habían querido sacar partido de las circunstancias, entre ellos Miranda y Salvatierra, invadiendo el término de Salamanca con pretensión de engrandecimiento, recibieron orden de abandonar lo que hubieran ocupado, no queriendo llevar más lejos su venganza la ofendida y generosa ciudad, en cuyo término prohibía D. Sancho en 1293 y 1294, de conformidad con lo acordado en las cortes de Palencia y Valladolid, que ningún rico hombre ni rica dueña, infanzón ni caballero poderoso, comprase en adelante heredad forera, ni pechera, ni ninguna otra, para evitar la excesiva acumulación de propiedad, ocasionando graves desafueros”.

Y llegó su fin

Doscientos años después, durante el reinado de Enrique IV se produjo igualmente otra rebelión, la de D. Pedro de Ontiveros, que se apoderó del alcázar salmantino y el propio pueblo lo desalojó, entregándolo al monarca en persona, ya que el rey había venido a Salamanca para reunir en ella a las Cortes “y andar en trato con los autores del inaudito desacato de Ávila”.

Los cimientos del alcázar de San Juan.

Así pues, dos siglos después de su construcción, el rey Enrique IV ordenó al Concejo de Salamanca su demolición mediante real cédula dictada en Segovia el trece de Septiembre de 1472, por ser lugar de refugio de sus opositores, que pretendían sustituirle en el trono por su hermano, el infante don Alonso.

Villar y Macías escribió en su ‘Historia de Salamanca’ que el alcázar llamado de San Juan, por estar inmediato a la iglesia parroquial de San Juan Evangelista; dábanle singular fortaleza, no sólo su ventajosa situación, sino sus robustos muros, torres y baluartes; pero habiendo en ocasiones servido de amparo y defensa de desleales, fue demolido en tiempos de Enrique IV por el Concejo, al que por ello concedió el monarca en 1472 los derechos y rentas de las casas situadas en el distrito del alcázar, ya fuesen propias de cristianos, ya de judíos que habitaban aquel barrio; le concedió así mismo los derechos de castillería, montazgo y peaje de los ganados que cruzasen por el puente, las penas del fosario de los judíos y todos los materiales del alcázar y su solar; concedió también al Concejo los derechos que sobre la taberna del vino blanco pertenecían a los alcaides del alcázar;…”.

Documentación:
Muñoz García, Miguel A. (2012). «La muralla de Salamanca, doce años después». IVº Congreso de Castellología (Madrid):
Serrano-Piedecasas Fernández, Luis Mª; Muñoz García, Miguel A. (1999). «Aproximación arqueológica a las cercas medievales de la ciudad de Salamanca». Vº Congreso de Arqueología Medieval Española (Valladolid).
Araujo, Fernando, “La Reina del Tormes”.
Villar y Macías, ‘Historia de Salamanca’.
luisgarrido-helmantica.info

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