Opinión

Mis trece onomásticas

 

Corría el año 939 cuando Abderramán III, califa de Córdoba, organizó una gran aceifa contra los reinos cristianos. En aquel tiempo los motivos para hacer estas campañas militares, no eran puramente ideológicos. Aún no se había llegado al extremismo religioso que caracterizó después las luchas entre moros y cristianos desde las invasiones almorávides. Antes de esto no eran raras las alianzas entre gentes de las dos religiones con fines ofensivos. Se trataba, más bien –o, mejor dicho, más mal o menos bien–, de saquear al contrario y apoderarse de esclavos, asolando, de paso, lo que encontraban en su camino.

No era la primera vez que Abderramán entraba, a sangre y fuego, en tierras cristianas. Ya lo había hecho en 920 y 933, como muy bien nos detalla Ramón Grande del Brío en su obra «Las guerras de Al-Ándalus«. Pero esta vez era diferente, convocando a su lado a un gran ejército para lo que llamó la «Campaña de la Omnipotencia«. Ello no pasó inadvertido al gran rey de León Ramiro II que pidió la ayuda de Fernán González, conde de Castilla, de Ansur Fernández, conde de Monzón, y de García I Sánchez, rey de Pamplona.

La gran batalla se produjo en Simancas y se combatió durante cuatro días, con una gran mortandad por ambas partes, sobre todo en la primera jornada. Al final el ejército musulmán sufrió una severa derrota y tuvo que emprender una veloz retirada, siendo perseguido y alcanzado por los castellanos en la polémica Alhandega, localidad que unos sitúan camino de Atienza y Ramón Grande del Brío, con toda lógica, en el sur de la provincia de Salamanca. Allí, Abderramán tuvo que huir para no caer prisionero, dejando en manos castellanas tiendas y enseres, e incluso su propio Corán, que los cristianos llamaron el «Libro de Perdición«. Las consecuencias no fueron catastróficas para Córdoba, pero el gran califa no volvió a intervenir personalmente en operaciones militares.

Estatuas de Ramiro II de León y de Fernán González en la Plaza de Oriente, frente al Palacio Real, de Madrid.

Previamente a la gran victoria cristiana, Ramiro II había invocado la ayuda del Apóstol Santiago, mientras que Fernán González lo había hecho a San Millán. En agradecimiento, se escribieron los «Votos de San Millán», en los que se imponían diezmos y primicias de las poblaciones de Castilla y buena parte de Navarra –también fue corroborado por García I Sánchez— para el monasterio emilianense, al igual que en el reino de León se habían establecido en el año 841 los «Votos de Santiago» por Ramiro I de León, después de la batalla de Clavijo.

Pero el Diploma emilianense en que están escritos los «Votos de San Millán» ha sido considerado como una falsificación atribuida, a comienzos del siglo XIII, a Fernandus, contemporáneo de Gonzalo de Berceo. Ello se basa en una supuesta pretensión de mantener el dominio ejercido por el monasterio, en rivalidad con otros surgidos posteriormente en Castilla y Navarra. Se conocen varias copias de los «Votos de San Millán» que, acertadamente, ha estudiado hace poco Ramón Grande del Brío en su obra «Al rescate de la Historia«.

Este historiador no se ha limitado a «beber las aguas de las orillas del río de la Historia». Ha ido a las mismas fuentes. En los «Votos de San Millán» del Scriptorium emilianense hay dos partes. En la primera se habla de hechos históricos anteriores a la batalla de Simancas, entre ellos el eclipse de sol de unos días antes. Se trata de un indicio de verosimilitud, que figura con graves errores o es ignorado en las copias del siglo XIII y posteriores, posiblemente por ser considerado intrascendente para los fines económicos para los que se escribieron dichas copias. Más criticada ha sido la segunda parte, en la que se mencionan, como «donantes de diezmos y primicias», localidades que en el 939 aún no habían sido reconquistadas, como Tudela, Borja y Tarazona. Otras –Pedraza, Segovia, Ávila y Ayllón– no eran propiamente cristianas ni musulmanas, batidas frecuentemente por las correrías punitivas de todos.

Ramón Grande viene a demostrar que tales donaciones de los censos lugareños no eran raras en los documentos monacales de la segunda mitad del siglo X, quizás como consecuencia de la euforia reconquistadora que debió suceder a la gran victoria cristiana. Por ello el autor aboga por la autenticidad de los «Votos de San Millán» de San Millán de la Cogolla. Algunos autores han argumentado que el diploma pudo ser destruido, con el monasterio, en la última campaña de Almanzor, en 1002. Sin embargo hay documentos que prueban que San Millán estaba funcionando al año siguiente, certificando la poca verosimilitud de tal hipótesis.

Según la tradición, San Millán combatió, junto a Santiago, en la batalla de Simancas (939).

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Bueno. Y todo este resumen histórico, ¿qué tiene que ver con el título de esta «ocurrencia» mía?

Pues resulta que yo creía que tenía cinco o seis onomásticas para escoger en el Santoral. ¡Pues no! Como escribió Abderramán III cuando contabilizó el número de días de su vida en que había sido completamente feliz, me he enterado de que mis onomásticas… ¡suman trece!

Sí. ¡Trece! Hay trece san Emilianos que se celebran los días 8 y 9 de febrero, 10 de marzo, 29 de abril, 25 de junio, 18 de julio, 8 de agosto, 11 y 15 de septiembre, 11 de octubre, 6 y 12 de noviembre y 6 de diciembre. Trece santos, mártires, obispos, confesores, eremitas, que se llamaban Emiliano. No estaría bien, creo yo, que los celebrase todos, así que me quedo con uno. ¿Con cuál?

Uno de ellos vino al mundo en lo que con el tiempo fue Castilla y por el carácter milagroso de sus reliquias fue su Santo Patrón: San Millán de la Cogolla. Después fue copatrón del reino de Castilla y León  y luego de España, hasta 1812, en que se derogaron sus privilegios.

Es evidente que si tengo que elegir mi onomástica, sin ninguna duda será el 12 de noviembre, fecha en la que, además de ser su día, nació mi hijo mayor. ¡Ese es mi Santo!

 


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