Jesús Málaga

La Iglesia al final del Franquismo

JESÚS MÁLAGA: ‘Desde el balcón de la Plaza Mayor’ (Memorias de un alcalde)

La jerarquía prefería los movimientos moderados, grupos de iglesia que se convirtieron en gran apoyo de Franco y de su gobierno. Recordemos que varias carteras ministeriales estaban ocupadas por miembros destacados del Opus Dei, organización que comenzaba a tener gran preponderancia en las universidades. Controlaba los tribunales de accesos al profesorado y eran muchos los catedráticos de universidad que llegaban a serlo por pertenecer al Opus como numerarios. El ejemplo más claro lo teníamos en Salamanca, el rector de la Universidad, profesor de Patología General, Alfonso Balcells Gorina, fue uno de los fundadores del Opus Dei.

Ante este panorama, los obispos conservadores capitaneados por el titular de Madrid, monseñor Casimiro Morcillo, se decantaron por suprimir los movimientos apostólicos especializados. La decisión cayó como una bomba y produjo tristeza, incomprensión y, en un primer momento, rebeldía. Esta medida trajo consigo la huída de miles de jóvenes que en toda España habían apostado por una Iglesia en la que los seglares tuvieran protagonismo. La mayoría recalamos como militantes en los partidos de la izquierda. El gran beneficiado fue el PSOE, que sin cuadros, desmantelado durante la larga posguerra, vio como gran parte de los militantes cristianos nos decantamos por sus siglas para comprometernos políticamente.

El gran beneficiado fue el PSOE, que sin cuadros, desmantelado durante la larga posguerra, vio como gran parte de los militantes cristianos nos decantamos por sus siglas para comprometernos políticamente.

Pasado el tiempo, supe que aquella discusión que presencié entre el obispo y el gobernador produjo un gran disgusto a don Mauro, que era considerado entre la sociedad salmantina bien pensante como un obispo rojo, simpatizante con los partidos de izquierdas. La fama le venía de su defensa cerrada de los movimientos apostólicos. Se producían detenciones en las manifestaciones estudiantiles y entre los detenidos había miembros de los partidos políticos y jecistas. Enterado Enrique Freijo de las retenciones en comisaría, visitaba a los detenidos y comunicaba a don Mauro el hecho. De inmediato, el obispo exigía al gobernador la inmediata puesta en libertad de los jóvenes, consiguiéndolo la mayoría de las veces. En los últimos años del franquismo las autoridades civiles tenían miedo de enfrentarse con la jerarquía de la Iglesia al considerarla el sostén más sólido del régimen.

Don Mauro estuvo en contra de la supresión de los movimientos apostólicos, así me lo manifestó en muchas de las conversaciones que mantuve con él cuando, ya mayor, coincidió de obispo con mis 12 años en la alcaldía de Salamanca. Según él, con esta actitud, la jerarquía hizo perder a la Iglesia española la gran oportunidad de ser hegemónica en los movimientos juveniles en los años de la transición y, posteriormente, en la democracia consolidada.

Pero no fue sólo el obispo de Salamanca el que se dio cuenta del error histórico cometido, los prelados que posteriormente se alinearían con el cardenal Tarancón compartieron esa misma opinión. La prueba la tenemos que en tiempos de don Enrique se quisieron recuperar cuando ya era demasiado tarde y la mayoría de los dirigentes habíamos emigrado a otras organizaciones políticas, sociales, sindicales o altruistas.

En aquel ambiente surgió dentro de los universitarios católicos una corriente obrerista por la que me sentí atraído desde el primer momento. Algunos de nosotros habíamos mantenido contactos con los jóvenes de la JOC y con su consiliario, Heliodoro Morales, párroco del Alto del Rollo.

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