Opinión

Canciones de anteayer

 

En 1948. Un día de baño en el Manzanares, más allá del Puente de los Franceses.

Un amigo me ha sugerido que escriba sobre canciones que yo recuerde de mi infancia. La idea me ha hecho estrujar mi cerebro para llegar a aquellos lejanos días felices en que vivir es soñar. Creo que hay que distinguir dos tipos de recuerdos: por un lado aquellos que son producto de lo que me contaron mis hermanos de cuando yo era niño; y por otro los que me han surgido por mí mismo, sin ayuda. En ambos casos soy consciente de la deformidad propia del tiempo transcurrido.

Lo primero que me viene a la memoria, sin ayuda, es la nana que me cantaba mi madre. Ello ha sido fácil. Veréis. Cuando empecé a ir a un colegio, aquel bendito colegio que estaba en la cercana calle de Libertad, mejor dicho, no, cuando empecé a ir solito –¡qué tiempos aquellos en que por las calles de Madrid circulaba un coche muy de tarde en tarde, todavía con los puestos de los comerciantes en las aceras!– llegaba a casa y me encontraba a mi madre sentada en una mecedora. Yo me ponía de rodillas y apoyaba la cabeza en su regazo. Y ella me acariciaba y me cantaba aquella nana inolvidable: “Nana, nanita, nana, nanita ella, duérmete ya mi niño, que el coco llega”.

Estaréis pensando que esto es un cuento. ¡Pues no! Es un instante de mi vida, tan fuerte, que me ha venido a la cabeza infinidad de veces, añorando aquel acto de felicidad absoluta. ¿Por qué y cuándo acabaron aquellas caricias? Eso no lo recuerdo, pero me imagino que sería por mi íntimo y universal deseo infantil de hacerme mayor. ¡Qué pena! ¡Estoy seguro de que ella lo sintió mucho más que yo! Pero es curioso que en mis imágenes mentales no la vea a ella con el rostro que tenía cuando me acariciaba, aún joven, sino cuando ya era una anciana. ¡Es la deformidad que el tiempo añade a nuestro pensamiento, haciéndolo parcialmente irreal!

Otra imagen que me viene, esta vez gracias al concurso de mi hermana, es con la sintonía de la música que precedía a los “Diarios Hablados de Radio Nacional de España”. Aquella que era una mezcla del Oriamendi carlista, el Cara al Sol falangista y el Himno Nacional. Mi hermano Joaquín durante aquellos veranos estaba encuadrado en las Milicias Universitarios. Le estoy viendo con su uniforme de alférez, con botas altas y un sable muy bonito que no sé donde lo obtuvo. ¡Cuánto le admiré! Yo tenía una espada de madera que me había hecho un vecino, carpintero, que vivía en el 5º piso. Pues bien, cuenta mi hermana que cuando sonaba aquella melodía, todos los días, corría a coger mi espada y desfilaba con ella al hombro, como había visto que hacían los soldados en el cambio de guardia del Ministerio de la Guerra, en la esquina de la Plaza de Cibeles. Y algunas veces me calzaba las botas de mi hermano, que me bailaban en los pies. Conociendo como era la vecindad en aquel edificio querido, me imagino que yo sería la atracción, el “niño de la bola”. Supongo que todos estarían esperando aquel momento diario.

Muchos otros instantes musicales son muy fáciles de revivir, gracias a las nostálgicas emisiones televisivas que se hicieron muchos años después, cuando era en blanco y negro, y más tarde. Reaparecieron Antonio Machín con su eterno “Angelitos negros”, Jorge Sepúlveda con su “Santander”; Pepe Blanco –¿por qué no volvió con su famosa pareja artística, Carmen Morell?); Luis Mariano, del que recuerdo sus películas y su asociación con Gloria Lasso; Conchita Piquer, la Grande, que marcó toda una época… Y numerosas tonadilleras y de revista, Queta Claver, Marujita Díaz, Paquita Rico, Carmen Sevilla, Lolita Sevilla, Lola Flores… Con Manolo Caracol, el Príncipe Gitano, Rafael Farina, Emilio el Moro… Y no menciono a las de antes de la guerra, que continuaban cautivando a su público… Ni tampoco a la generación posterior, la del Dúo Dinámico y tantos que les acompañaron en lo que después se ha dado en llamar la «Década Prodigiosa», la edad de los «guateques».

Todos ellos y muchos más eran muy oídos por la radio, junto a numerosas melodías de nuestra maravillosa zarzuela, tan española.

No puedo dejar de mencionar a Jorge Negrete, por entonces popularísimo, y a varios cantantes de rancheras que contribuyeron, junto a algunos toreros a que se mantuviesen vivas las relaciones con México, la antigua Nueva España.

Irma Vila, «la Reina del Falsete».

Ya digo que estos recuerdos radiofónicos no tienen mérito por mi parte porque de vez en cuando se reviven en los medios. Pero en una noche de insomnio me vino a la cabeza una mujer que cantaba rancheras siendo yo niño. ¿Cómo se llamaba? Una y otra vez hice un esfuerzo mental y siempre me salía un nombre: Yma Sumac. Pero esta portentosa voz peruana no era la que estaba tratando de recordar… Yma SumacYma Sumac… ¡Y al fin me salió: Irma Vila!. Sí. Ella era la que me obsesionó de niño. Y pude recordar su canción «Soy soldado de levita, de esos de caballería…«, que yo cantaba, imitando sus falsetes, a todas horas. Y a mis vecinas, sobre todo a Pepita y a Angelines, que no paraban de pedirme que se la cantase otra vez… Ayer la busqué en YouTube y la pude oír. ¡Casi se me saltan las lágrimas al rememorar tantas vivencias! Y recordé también que a mi hijo Pedro le hacíamos repetir aquello de «El perro de Ramiro no tiene rabo…«, porque tenía una pronunciación muy graciosa de la «rr».

Pero un día mi Pedro la pronunció bien y supongo que yo dejé de hacer los falsetes de Irma Vila. ¡Qué triste es crecer!

 

 


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4 comentarios

  1. Gracias, Emiliano. ¿ Qué no daría yo por escucharte cantar «Soldado de levita»? Ay, la, la, la… Ay, la, larai…… La.

  2. Una entrada muy bonita. La foto, genial y lo del desfile, me ha encantado. Un abrazo y gracias por compartir tan entrañables recuerdos.

    1. Desgraciadamente, no tengo ninguna foto de aquellos tiempos, cuando desfilaba con mi espada de madera. No he contado que el día que me hicieron la del traje de baño, en el Manzanares, me picó una avispa y lloré mucho. Siempre que en casa se veía esa foto me lo recordaban, de modo que no se me olvidó nunca. ¡Es el primer llanto infantil que recuerdo!
      Un abrazo, querido amigo

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