Opinión

La carta

 

Más de uno pensará, al ver el título que encabeza mi «ocurrencia» de hoy, en el fascinante relato de W. Somerset Maugham, o en la película que en él se inspiró, protagonizada por la gran Bette Davis. ¡Qué actriz!

 

No. No quiero hacer una nueva versión de ello. No. Lo que pretendo es contaros algo que me ocurrió estando quince días en el albergue del SEU de Santillana del Mar (Santander, hoy Cantabria) donde, como sabéis si habéis leído mis anteriores «ocurrencias», había ido con mis compañeros de curso de la IX Promoción de Geológicas de la Universidad Complutense de Madrid a celebrar un curso de Geología.

No era costumbre recibir cartas durante las estancias en aquellos benditos albergues. Eran tan cortas que no daba tiempo para ello: dos semanas en los albergues mixtos y tres en los masculinos. El de Santillana era de dos.

Por eso fue fuera de lo normal que yo recibiese una. Pero lo más sorprendente es que iba dirigida a «Emiliano RODRÍGUEZ. Albergue del SEU. QUINTANILLA del Mar (ASTURIAS)».

Que fuese dirigida a mi famoso tocayo, el gran jugador de baloncesto del Real Madrid y de la Selección Española, era un error que por aquellos años me ocurría de vez en cuando. Yo era el del rugby y mucha gente confundía mi apellido con el suyo.

Pero la misiva la situaban en Quintanilla, no en Santillana y la provincia no era Asturias, sino Santander. Por entonces (1963) no se había instaurado aún lo de los distritos postales.

Pues pese a tanto error, y a la cortedad de la estancia, ME LLEGÓ.

¿Cómo pudo ser? Yo me imagino que alguien descartaría en primer lugar lo de Asturias, al no haber ninguna Quintanilla en su territorio. Pero, en vez de archivar la carta, o devolverla, indagarían donde había albergues del SEU. ¡Se resolvía con una simple llamada telefónica! ¡Pues la harían! ¡A eso le llamo yo CELO PROFESIONAL!

Sobre remitido desde Brasil (1960), con sello gigante. Conmemora la inauguración de Brasilia como capital de la nación.
Sobre remitido desde Brasil (1960), con sello gigante. Conmemora la inauguración de Brasilia como capital de la nación.

Se decía, y creo que fue así desde su origen, que en Correos tenían el orgullo de no perder ninguna carta; que todas las que se les entregaban llegaban a su destino. Hubo casos muy famosos, como aquel en el que no había nada escrito en la dirección: sólo un dibujo de un ave montada en una bicicleta sobrevolando unas montañas. Le llegó a Federico Martín Bahamontes, el «Águila de Toledo«, famoso ciclista vencedor de tantas cumbres. Había muchas cartas en las que la calle estaba bien, pero no el número, e incluso alguna en la que el remitente se había olvidado de poner la calle. ¡Y llegaban!

¿Cómo era posible? Veréis. En mi casa,  y en muchas de Madrid, había patios interiores. El cartero, esa figura entrañable, voceaba los nombres de los destinatarios, y se bajaba a recoger la misiva. Cuando no respondían, dejaba las cartas en portería.

Siempre, siempre, preguntaba por las personas que no conocía, y sólo cuando comprobaba que había algún error que él no podía resolver, guardaba la carta para que otros lo hiciesen.

¿Qué pasaba entonces?

Antonio Arribas, el fundador de la Sección de Geológicas de Salamanca, me contó que se pagó sus estudios universitarios trabajando en Correos, donde ganó una oposición que tuvo que pasar para entrar en el Cuerpo. Me dijo que a última hora de cada jornada todos los carteros de Madrid se reunían en un gran salón, donde alguien leía ante un altavoz las direcciones completas que no se habían podido entregar. ¡Rara vez no se podía resolver! Para ellos, devolver una carta a su remitente se consideraba un fracaso.

Ante ejemplos cómo éstos, ¿cómo no iba a funcionar bien el país? ¡El cartero! Me los imagino, a pie o en bicicleta, bajo la lluvia o la nieve, recorriendo caminos de barro para cumplir su misión en una apartada granja de nuestra geografía. ¡Cuanto antes!

No. ¡No es leyenda su profesionalidad! ¡A mí me ocurrió!



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