Opinión

Un libro

 

Lo confieso: tengo un vicio. ¿Cuál? ¡Tener un libro entre las manos! ¡Sentir el tacto del papel entre mis dedos! ¡Sentir mis ojos resbalar por cada página, percibir lo que hay en ella: buscar el ALMA DEL AUTOR!

 

Me emociono cuando siento, cuando sé, que este libro no fue escrito por un compromiso, por cumplir una obligación o un contrato; que el autor lo hizo porque así liberaba lo que llevaba dentro, su creación…

Y todo ello porque alguien pensó, en un día muy lejano, que así podría entrar en la eternidad, no morir del todo, que de ese modo algo quedaba de él para siempre… Infinidad de mentes que fueron perfeccionando la manera de trasmitir lo que eran, hasta llegar a nuestros días, en los que quieren cambiar esa sensación excelsa en aras de la modernidad, de la técnica informática.

¿Se siente lo mismo al leer un libro electrónico? A mí me resulta difícil, pero puede que yo sea de una especie en peligro de extinción. En fin… ¡que cada cual piense y haga lo que quiera y pueda, pero sin dañar a los que no lo hacen como ellos!

No hace mucho leí las obras de un autor considerado «maldito»: Andrés Carranque de Ríos, un personaje de vida anárquica y vagabundista, de quien se esperaba un brillante porvenir literario, pero todo se truncó por un cáncer que se lo llevó muy joven, en 1936, con 34 años. Algunos lo consideran integrante de la imprecisa «generación del 27». Su primera novela, «Uno«, prologada nada menos que por Pio Baroja, es subyugante. El lector se mete en la piel del protagonista, cuya alma es, evidentemente, la del autor. Y al terminar de leer la obra se siente uno como huérfano, preguntándose qué habrá sido de él, como si de veras hubiese existido. ¿Se le arreglarán sus problemas?

Pero la segunda novela de este autor, «La vida difícil«, que busqué y leí con interés, no es continuación de la primera. ¡Qué desilusión! Sí. El tema está bien tratado…, bien llevado. Pero ¡falta algo! Parece como si no hubiese sido escrita con la ilusión de la precedente; quizás fue motivada por la fama que le había encumbrado, o por un compromiso económico…

¡Ay, los compromisos! ¡Qué negativos son para el que tiene que escribir, obligado por el motivo que sea!

¿No será por ello por lo que se dice «que nunca segundas partes fueron buenas«? Salvo en el caso que todos conocemos… ¿No escribiría don Miguel movido por la rabia de ver cómo otros se habían atrevido a aprovechar el «tirón» de su primer Quijote?

La tercera y casi póstuma novela de Carranque, «Cinematógrafo«, responde al estilo realista y, en parte, autobiográfico del autor. Dicen que es su mejor obra, pero para mí no refleja su alma como en «Uno«.

Pienso que esta sensación, como si nos apropiásemos del alma del escritor, la sentimos cada vez que nos apasionamos por un libro, dándonos la impresión de que lo estamos viviendo. Es maravilloso llegar a esa comunión con el autor, especialmente si éste se llama Miguel de Unamuno. ¿Por qué en esta ocasión me he referido a alguien de vida tan tumultuosa, tan bohemia, como Andrés Carranque de Ríos? No puedo decirlo, pero sí asegurar que no guiándome por su poca ejemplaridad, que el mismo Baroja definió como «de golfante». Pero escribía muy bien, sin llegar al «tremendismo» que se ha hecho popular años después. Según dijo no sé quien, es muy fácil ser escritor tremendista: no había que hacer sino ir a un tabernucho y anotar las expresiones zafias y patanescas de los parroquianos. Hoy no hace falta buscar esos ya vetustos y raros locales. Basta con encender el televisor y escuchar las «tertulias» o los diálogos del cine actual. Parece como si los mandamases pretendiesen «tremendizar» al cada día más inculto espectador, seguramente para manejarle a su antojo desde su manifiesta mediocridad e incapacidad.

¡Quo vadis!


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2 comentarios

  1. Pertenezco, sin reservas, al grupo de lectores quienes sienten el placer incomparable de manosear, mimar y querer a un libro. Quien no lo sienta y disfrute, no lo entenderá. Como Emiliano, soy un apasionado de la lectura.

    1. Confieso que tengo, además, otro vicio parecido. Ver en una librería de viejo las estanterías repletas de libros. ¡Me gustaría leer éste, y éste, y éste…..¡Y así hasta el infinito!

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