Opinión

Los espectros de Salave

 

– ¿Así que usted piensa que si no hubiese meigas, habría que crearlas?

 

– ¡Naturalmente! Necesitamos creer en algo, aunque muchos lo nieguen. Hay que dejar flotar libremente nuestra imaginación y llenarla de cosas inexplicables, que trataremos de resolver…

– ¿Y usted sería capaz de crearlas?

– Podría intentarlo…

– Pues créeme una leyenda sobre la laguna de Salave. ¡Veremos qué tal lo hace!

– Por qué no ¡Vamos allá!

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«Hacía mucho tiempo, allá por el siglo III, que aquella mina no rendía lo suficiente para su mantenimiento y había sido abandonada. El socavón estaba inundado y las instalaciones arruinándose. Los operarios se fueron marchando, uno a uno, buscando otros horizontes…

Sólo uno quedaba ya en el lugar, Mateo, habitando una choza entre la mina y la ensenada donde evacuaban las galerías. ¿Por qué se mantuvo allí? Pues porque no tenía donde ir; su mente no le permitía discernir sobre el incierto futuro. Tenía una única obsesión: ¡ser soldado, uno de aquellos legionarios de pulida armadura, espada y pilum! Con unas piezas oxidadas y telas viejas, se había hecho una armadura de tiras; con un recipiente, un remedo de casco e imaginaba que su cuchillo era un gladium y un simple palo, el pilum. Y patrullaba las cada vez más enmarañadas orillas de la mina inundada, como si alguien fuese a robar lo que ya no había…

¿De qué vivía? Frutas silvestres no le faltaban; ni caza con trampas, tampoco. Y tenía un huerto, que en aquella tierra tan húmeda le daba todo lo que necesitaba. Pero aquella soledad le estaba convirtiendo en un salvaje harapiento del que huían los escasos campesinos o cazadores que transitaban por allí.

Ya llevaba más de veinte años de soledad, cuando un día sorprendió a una joven que estaba recogiendo hierbas y frutos silvestres. Loco de deseo, la forzó y estranguló. ¿Donde arrojar su cadáver? ¡A la inhóspita laguna que se había formado en el socavón de la mina!

Pero la víctima era hija de una mujer que se dedicaba a hacer hechicerías, brebajes y venenos y que, al notar la ausencia de Drusila –que tal era el nombre de la muerta–, con su arte malévolo supo lo ocurrido y lanzó una terrible maldición.

Y así, en los atardeceres en que soplaba con fuerza el nordeste y sobre la laguna se extendía una fina capa de niebla, surgía sobre ésta una fúnebre voz que llamaba al asesino… «¡Mateooo! ¡Mateooo

En tales ocasiones, Mateo, loco de pánico, no comía ni dormía. Hasta que un atardecer se vistió con su raído uniforme de legionario y se acercó a la orilla de la laguna. Allí, saliendo de la niebla, estaba Drusila, resplandeciente, bellísima, que con los brazos le hacía señas para que se acercase. Deslumbrado, como un sonámbulo, avanzó y su hundió en el cieno…

Pasaron años, muchos años, cientos de años, y en todo aquel tiempo, cuando soplaba el nordestín, los que pasaban por allí escuchaban algo parecido a un nombre: «¡Drusilaaa! ¡Drusilaaa!» Y los pocos que se acercaban al lago, intrigados, contaban después que había un «romano» que parecía como que les lanzaba su brillante y etérea jabalina. Pero todos los que lo contaban, «no la contaban». Todos morían de la enfermedad del pantano antes de un año.

Hasta que un día, hará unos cien o doscientos años, un niño —Cristóbal se llamaba– buscando a su perra Silca, se acercó hasta la orilla de la laguna. Y vio al «romano».

¿Has visto a mi Silca? -le preguntó.

Y el espectro, negando con la cabeza, se diluyó en la espesa niebla. ¡La maldición de aquella antigua meiga desapareció ante la cándida ingenuidad de un niño! ¿Volverá algún día?

Pero pasaron las horas y en la granja donde vivía Cristóbal le echaron de menos y preocupados, le buscaron. Todos los vecinos de la zona ayudaron gritando su nombre entre la espesura del bosque: «¡Baaal! ¡Baaaaal.

No le encontraron. Y a la granja la empezaron a llamar «del Cristóbal morto «, y terminaron en «Balmorto«.

Pero no acaba aquí la cosa. Dicen que en las noches de luna llena, cuando ha cesado el nosdestín y sobre la laguna de Salave, o de Silva, hay una tenue nieblecilla, algunos oyen una voz infantil, lejana, que llama a Silca. Y si miran a la Luna ven que las nubes se han detenido y forman, con ella, el rostro de un niño…

¡Silcaaa! ¡Silcaaa! (Dibujo del autor, 2019)

¿No será este el motivo por el que ballenas, cachalotes y delfines se acerquen a la cala de El Figo, atraídos por la misteriosa voz de Bal llamando a Silca? ¿Y las sirenas? ¿Se acercarán también?

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– ¿Qué? ¿Qué le ha parecido? ¿Sé, o no sé crear meigas?

– ¡Desde luego que sabe!



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3 comentarios

  1. Muy interesante la historia de Mateo, al haber tanta intriga te anima a leerla hasta el final, muchas gracias, un saludo.

  2. ( El espectro de Drusila atrajo a Mateo). Muy interesante la historia de Mateo, al haber tanta intriga te anima a leerla hasta el final, muchas gracias, un saludo.

  3. Muchas gracias, amigo. Me alegra saber que ha gustado. Un abrazo

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