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Bonifacia Rodríguez, una salmantina de rompe y rasga

Este 6 de junio es la festividad de Santa Bonifacia, la primera salmantina en ser Santa por la Iglesia Católica, lo hizo el Papa Benedicto XVI en 2011

 

Tenemos santas, catedráticas, artistas, socialite, empresaria,… Salamanca tiene en su historia grandes nombres de mujer y La Crónica de Salamanca inicia una serie donde se recordará a estas mujeres que dejaron su impronta en la ciudad y fuera de ella.

La serie la inicia Bonifacia Rodríguez, una salmantina de rompe y rasga. Este 6 de junio es su festividad. Es la primera Santa salmantina de la historia, su canonización se produjo el 23 de octubre de 2011, siendo Benedicto XVI, Papa.

Bonifacia Rodríguez es una de las grandes luchadoras por la dignidad de las mujeres pobres, una mujer adelantada a su tiempo. Nació en Salamanca un 6 de junio de 1837, pero no murió aquí, porque fue expulsada de su propia ciudad, quizá por ser una mujer demasiado avanzada para la sociedad salmantina de finales del siglo XIX.

Ella no era una mujer acaudalada, nada más lejos de la realidad, pero sí vio que enseñando a las chicas jóvenes un oficio, como podía ser la costura, se podían labrar un futuro sin necesidad de depender de un padre o un marido. Quizá por este espíritu, en 2015, hubo una corriente en la que se pedía que declararan a la santa salmantina patrona de la mujer trabajadora. Alegaban que Bonifacia Rodríguez de Castro fue una adelantada en la formación y promoción de la mujer por eso pedían al Vaticano que la declare patrona de la mujer trabajadora como modelo e intercesora.

Bonifacia Rodríguez de Castro aprendió el oficio de cordonera en la sastrería de su padre a los 13 años. Su padre muere cuando ella tiene 15 años, este hecho marcará su vida y forma de entenderla, porque trabajará para otros. Unos años después, junto a su madre abre un taller de cordonería.

El negocio crece y necesitan más manos para dar salida a los trabajos que les encargan, por lo que comienza a enseñar a chicas jóvenes. Así crea la Asociación Josefina con la ayuda del jesuita catalán Francisco Javier Butinyà i Hospital, hombre muy importante en la vida de Bonifacia, porque la ayudará a crecer en el ámbito laboral y espiritual.

Bonifacia quiere entrar en la orden Dominica, pero el jesuíta Butinyá la convence para que funde su propia congragación, que será la de las Siervas de San José. La orden religiosa se inicia con ella y seis mujeres más, entre las que se encuentra su madre, Josefina. La vida en comunidad comienza el 10 de enero de 1874, momento muy conflictivo en la vida política del país.

Se trataba de un novedoso proyecto de vida religiosa femenina, inserta en el mundo del trabajo a la luz de la contemplación de la Sagrada Familia, recreando en las casas de la Congregación el Taller de Nazaret. En este taller las Siervas de san José ofrecían trabajo a las mujeres pobres que carecían de él, evitando así los peligros que en aquella época suponía para ellas salir a trabajar fuera de casa.

Si hasta este momento, parece que la vida de Bonifacia ha sido sencilla y sin sobresaltos, al margen de la pérdida de su padre cuando era una adolescentes, nada más lejos de la realidad. Bonifacia comienza a despertar interés en la sociedad salmantina y en parte del clero, con lo esencial que ha sido para el desarrollo de Salamanca, que no entendían la extraña evangélica del trabajo y esa fijación que sentía Bonifacia por las mujeres pobres.

A los tres meses de la fundación Francisco Butinyà es desterrado de España con sus compañeros jesuitas y en enero de 1875 el obispo de Salamanca en aquel momento, Lluch i Garriga, gran colaborador del proyecto, es trasladado como obispo a Barcelona. Bonifacia se ve sola al frente del Instituto a tan sólo un año de su nacimiento.

Las riendas del clero en Salamanca las toman personas que no están conformes con esta forma de vida evangélica y convencen a parte de la congregación de las Siervas de San José para que se rebelen contra Bonifacia, su fundadora.

Consiguen su objetivo y Bonifacia y su madre salen de Salamanca. No se van lejos, se instalan en Zamora, donde son muy bien acogidas. No obstante, antes de abandonar su ciudad, Bonifacia recibe humillaciones, mentiras, rechazos, desprecios,… que ella aguanta estoicamente sin decir palabra.

La casa madre de Salamanca se desentiende totalmente de Bonifacia y de la fundación de Zamora, pero aquí no acaban las ofensa de las salmantinas a Bonifacia. El 1 de julio de 1901 el Papa León XIII concede la aprobación pontificia a las Siervas de san José, solicitada por la casa madre, la de Salamanca, quedando excluida la casa de Zamora. Es el momento cumbre de la humillación y despojo de Bonifacia. No recibiendo contestación del obispo de Salamanca, Tomás Cámara y Castro, llevada por su fuerza de comunión, se pone en camino hacia Salamanca para hablar personalmente con aquellas hermanas. Pero al llegar a la Casa de Santa Teresa le dicen: «tenemos órdenes de no recibirla», y se vuelve a Zamora con el corazón partido de dolor.

Bonifacia no volverá a pisar Salamanca, muere en Zamora un 8 de agosto de 1905. Hasta 1941 no se le reconocerá el título de fundadora de las congregación Siervas de San José y se inició un proceso de rehabilitación de su memoria, para hacer justicia a la historia de los orígenes del instituto.

Hoy en día, las Siervas de San José tienen casas en 12 países, con ello el espíritu de Santa Bonifacia y el nombre de Salamanca está repartido por el mundo.

Salamanca honró el nombre de su primera santa colocando una estatua frente al colegio Siervas de San José, que hace un par de años celebró su centenario. 


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