Opinión

Buenos días, futuro

La tremenda tijera de podar con la que nos someten a brutales ataques desde hace ya demasiados años recuerda mucho al turco de Von Kempelen, aquel autómata jugador de ajedrez que en el siglo XVIII ganaba partida tras partida a sus sorprendidos adversarios, hasta que un día se descubrió que en la gran caja de madera que sostenía el tablero se ocultaba un jugador de ajedrez humano.

El turco de Von Kempelen era una estafa, como ahora es una estafa el automatismo con el que los modernos enanos que se ocultan debajo de la mesa pretenden convencernos de que las tijeras se mueven solas. Es preciso recortar, nos dicen, pero las tijeras siempre cortan lo mismo: derechos, conquistas, señas de identidad del país con el que soñábamos y que conseguimos hace no tanto tiempo. Es preciso recortar, nos dicen, pero las tijeras jamás podan los fondos que terminan en Suiza, los bonus de los grandes beneficiarios, ni las ayudas públicas que tienen que tapar los cráteres lunares abiertos por la mano invisible del mercado.

[quote_box_left]Es preciso recortar, nos dicen, pero las tijeras jamás podan los fondos que terminan en Suiza, los bonus de los grandes beneficiarios, ni las ayudas públicas que tienen que tapar los cráteres lunares abiertos por la mano invisible del mercado[/quote_box_left]El turco de Von Kempelen era una estafa y es una estafa el vándalo que se oculta en la mesa de nuestros gobernantes y golpea furioso todo lo que suponga que las gentes sencillas, los humanos de a pie, puedan vivir tranquilos y esperar el mañana con una mínima tranquilidad. Es una estafa porque no es ni un autómata ciego ni un pobre ser guiado por la fatalidad, sino alguien bien dotado de un cerebro frío y calculador, que está poniendo en ejecución un programa que ha sido muy bien ideado en determinados despachos ni siquiera ocultos, sino bien conocidos y que actúan a cara descubierta.

Lo que estamos viviendo es el sueño de revancha de quienes, durante la segunda mitad del siglo XX, contemplaron el triunfo de la razón y de la justicia sobre la inequidad y la prepotencia. Durante esos años, la Europa en la que siempre quisimos estar construyó un Estado no solo de Derecho, sino de derechos, en el que merecía la pena vivir y que respetaba al ciudadano.

Hoy, aprovechando una crisis causada por los mismos que se están lucrando con ella, los partidarios de jibarizar el Estado pretenden triturar, y están triturando, esa casa habitable en la que trabajábamos. Y lo están haciendo aprovechándose de que aún hay quien cree que las tijeras se mueven solas.

No se mueven solas.

Esto es lo primero que tenemos que ser capaces de decir.

Lo segundo es pensar que no es inevitable.

Lo tercero, aprender a decir que no.

Si logramos cumplir todas esas premisas, lo siguiente será darle los buenos días al futuro. Nos está esperando. No permitamos que también lo recorten.

 


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