Opinión

Reflejos (III)

 

Estábamos con nuestras cosas, dudas e incertidumbres, preguntándonos sobre la Historia, cuando alguien que sabe mucho nos dijo: «es una sucesión de sucesos sucedidos sucesivamente». Y pensamos, pues, que eso fue lo que debió pasar en esta ciudad tras la creación del «Studii Salmantini».

La relevancia de la Universidad atrajo a nobles, órdenes religiosas, personajes de mil condiciones y más. Se fundaron cuatro Colegios Mayores (sólo uno hubo en Alcalá de Henares y otro en Valladolid), cuatro de Órdenes Militares, siete de Órdenes Religiosas, 18 Colegios Menores, seis Benéficos y 11 considerados modernos (del siglo XIX). Sumando este batiburrillo tenemos 50 instituciones de enseñanza, de las que 31 han desaparecido a día de hoy (es una relación extraída de «La Reina del Tormes, guía histórico-descriptiva de la ciudad de Salamanca», Fernando Araujo, 1984).

Escudo indicativo de su pertenencia a la Universidad de Salamanca

Imaginemos ahora cada una de estas fundaciones con sus Constituciones, sus propias normas a cumplir, sus códigos éticos e incluso códigos secretos, sin olvidar los colores de sus indumentarias (hacia 1504 la población universitaria estaba entre los 2500 y 3000); imaginemos también esa marabunta multicolor indescriptible de los colegiales mezclada en un día de fiesta con la otra compuesta por frailes calzados y descalzos con sus sotanas, por monjas de diferentes hábitos; sin mencionar al resto de la ciudadanía, ¿alguien se acuerda ahora de la Torre de Babel?

Con ellos, los antecesores de la tuna, conocimos un nuevo lenguaje, otros términos y nuevos apelativos; estudiaba la gente de alta cuna, la de buena cuna, la de baja cuna y los que no habían sido acunados nunca, de ahí los «capigorrones», «goliardos» y «sopistas», personas que tenían que buscarse la vida para comer en puertas de conventos la «sopa boba» o «bodrio», o bien maltocando como «tunos» en tabernas y posadas (alguien recordó que los tunos hoy día lo son por afición y no por obligación).

Tras la ventana, excepcional escalera helicoidal.

A destacar los cuatro Colegios Mayores: San Bartolomé (el Viejo) o de Anaya, 1401; Santiago el Zebedeo o de Cuenca, 1500; San Salvador o de Oviedo, 1517; Santiago Apóstol o del Arzobispo Fonseca, 1521. Sólo quedan dos, hagan recuento y deduzcan, queridos lectores; como pista diremos que, constructivamente, guardan cierta similitud: un bonito claustro, capilla o iglesia bien aparente y edificio anejo u hospedería.

Puertas acristaladas en p. alta del claustro para acceso a balcón interior de la capilla.

Sin ninguna preferencia, nosotros nos hemos acercado a buscar reflejos al que nos quedaba más próximo en el tiempo, fundado por un estudiante de esta Universidad, arzobispo de Santiago de Compostela y de Toledo: Alonso III de Fonseca y Acevedo (1476-1534, permutados los apellidos para dar prioridad al de su madre). Edificio construido en varias fases con la intervención de grandes arquitectos y artistas, como diferente ha sido su uso a lo largo de su existencia: primordialmente colegio, desde 1821 y hasta su clausura en 1951 sede del Real Colegio de San Patricio de Nobles Irlandeses (destruida la suya en la Guerra de la Independencia); desde junio de 1937 hasta mayo de 1939 aquí estuvo la embajada alemana; también residencia de profesores e invitados y donde se acogen congresos y conferencias; su hospedería albergó la facultad de Medicina y ahora sala de exposiciones.

Desde el interior de la capilla, retablo de Alonso Berruguete.

«Doctor doctor», me dices; «maroma», te contesto. ¿A qué Colegio pertenecemos? (a éste no, seguro).

Ventana en planta baja del claustro

 


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