Opinión

Involución

A veces la democracia parece resucitar, aunque tal y como Nietzsche dijo de Dios, todo parece indicar que ha muerto definitivamente.

No deja de ser triste y deprimente  que este instrumento clásico de la vida civilizada¸ haya caído con la facilidad e indiferencia de los que se rinden al primer embate.  Aunque quizás esto solo indica que los enemigos que la han derrotado y sometido se encontraban en sus mismas filas y entre sus mismos defensores.

Quizás aquella muerte divina anunciada por el filósofo teutón, como metáfora de todo lo que la Historia dejaba atrás al comenzar el siglo XX, prometía larga vida a la democracia, además de otros avances en el orden cultural y social, confiados en que siempre la flecha del tiempo volaría a partir de entonces en el sentido ascendente del “progreso” marcado por los filósofos de la Ilustración, y que este progreso era imparable e inevitable. Sin embargo  todo eso hoy se ha ido al garete. La Historia se ha detenido para dar marcha atrás, la democracia ha muerto de muerte repentina, y quien ha resucitado ha sido Dios bajo una de sus múltiples formas: la del dios “mercado”, que como todo dios que se precie necesita de una Iglesia y de un catecismo,  de una casta sacerdotal y de un rebaño de borregos.

Como la democracia es incompatible con los rebaños de borregos y con los pastores iluminados, ha habido que escoger entre una cosa o la otra: entre la religión del dios mercado o la democracia civil y laica. Como era de esperar, los que siempre se presentan voluntarios a pastores de cualquier creencia infalible fiados en sus altos méritos y acendrada fe, no han tenido la más mínima duda: han escogido al dios mercado y el culto de su fe única, fértil en mordidas y ofrendas, dejando que la democracia se pudra y se vaya por el desagüe, o como suele decirse desde esas alturas hiperbóreas ¡que se joda! de la misma manera que ya se joden los parados, los pensionistas, los trabajadores explotados y los interinos estafados por un fraude de ley, además de las mujeres discriminadas por el mero hecho de serlo.

Estos días la democracia pareció resucitar en España por breves momentos cuando fue capaz de expulsar del gobierno a un partido eficazmente organizado para el delito y el robo (según ha quedado probado), y sin embargo enseguida se hizo evidente que todo era un espejismo, una falsa fiesta, y que el haberse tardado tanto tiempo en recuperar una mínima dignidad como país al librarse de esa vergüenza y esa lacra, no era casual ni sin motivo. El nuevo gobierno asumía con estupefaciente facilidad, incluso antes de constituirse, los “presupuestos” del gobierno cadáver y del partido corrupto. Era el parto de los montes: tras la tardanza en reaccionar ante la vergüenza se asumía la herencia envenenada de ese gobierno: unos presupuestos de los recortes consecuencia de la corrupción triunfante.

Que fueran los presupuestos del gobierno cadáver y del partido delincuente tiene su lógica porque Rajoy no era más que un títere sin vida propia en manos de los bancos alemanes  y su principal operaria: Ángela Merkel, la nueva señora feudal de esta Europa pre-moderna, en la que importa poco que los gobiernos de las colonias estén controlados por partidos corruptos si obedecen dócilmente las órdenes del amo o ama.

El tancredismo de Rajoy, esa sosería aparentemente sabia gracias a la cual todo se ha ido pudriendo, indiferente a lo que no fueran las órdenes de la señora, se explica por esta cadena de mando, que también actuó con eficaz imperio en tiempos del sumiso Zapatero.

Que sean también los presupuestos de Pedro Sánchez, que los asume con igual obediencia, no nos sorprende demasiado, porque tanto Rajoy como Sánchez se limitan a obedecer órdenes, no de los ciudadanos españoles sino de los bancos alemanes y sus consejos de gestión

Que sean también los presupuestos de Pedro Sánchez, que los asume con igual obediencia, no nos sorprende demasiado, porque tanto Rajoy como Sánchez se limitan a obedecer órdenes, no de los ciudadanos españoles sino de los bancos alemanes y sus consejos de gestión. Son los mismos poderes para los que la democracia en Grecia o en Italia está de más y es un aparato inútil, dejando claro que los dueños de esos países son ellos.

A este estado de cosas puede llamársele involución o posmodernidad, yo prefiero llamarlo involución. A la reacción contra todo esto puede llamársele populismo, pero el hacerlo con esa insistencia obsesiva y con esa falta necia e interesada de matices, es otra forma de tomarnos por tontos y ellos de pasarse de listos. No llegan a tanto, porque de hecho muchos de esos listos acaban en la cárcel con una torpeza que deja en muy mal lugar a la “elite” sabia.

Cuando cayó el muro de Berlín se produjo una explosión de euforia civil pensando que a partir de entonces la democracia y los derechos del hombre tenían la vía expedita para su globalización. Sin embargo se comprobó enseguida que se levantaban nuevos muros y más altos, esta vez dentro de cada sociedad,  seccionando de raíz cualquier vínculo o solidaridad entre los ciudadanos en un nuevo diseño atomizado y disolvente más propio de bestias salvajes que de hombres civilizados.

Que Pedro Sánchez se saque de la manga un “alto comisionado para la pobreza infantil” mientras dice si bwana a los presupuestos salvajes de Ángela Merkel y los bancos alemanes es una broma tétrica. Nadie apaga fuegos con una sumisión completa y absoluta a los incendiarios.

Inauguramos el “no cambio”, y gracias al “nuevo” gobierno se avecinan grandes revoluciones tremendas que tienen aterrorizada a media Europa. Es broma.

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