Opinión

Apariciones

I sabel, mi sobrina brasileña, ha pasado unos días conmigo. Y me ha preguntado sobre algo que le había dicho su padre, mi hermano José Santos, en relación con unas apariciones en nuestro pueblo solar, Casavieja.

Lo tenía completamente olvidado en mi cerebro, pero al mentármelo tuve una sensación como si se abriese una ventana en una habitación obscura. Recordé de pronto…

Y sentí mi miedo infantil en aquel pueblo, en la negrura nocturna, con las vigas del techo que, a veces, cantaban con sus crujidos vegetales… Y lo tenía por haber oído, una noche sí, y otra también, los relatos de difuntos que se aparecían –quizás para dejar un mensaje incomprensible—a los vivos. Historias contadas entre las sombras taciturnas y móviles que proyectaba el candil en las paredes, con su olor de aceite quemado, mezclado con los del hogar casero, la leña y los aromas de las hierbas y los embutidos que colgaban del techo. ¡Ah! ¡Y el vino, aquel maravilloso vino pisado por mi tío, y alguna vez hasta por mí, que era alimento y medicina!

Sentados allí, en los bancos laterales de la cocina-comedor, en la penumbra del candil y el calor de los rescoldos, se rezaba el Rosario, y luego alguien sacaba nuevamente a colación la historia de algún fallecido.

Mucho me gustaría contaros más de aquellos estremecedores relatos que luego, en aquella alta cama, en aquel colchón tan blando en el que uno se hundía, eran mis compañeros de sueños e ilusiones.

[pull_quote_left]Eran los relatos habituales en las sobremesas de las noches de lluvia, al calor de la lumbre, compañeros del Rosario adormecedor.[/pull_quote_left]Pero no puedo. Mi memoria tiene un límite y no recuerdo quienes eran los muertos ni quienes sus aterrorizados parientes.

Ahora bien, no me cuesta nada inventar una historia y rellenar el esqueleto del argumento con el aderezo de algún detalle de ultratumba ¿Queréis que lo haga?

Pues veréis… ¡Pero no! No es el lugar ni la ocasión para ello ¿No me echaríais luego la culpa de vuestras pesadillas?

Y a propósito. ¿Sabéis cuántos años tendría yo cuando oía aquellas truculencias morbosas? ¡Diez, puede que algo menos! Por supuesto que no se contaban para entretener a niños. Eran los relatos habituales en las sobremesas de las noches de lluvia, al calor de la lumbre, compañeros del Rosario adormecedor. Los niños no estábamos invitados a participar, nos mandaban a la cama, pero los oíamos ¿Quedábamos traumatizados de por vida por haber escuchado y tenido aquellos miedos nocturnos? ¡Pues no! Porque cada mañana era nueva, diáfana, y corríamos para jugar con los primos y primas, o para acompañar a los mayores en sus faenas del campo, o para enredar con mis “ocurrencias” de entonces. ¡Y hasta estábamos deseando que llegase la noche para estremecernos con aquellos miedos!

Pues ¿y el vino? El agua de las fuentes del pueblo era muy mala. Había que ir a buscar la buena a las afueras ¡Cuántos noviazgos se iniciarían en aquellas traídas! Los niños forasteros éramos fácil pasto de las diarreas ¡Que se evitaban o curaban bebiendo un traguito de aquel vino espeso, que manchaba el vaso, fuente de salud y de alegría!

¿Quedé tonto por oír aquellas pesadillas y beber aquel vino, siendo tan niño? No creo. ¿O sí…?

— oOo —


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Un comentario

  1. Has recreado totalmente el ambiente, la expectación de una tertulia a la luz de la lumbre y me has dejado con la miel en los labios esperando una macabra historia de difuntos….
    Precioso y nostálgico realato. Un abrazo

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