La selva de la vida
Cuando descubrí que le habían fusilado al marido por “rojo” comencé a observar con cierto interés a Remedios. Los rojos eran aquellos desalmados carniceros que podían fastidiarnos aquella infancia de la leche en polvo, el queso americano y el pan pringao en aceite.En casa, mis padres decían de Remedios que era digna de ser admirada por haber sacado a los hijos adelante, siendo viuda desde muy joven. Mi obstinada curiosidad por Remedios solo obtuvo como contestación aquel silencioso miedo a las paredes que podían traspasar palabras que alimentasen las siniestras orejas de burro franquistas.Aquella historia sobre Remedios hizo que fijase de forma obsesiva mi atención en su hijo. Por esta causa, Luis Calvo Rengel se convirtió en uno de los grandes ídolos de aquella infancia tan exclusiva que vivimos y compartimos en el patio común de la manzana seis del Barrio de la Vega. Luis marcaba la diferencia, al regalar su tiempo a los jóvenes del otro lado del Tormes con todo tipo de actividades deportivas. Y a su lado Luisa, una mujer que fue baluarte de comprensión hacia aquel hombre nacido para darse en esa ofrenda que solo son capaces de llevar a cabo los hombres buenos.Después vino, fruto de aquella vitalidad que daba respuesta a cualquier tipo de problemática, la vinculación política, que convirtió a Luis en uno de los socialistas más relevantes del Ayuntamiento y de nuestra Diputación Provincial en los primeros y difíciles años de la Transición.Fue en uno de nuestros reencuentros, pasados los años, cuando Calvo Rengel me dio un documento que me dejó perturbado durante días, durante muchos días. La sentencia de muerte de su padre me hizo volver la mirada a los años de la niñez y recobrar a Remedios como mujer admirable, entendiendo la tristeza opaca que en aquel portal de la calle Descubridores, al calor de las noches de verano, le brotaba como un ciprés de amargura en los surcos de sus pertenencias. Cuántas veces he abrazado en la emotividad más sincera a aquella vecina que, intocable, perdura en el rincón más íntimo de los afectos…En la última conversación, Luis me recordaba el sinsabor que sentía cuando, cogido de la mano de Remedios, acudía a visitar a su padre en la cárcel. El dolor le hizo recordar el último encuentro que tuvieron con él poco antes de ser fusilado.Cuando nos despedimos, tuve la impresión de que teniendo todo el cariño de sus hijos, a Luis le falta el abrazo cercano de quienes recibieron la cosecha de su infatigable lucha por los derechos de los demás. Pero eso es cosa de la selva de la vida y por mucho que se predique, el gallo seguirá en la poltrona del corral creyéndose el amo del gallinero.