Opinión

Almantes

 

Feliz como una perdiz, se decía estar. Contaba con tener todo lo que necesitaba, él, Martillo Martínez. Esa sensación de dichosa tranquilidad, esa despreocupación propia de quien se sabe en posesión de cuanta herramienta necesita. ¡Problemas a mí! gustaba asomar desde la pequeña mueca de la comisura de sus labios.

 

Se sentía envidiado, fuerte, capaz, valiente, todo iba e iría sobre raíles. No había clavo interesado en mostrar desacuerdo alguno ante sus certeras sentencias. La fuerza de la razón como fe. Ser un martillo. Poder. Todo en lo que siempre quiso convertirse. Hacer y deshacer a su antojo. Infalible. Implacable. Sencillo. Poderoso. Indestructible. De relajado mantenimiento. Dos piezas. Metal y madera. Ejemplo de funcionalidad.

En tales circunstancias es de necios sentirse inferior a ninguno de sus amigos, de los amigos de sus amigos, de los amigos de los amigos de sus amigos… De sus rivales, de los amigos de sus rivales, de los amigos de los amigos de sus rivales… – Señores, soy un martillo.- Pero a toda historia le ronda al menos un pero. La historia ignora envidias, poderes, capacidades, valentías, raíles recorridos y venideros o cabezas de clavos. Solo habla en pasado, perfecto o imperfecto.

Conoció a Pero Pérez cuando se presentó el mismo día que vio por primera vez a Cristina Cristal. Ella era… Cómo decirlo… Firme y sensible a la vez. Tan fuerte como quebrantable. Tan clara, tan fría, tan transparente, tan indescifrable. Con dos caras y ninguna espalda. Mostraba todo lo que guardaba, todo lo que llevaba dentro al tiempo que prohibía su acceso. Lo verás, pero no podrás tocarlo. – Si me miras desde el otro lado, si me miras desde dentro te mostraré todo lo que encierro por fuera. – Deseable e inalcanzable. Sincera y mentirosa. – No podrás acceder a ello a menos que me rompas en mil pedazos. Solo así podrá ser tuyo.

Él se sintió… Cómo decirlo. Pequeño. Todo lo que hasta un minuto antes le hacía sentirse magnífico tornó en inutilidad. Su fuerza le hizo débil. De nada le serviría para citarse con la Cristal, solo podría pavonearse delante de ella como quien responde con bíceps y una gran serie de flexiones a quien solicita pequeñas reflexiones. No. ¿Qué hora es? My taylor is rich.

Martillo Martínez lloró esquirlas de pena. La madera que atravesaba su cabeza dejó de sujetarlo. Martillo perdió, tuvo que hacerlo para entender que no basta con una cualidad, que con su inflexibilidad solo podía golpear, de ninguna manera acariciar. Demasiado simple.

Tanto como Cristina Cristal. Tan orgullosa, tan pétreamente frágil, tan inmóvil, tan conforme con la idea de ser diana de todos los ojos que pasaban delante de ella, tan reconocida, tan reconocible ser a quien todos miraban. Tan brillante, tan luminosa… hasta que un día conoció a Pero Pérez (maldito sea mil veces). Sin ninguna piedad, sin ningún miramiento le tatuó  la cara y acabó con ella para siempre, cuando dejaron de comprar sus hilos.

En rojo sobre negro decía: Liquidación por cierre.

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