Jesús Málaga

Comienzos de mi vocación política

JESÚS MÁLAGA: ‘Desde el balcón de la Plaza Mayor’ (Memorias de un alcalde)

Nací a la política en la década de los sesenta, cuando la universidad española estaba en pie de guerra. Las asambleas participativas, las manifestaciones y los encierros estaban a la orden del día. Elaborábamos panfletos en ciclostiles clandestinos que tirábamos en los pasillos y en las clases de la facultad. Fuera de las aulas se aprendía tanto como dentro. Leíamos libros de filosofía, literatura y política. Nos formábamos en las materias de nuestra carrera y en las de los demás, especialmente en las de letras.

Aún recuerdo las clases magistrales de Marcelino Legido en las aulas del Patio de Escuelas. Marcelino exponía el marxismo, el comunismo, el anarquismo y el existencialismo con sencillez y esquemáticamente, recurriendo con frecuencia a la pizarra. Sus clases estaban abarrotadas de alumnos de otras facultades, especialmente de medicina y derecho. La universidad era para nosotros una forma de abrir ventanas a la vida, que en la España de la dictadura estaban herméticamente cerradas. Aprovechábamos todas las oportunidades que se nos ofertaban. Teníamos verdaderas ansias por conocer todo cuanto pasaba a nuestro lado.

En los primeros años de carrera, 1963-1966, conocí a Enrique Freijo Balsebre, catedrático de Psicología Profunda de la Universidad Pontificia y encargado de cátedra de Psicología en la Facultad de Medicina. Mis amigos y yo quedamos sorprendidos de sus conocimientos, y también de su manera de entender la vida. Próximo al nacionalismo vasco y antifranquista, hizo que naciera en nosotros un compromiso profundo con los principios democráticos y con la política.

En los últimos años del franquismo creí necesario comprometerme políticamente para que llegara la democracia a mi país. Me afilié al Partido Socialista cuando agonizaba el dictador. Viví la vitalidad de las Casas del Pueblo en la clandestinidad, y la alegría de la legalización del PSOE. También fui testigo de la legalización de los sindicatos de clase desde la atalaya de mi militancia en la UGT, sindicato socialista con el que también me comprometí. Fui consciente del proceso de transición de una dictadura a una democracia, especialmente de lo que supuso aquel Sábado Santo de 1977 para España y para la implantación de un Estado de Derecho, cuando Adolfo Suárez se atrevió a legalizar el Partido Comunista con la oposición de un gran número de militares de alta graduación, que recelaban del rey Juan Carlos y de la apertura del régimen.

He vivido en primera persona la sensación de ir conquistando las libertades prohibidas: el derecho de reunión y de manifestación, la implantación del Estado de Derecho y la desaparición de los criterios impuestos por unos pocos que nunca habían sido legitimados por las urnas.

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