Opinión

Finisterre

“Al parecer, es necesario experimentar primero la conmoción de comprobar la identidad entre la teoría platónica de la justicia y la teoría y práctica del totalitarismo moderno para poder comprender lo urgente que se torna la interpretación de esos problemas” (KARL. R. POPPER / La sociedad abierta y sus enemigos).

En tiempos más sensatos Europa se empezó a construir, y ahora, en tiempos más salvajes, se ha empezado a suicidar.

Como dice muy acertadamente Josep Ramoneda en un artículo reciente (El suicidio europeo), hoy el malestar de fondo, social y político, tiene su correspondiente “chivo expiatorio” (volvemos a las andadas): el inmigrante.
Una población obtusa y manipulada se vuelve hacia él (el culpable señalado) como el origen de todos sus males. ¿Es tan fácil convertir a una masa pensante en una masa obtusa?
Con los actuales medios de masas, si.

Lo primero es rechazar la trampa, y lo segundo preguntarse por el origen del malestar y sus patrocinadores.
Es falso que no haya estado del bienestar porque vengan inmigrantes. No hay estado del bienestar porque nos lo han birlado delante de nuestras narices mientras mirábamos embobados el “derbi” futbolero o la omnipresente telebasura. ¿Estábamos en Babia?
El bipartidismo cambalache de las últimas décadas, caballo de Troya de las tesis neoliberales, tiene mucho que ver con esa sustracción.
El neoliberalismo ha derivado en neofascismo, en xenofobia, y en odio. ¿Resulta esto extraño en un modelo de pensamiento social cuyas ideas rectoras son “todo vale” y “sálvese quien pueda”? Es decir, ¿resulta extraño en un modelo antisocial?

Dentro de la insensatez ideológica en boga todo cabe, por ejemplo el intento de convertir a una “España vacía” y envejecida en una España xenófoba. ¿Hemos olvidado que somos una nación de emigrantes, de síntesis de razas y de culturas, que de las “tres culturas” ha hecho su seña de identidad?
Hace ya unos años, mediante un estudio genético de la población española, la Universidad Pompeu Fabra y la Universidad de Leicester arrojaron una luz distinta en las tesis defendidas por Américo Castro sobre nuestra identidad nacional “mestiza” como síntesis de las “tres culturas”. En nuestro bagaje genético -según ese estudio- sobresalía un importante componente judío (sefardí) y un importante componente del Norte de África (moro o morisco).
Cuando estos hechos no se tienen en cuenta es más fácil tener una idea distorsionada de la realidad y cometer insensateces de todo tipo en cuanto a la raza, la limpieza de sangre, y otros disparates. Así por ejemplo el antiguo régimen franquista, cuando en medio del delirio de su mística xenófoba, racista, y anticristiana, nombra a Santa Teresa la “santa de la raza”.
Insensatez supina porque Santa Teresa era de origen judío, motivo por el cual su padre (que era judío) tuvo que huir de Toledo hacia Ávila para librarse de las garras de la Inquisición. Quizás gracias a esa huida pudo nacer Teresa y hoy tenemos santa… de la “raza”. Ya sin entrar en que el uso que hizo el fascismo (en perfecta sintonía con la iglesia católica) del concepto raza era y es radicalmente anticristiano.
Hacer de un marco de pensamiento insensato algo aceptable requiere ante todo de dos cosas: ignorancia y mucho silencio.

Indignarse por injusticias y fraudes o desmitificar embaucos está hoy muy mal visto, y esto tanto por académicos serios, como por otras Instituciones medio serias y bien financiadas, entre otras cosas porque algunos de los que así se incomodan y miran con malos ojos estos impulsos básicos del progreso (la disconformidad y la queja) se creyeron -si hemos de creerles- protagonistas de un hecho insólito, espectacular, y único: habían llegado -ellos solitos- al final de la Historia, epítomes y coautores de la máxima perfección nunca lograda. Así de cándidas se manifestaron, no hace tanto, algunas mentes abiertas y “liberales”. Popper a esto lo denomina “la miseria del historicismo”.

Nos recuerdan estos titanes en su falta de imaginación a aquellos otros que al llegar al Finisterre, creyeron llegar al final de la Tierra, y claro… solo cabía retroceder para no abismarse en lo ignoto. Es más, se diría que tenían prisa por retroceder, por dejar de imaginar, por caminar como camina el cangrejo, hacia atrás, involución en marcha que ya señaló Umberto Eco, acudiendo a este mismo símbolo crustáceo.

Evidentemente quienes así interpretaron nuestro reciente devenir histórico (en realidad agitado y critico, inestable e incierto, pero sobre todo gestado en una monumental estafa) tienen una idea de la perfección, siamesa de la parálisis, que les incluye a ellos como protagonistas de ese final glorioso que coincide con la consumación de los tiempos, muy propicia a irritarse con la inquietud, la insatisfacción, o la indignación ajena, la desmitificación saludable, o el incorregible intento de mejorar las cosas. ¿Para qué si ya todo es perfecto?
O casi perfecto.. si no fuera por los emigrantes.

A sabiendas o no, estaban creando (o recreando) un mito: el del final de la Historia, de ahí quizás su alergia a los que tienen por costumbre sana hacerse preguntas, cuestionar los dogmas, desmitificar espejismos, y desvelar trampantojos.

El del final de la Historia y la consumación de los tiempos (profecía inspirada desde lo alto divino) no es sin embargo un mito nuevo sino reincidente, que con distintas variantes viene de fábrica en casi todos los totalitarismos políticos y fanatismos teocráticos, habidos y por haber, como columna vertebral de sus aspiraciones finales y definitivas, sin derecho a réplica.
Y el actual en curso (totalitarismo al fin y al cabo por muy “liberal” que se se diga y nombre) no podía ser menos.
Es un mito que como casi todos los demás implica dos cosas: pereza para ir más allá del dogma en la búsqueda de explicaciones y realidades alternativas, y comodidad adocenada y torpe: se está más cómodo en compañía del mito que en ausencia de él.

Así como donde dicen está enterrado el apóstol Santiago, está enterrado en realidad -según dicen otros- un hereje contestatario, Prisciliano, cambio de papeles que hacía mucha gracia a Unamuno, en el Finisterre está en realidad el principio del viaje a otras tierras, quizás más luminosas y sensatas, pero sobre todo más humanas, y en el final de la Historia el inicio de una aventura que no cesa

Ahora bien, albergamos la duda plausible de que se trata en realidad de un mito de diseño, de tipo imperativo, fabricado para el prójimo, en un intento deliberado de sedación, y que sus inventores no participan de él sino que, como suele decirse, están al cabo de la calle.
Es este un viejo recurso pragmático a la mentira tecnócrata (el engaño como técnica) que ya explicó Cicerón sobradamente en su obra “La naturaleza de los dioses”. Y no olvidemos que Cicerón era un admirador de Platón y de sus utopías contra natura. Es decir, contra la naturaleza de las cosas. De rerum Natura.

Hoy, como era de esperar, Platón está mejor visto en estos círculos “académicos” que Diógenes, o incluso que Epicuro y Demócrito ¿Alguna sorpresa? Ninguna.
De hecho aventuramos la hipótesis de que Cicerón es el padre y el origen de esa clase ambigua, ya definida en tiempos tan lejanos, que convive sin conflicto con dos verdades según destinatario. Otro día hablaremos de la hipocresía triunfante de nuestra posmodernidad política bajo la máscara del bipartidismo cambalache.

En realidad lo que ocurre es que tras el último arreón neoliberal, en extremo radical, salvaje, e insensato, pero que ha logrado enquistarse -tras el desastre que ha provocado-  como “normalidad” institucional, política única, y catecismo incontestable, los privilegiados con ese giro que tanto tiene que ver, no con el amor libre sino con el delito libre y desregulado, y con una ley versátil según la estirpe (de oro, de plata, de hierro, de barro… o aforado), han querido apalancarse en ese mito hecho carne (o al menos estatua) y levantarse un palacete con vistas a lo mejor del final de la Historia, así decidido, una vez recalificado el terreno.

Cuando los nuevos “liberales” decidieron que la democracia ya no les servía, y que les interesaba más volver a la plutocracia de antaño (ese es el principio del final o dicho de otro modo, el acto inaugural de nuestro presente inmóvil), no estaban inventando sino reincidiendo. Para parar la Historia primero había que retroceder. Todo el que no estuviera de acuerdo con este retroceso o manifestara su queja, podría ser tildado genéricamente de “populista”. Es esta simplificación terminológica, manipuladora y carente de matices, la que pone mejor al descubierto su ánimo totalitario y embaucador. En sus labios el término “populista” suena como en otros tiempos el de “hereje”, “judío”, o “pecador”.
En realidad el populismo antiinmigrante sale de sus filas. Poner muros a la Historia y poner muros a la Tierra, es todo uno y brota de la misma manera cerrada de pensar.

A esta aspiración “platónica” de parar el tiempo y la Historia, consumada en beneficio de un grupo, es a lo que Popper llama el “estado detenido”. Más miseria del historicismo.

Otro síntoma más de su ánimo totalitario es su intento de confundir la contestación legítima a su política única y a su catecismo salvaje, con el intento “populista” de demoler Europa. Más bien podría ser al contrario, un intento desesperado de salvar lo que queda tras la destrucción acelerada que han protagonizado.

Así como donde dicen está enterrado el apóstol Santiago, está enterrado en realidad -según dicen otros- un hereje contestatario, Prisciliano, cambio de papeles que hacía mucha gracia a Unamuno, en el Finisterre está en realidad el principio del viaje a otras tierras, quizás más luminosas y sensatas, pero sobre todo más humanas, y en el final de la Historia el inicio de una aventura que no cesa, por mucho que esto irrite a los mitómanos.
Aclaremos que Prisciliano, ejecutado (y concretamente decapitado) por la intolerancia católica, era “contestatario” en cuanto que practicaba la austeridad y criticaba el acúmulo de riquezas por parte de los clérigos, practicaba la igualdad de género y condenaba la esclavitud, y respetaba y veneraba la Naturaleza, todo ello en un intento de acercarse al mensaje original de Cristo muy mal visto por la iglesia oficial, que estaba más por los intereses políticos del imperio y por no cuestionar determinados privilegios (incluso de género).

Como conclusión:

Querer poner muros a la Historia es como querer poner puertas al campo: un acto contra natura. Claro que ni ellos mismos se lo creen. Lo que en realidad querían y aún quieren es extirpar toda opinión distinta, y promulgar como inadmisible e irritante cualquier alternativa al dogma.

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