Opinión

Una bisagra sin grandeza

Cs tiene los votantes más volátiles de la escena política española por su propia idiosincrasia, al ser un partido de centro que le otorga un papel de bisagra entre la derecha y la izquierda, sobre todo, en un sistema electoral como el nuestro sin doble vuelta y donde es muy difícil que se dé una mayoría absoluta debido a la fragmentación política.

Eso le permite nutrirse de los descontentos del PP, que no son pocos tras su dilatada y acreditada trayectoria de corrupción y subidas de impuestos, y del ala derechista del PSOE que aún tiene reparos para votar directamente al PP con todo lo que eso supone. Y eso le permite decidir el color de un gobierno, puliendo las aristas de cada uno de los grandes partidos.

Cuando Cs empezó a recibir apoyos se puso a prueba su capacidad para desempeñar ese papel de bisagra. La primera decisión arriesgada fue apoyar al PP y a Vox para apartar al PSOE del gobierno de Andalucía, donde se habían reproducido todos los vicios de un régimen político que con los años tiende al clientelismo para garantizar su propia supervivencia.

Incluso arrimándose a la extrema derecha se dio por bueno su movimiento en aras de regenerar el panorama político. Estaba por ver si continuaría por esa senda regeneradora en el resto de comunidades y Ayuntamientos.

Pero llegaron antes las elecciones generales de abril y a su líder se le subieron a la cabeza unos resultados mediocres que la debacle del PP convirtieron en muy buenos, porque le dieron la oportunidad de formar gobierno con el PSOE para atajar la crisis de Cataluña y devolver sensibilidad social a la política del gobierno, tras la etapa de recortes y decadencia del PP.

En lugar de pensar en eso decidió mirar a su ombligo y se convenció de que su misión no era corregir los excesos del PP y PSOE, sino que la historia le había reservado el papel de líder del centro derecha español, o sea, de la derecha.

Su vocación de centro no era tan sólida como hacía ver y en realidad pareció más la estrategia de un político de derechas para captar votos moderados que se le negarían de otro modo. Un voto de centro sin el que es imposible aspirar a gobernar en España, salvo que lo de Vox vaya a más, pero que por sí mismo hoy es insuficiente para formar gobierno.

Llegaron las municipales y autonómicas y se presentó con el mismo programa regenerador para acabar con otros regímenes instalados en las regiones como Madrid, Murcia y Castilla y León y en numerosos ayuntamientos manoseados y maniatados por el PP, fundamentalmente, que llevaba años patrimonializando el poder en esos territorios.

La gente que quería cambios pensó que CS era el único que podría hacer posible esa catarsis, porque si algo tienen en común los partidos (todos) es que solo cambian si les obligan desde fuera.

Se dieron las circunstancias para que así fuera, pero Cs sucumbió a los aires de grandeza que embriagaron a su líder y se buscó su propia ruina.

El PP, que se sabe todas las artimañas tras décadas moviéndose al borde de la ley, engatusó a un líder ambicioso, inexperto y sin un criterio lúcido, para desposeerle de su mayor utilidad y única razón de ser, que no es otra que la de convertirse en árbitro para mandar al banquillo a quien se exceda, la virtud de ser una bisagra decisiva.

Lo hizo con el PSOE de Andalucía y se esperaba que hiciera lo mismo con el PP, pero acabó entregándose a sus brazos como la viuda negra devora a sus amantes metiéndole en sus gobiernos autonómicos en peligro (en Castilla y León el PP perdió las elecciones), aunque eso supusiera abandonar su utilidad y única razón de ser, y se dejó llevar.

¿Cómo iba a presentarse a otras elecciones después de vaciarse de contenido? ¿Acaso un partido sin historia ni una militancia fuerte esperaba que los votantes  procedentes del descontento con el PP y el PSOE estuvieran a gusto en un partido que acababa de asumir lo peor de aquellos a quienes cuyos excesos quería corregir? Unos votantes en su mayoría prestados que decidieron volver a su redil, o marcharse a Vox.  El resultado ya se ha visto. Aquí matamos políticamente muy bien.

Un partido de centro con vocación de bisagra en estos tiempos de ideologías tan líquidas e inconsistentes es útil y lo demanda la ciudadanía para controlar a los partidos de gobierno, pero para controlarlos a todos, no para aspirar a convertirse en uno de ellos que es lo que le ha pasado a Cs.

Un partido de centro sin complejos, mirando a derecha o izquierda sin prejuicios para nutrirse de un electorado cada vez más despegado de PP y PSOE, y para pactar con quien más decencia y vocación de servicio muestre. No la impostura de una bisagra sin grandeza que lo único que conduce es al precipicio y la frustración.


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