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Opinión

Ficción e historia

A propósito de la película de A. Amenábar

El chasco que ha caído sobre la película de Amenábar Mientras dure la guerra en los premios Goya (previsto por algunos, entre los que me encuentro) traslada un síntoma de la debilidad de esa obra tan alabada en muchos sectores críticos y respaldada por su gran número de espectadores. Para el realizador y la producción ha sido un éxito. Pero “el concepto de éxito o fracaso, tan ligado al entramado del espectáculo, no tiene que ver con la apreciación artística, y viceversea, sino a una política de mercado competitivo”, como dejó escrito mi amigo Basilio Martín Patino, que supo bastante de eso.

Si de alguna película se puede decir que es una obra de ficción ese es el caso de Mientras dure la guerra. Alejandro Amenábar ha hecho lo que le ha venido en gana con Unamuno…, y con los hechos históricos. Creo que la realización es buena –quitando algunos desmanes–, propia de una película planteada «a lo grande», con disposición de impactar a base de efectismos. Toda la escenografía de la obra está gobernada por la búsqueda del espectáculo, el bien conocido “efecto Amanábar”.

Y como es una obra de ficción muy-muy ficcionada, es evidente que el director puede hacer lo que le venga en gana con la ciudad que le sirve de marco, la puede instrumentalizar para sus conveniencias del relato, al igual que puede hacerlo con los personajes. Y también con la historia documentada. Y es lo que hace, enfocar a Unamuno y su mundo a su antojo, con un guión en el que articula hechos, palabras y situaciones unamunianas con las que le ha venido bien a él disponer con mayor o menor grado de verosimilitud.

Lo que más me ha llamado la atención es como entra a saco en determinados hechos históricos documentados, hasta el punto de destrozar la verosimilitud, lo que no es chico pecado. El principal, la reunión de los generales para elegir jefe. Allá el director que elija como marco de esa reunión un edificio suntuoso encastillado, en lugar del simple barracón de madera que acogió a esos mandos en la finca de San Fernando, Campos de Muñodono. Pero que en esa reunión de los generales se encuentre dentro de la sala Millán Astray y que intervenga para establecer y determinar que el jefe tiene que ser Franco, es delirante. Claro, no responde a la realidad de un hecho histórico bien trascendental para la historia de España –sobradamente documentado que “el tuerto” no estuvo, no podía, estar allí–, lo que tuerce la deriva de muchas cosas. Es algo que siempre reprocharé al director, mucho más cuando él afirma que pretende establecer la relación entre aquello y el tiempo presente, y también porque esa versión peliculera de espectáculo es lo que va a quedar con su falsificación en miles y miles de espectadores como la versión real de la designación de Franco, el “Franquito cuquito”, que comenta con gracejo el general Cabanellas.

Hay otros motivos de torcedura histórica, pero ninguno como ese, aunque también es importante lo relativo a Salvador Vila, que había llegado a Salamanca de vacaciones el 17 de julio y en la peli parece que lleva ya tiempo de tertulias y paseos con don Miguel y Atilano Coco. Pero, sobre todo, que Unamuno cuando va a ver a Franco (6 de octubre) pide la liberación de Vila (en realidad, fue la de Villalobos), sin que ese día el amigo rector de Granada hubiera sido detenido todavía. Precisamente lo fue al día siguiente, el día 7, y no como se plantea en esa escena al estilo gansteril que se monta en la película, absolutamente desmedida –viva el espectáculo, otra vez– porque Unamuno y Vila se habían despedido poco antes de que llegaran a su casa a detenerlo a él y a su mujer para trasladarlos a Granada, y días después fusilarlo. Otro hecho histórico bien documentado, que se torea a conveniencia.

Lo del Paraninfo es otro títere, otra muestra de una escenografía al servicio del espectáculo a toda costa que hay que disponer en situaciones que Amenábar considera que deben dar juego.

Lo del Paraninfo es otro títere, otra muestra de una escenografía al servicio del espectáculo a toda costa que hay que disponer en situaciones que Amenábar considera que deben dar juego. La elección del salón del Colegio de Médicos de Madrid no es inútil: ese marco acentúa el espectáculo que se pretende generar en  torno a la situación. No es inocente, lo ha conseguido. Por eso, para  acentuarlo, establecen el atril y que a él salga a intervenir Unamuno (no desde su sitio en la mesa presidencial), quien ha escrito sus notas sobre el papel de la carta de la mujer de Coco, cuando es hecho histórico que las estableció sobre la trasera del sobre (claro que ella no le dio la nota en sobre…). Y luego, el alboroto total que generaron sus palabras entre la soldadesca (uno salta «hijo de puta», qué cosas, oye), cuando en el paraninfo de verdad en la Universidad, aparte de algunos militares, quienes estaban eran la clase académica y la sociedad salmantina bien pensante. Otro hecho histórico: ojo, la sociedad salmantina, igual que el pueblo salmantino se volcaba con todo aquel militarismo en la Plaza, en sus balcones abarrotados y gozosamente aplaudidores. Claro, para ese montaje titiritero no servía el Paraninfo, tan escueto, tan académico. Ahí era difícil el circo.

Y también se las trae por falsedad total la presencia de Millán-Astray en casa de Unamuno previamente a ese acto parra imponerle su presencia al rector, que es otra de las situaciones más arriesgadas a las que se ha agarrado Amenábar, porque eso no sólo era inverosímil, sino imposible. Pero, claro, estamos ante una obra de ficción donde el autor puede engendrar situaciones a su antojo, y lo hace.

Es evidente que hablamos de ficción, ficción total. Por eso María, la hija de don Miguel, fuma –qué majadería–, y ella y su hermana Felisa llaman papá a su padre. Cielos, “papá” a Unamuno. Y María en  alguna ocasión luce vestido con transparencias, se dice bien. Y el interior de la casa de Unamuno es una casa con decoración de familia con posibilidades, lejos de la sobriedad conocida en ese domicilio. Y Unamuno sale nada menos que ¡jugando a las cartas!, con lo que don Miguel escribió contra esa dedicación.

Claro que el director igualmente con la ciudad puede hacer lo que le dé la gana a la hora de organizar los espacios del relato de ficción, gran ficción. Pero mientras ha habido quien ha utilizado y manipulado esos espacios de modo enriquecedor, en este caso se producen ocasiones risibles. Que Unamuno vea desde el dormitorio de casa la fachada de la iglesia de los Dominicos no está nada mal. Aunque lo más chusco es cuando el coche que lleva al rector al acto del 12 de octubre entra al Patio de Escuelas… ¡por la calle que «hay» en el Patio de Escuelas Menores!, detrás de la estatua de Fray Luis. ¡Qué bonito! Que Unamuno vaya a la entrevista con Franco por la calle Cervantes, cuando sitúan su estancia –la del palacio del obispo– en la Pontificia, también es de nota, pero había que organizar el títere de la crisis de Unamuno con el apoyo de la mole de la galería del edificio jesuítico. Muy entretenido situar el Cuartel General en  el palacio de los Maldonado de Morille, y que el convento de la Madre de Dios sea cuartel. No queda nada mal que cuando un Unamuno hundido regresa a casa desde la carretera de Zamora después de la esperpéntica detención de Salvador Vila, se arrastre nada menos que sobre el enlosado del puente romano. Más títeres.

Que Unamuno vea desde el dormitorio de casa la fachada de la iglesia de los Dominicos no está nada mal. Aunque lo más chusco es cuando el coche que lleva al rector al acto del 12 de octubre entra al Patio de Escuelas… ¡por la calle que «hay» en el Patio de Escuelas Menores!

Qué ridícula resulta la secuencia de la proclamación del estado de guerra en la Plaza Mayor, con cuatro gatos en el recinto, cuando se sabe que en ese espacio se encontraban gran número de ciudadanos. Amenábar, además, ha dispuesto a dos fulanos republicanos en posiciones ridículas con pistola entre los jardines frente a la compañía de militares… Aparte, los soldados llegaron a la Plaza a caballo, no con vehículos, no con metralleta de pie. Y con un capitán que lee el bando militar sobre una carpeta que sujeta los papeles con una pinza metálica muy normal hoy, pero entonces inexistente. Todo sea por el espectáculo, aunque aquella situación resultara trágica para Salamanca con los muertos por bala que se registraron en aquella ocasión. Como los ridículos tiros al aire de los soldados desde el camión en el puente romano, cuando están allí Unamuno y Vila, tras irse Atilano. Lucen mucho la casa de éste y el templo protestante en la Posada de la Vera Cruz, en lugar del humilde recinto en que residía el pastor en el paseo de San Antonio… Salta otra majadería cuando le piden a Unamuno que dé «la mano» a doña Carmen Polo y se ofrece un plano sostenido de esa mano enguantada estirada para recibir la del rector. Cuando la tontería se pone a trabajar es increíble: ¡Doña Carmen dando la mano a alguien, a Unamuno! Lo del brazo es creíble, pero la mano…, y con ese plano tan torpe, ni siquiera propio de un aficionado, aunque abone el títere del espectáculo. Luego se van juntos en el coche, mientras que don Miguel volvió a pie a su casa de la calle Bordadores. Y ya metidos en solemnidades, he ahí a la biblioteca histórica convertida en sala de reuniones. También a favor del títere estaría la decisión de emplazar el café Novelty bajo las arcadas del Pabellón Real.

Y se podría seguir, pero vale. Eso, sin entrar en el estropicio de algunos personajes y las interpretaciones (Karra Elejalde realiza un gran esfuerzo interpretativo, me gusta Franco, me agrada Vila, aunque con su figura demasiado aniñada, a pesar de su imagen real de jovenzuelo).

En fin: Mientras dure la guerra, una obra de ficción, en la que los hechos históricos importan un  pito y, después de todo, Salamanca aparece no demasiada favorecida. Es lícito lo que hace Amenábar. Aunque ahora ya tenemos otro invento, otro cuento, sobre el personaje y ese tiempo: el de Amenábar. El efecto Amenábar. Y en Salamanca, ¡ay!, tan contentos.

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