Opinión

Jueces de nada. Almas libres en todo lo demás

Veo a mis hijas observando y absorbiendo a tal velocidad que me pregunto miles de veces en qué momento dejamos esa capacidad por el camino para convertirnos en jueces de todo, que dejamos de observar para aprender o buscar mil maneras diferentes de conseguir las cosas más llanas.

Ahora que tanto se lee en los ojos de la gente, veo que cuando miramos, no es para llenarnos, sino para intentar vaciar las ansias ajenas, la ilusión o las formas de hacer.

Y sí, hay cosas, como la violencia, que son objetivamente malas e innecesarias, pero estamos enseñando a nuestros hijos a observar cómo Fulanito no lleva mascarilla y cómo Menganito sí. A Juzgar por qué en el parque X se junta con Y o criticar que se celebra la vida, una comunión, un cumpleaños o se va al súper dos veces.

Que sí, que ya sabemos todos que hay que limitar salidas, entradas, contactos y vida, pero nuestra vara de medir no puede escudriñar el ocio y la vida ajenas, porque no sabemos qué hay detrás, porque no nos hemos metido en sus zapatos, porque no conocemos nada de lo que hay en ese otro ser humano. Tal vez solo hayamos visto a esa persona que coge aire profundo con la mascarilla bajada durante tres segundos. Tres segundos. Y nuestras cabezas ya empiezan a volar. Juzgar, juzgar, juzgar. Sin bucear en esos ojos, sin preguntar, sin observar, sin esperar.

Todos sabemos lo que debemos hacer, ¿en qué nos alimenta todo lo demás? Parece que España está en guerra y no de armas, sino de almas, que tal vez, pueda llegar a ser incluso mucho peor si dejamos a generaciones enteras crecer con la sensación y la libertad de ser jueces de todo.

El COVID-19 ha venido para matarnos y, ya no sé si a todos como seres humanos independientes, pero sí a todos como humanidad, como comunidad.

El otro día, un niño de unos ocho años le gritó a otra nena en el parque “que te pongas la puta mascarilla”. Y en ese mismo instante, charlando con una amiga, fui muy consciente de que nos íbamos a pique.

Nuestra vara de medir no puede escudriñar el ocio y la vida ajenas, porque no sabemos qué hay detrás

Quiero que se vuelva a disfrutar del observar para aprender, del dejarnos llevar, del absorber la vida y la gente. Y si por un tiempo ha de ser con distancia y mascarilla, pues que así sea, eso nos salvará a muchos, pero me encantaría que se hiciera dejando de ser jueces de mascarillas y distancias ajenas. Porque nos queda un largo camino por delante y nos estamos pudriendo bastante.

Y lo peor de todo… estamos dejando que nuestros hijos se sientan libres de pensar que el de enfrente lo hace mal si lo hace diferente, sin atender a sus motivos. Porque no se habla de otra cosa y porque España parece una vieja del visillo en la ventana vigilando a la anciana de al lado. Porque no sabemos qué hacer teniendo a la gente lejos, pero cuando la tenemos cerca juzgamos sin cesar en vez de disfrutar de esta nueva normalidad.

Sueño con niños que crezcan libres, serenos, sin miedos, investigadores, científicos sin serlo y risueños, pero sobre todo… NIÑOS.

Cristina Acebedo.

Madre, abogada y mediadora. Y fiel creyente en la humanidad.


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