Opinión

Llegando a su destino

 

Antes de llegar a Mondoñedo tuvieron que hacer alto en Cadavedo para pasar la noche. Senén, el arriero maragato, lo decidió así porque sabía que no era conveniente andar por el Alto de O Fiouco con niebla…

No se ve nada -aclaró- a dos pasos. En esas nieblas tan espesas, las más densas que he vivido, es muy fácil perderse o caer por un barranco. O que te ataquen los lobos, que no necesitan ver por su gran olfato. No son abundantes en la Serra de Lourenzá, pero puede darse el caso.

Después de cenar, Martiño, un granjero de Cadavedo, les dijo que les acompañaría al día siguiente hasta Mondoñedo, donde tenía que resolver un asunto de notaría. Nadie solía andar en solitario por aquellos parajes

Y así a la mañana siguiente emprendieron la subida al Alto de O Fiouco, donde pararon un momento para que las caballerías descansasen.

– Aquí mismo, al pie de esta capilla del Cristo de O Fioucocontó Martiño— hubo hace muchos años un crimen horroroso (1). Aún no estaba construida la capilla, que sustituyó a un cruceiro muy rústico. Encontraron a un aldeano muerto, con la cabeza partida. Por lo visto, le debió pillar la niebla cuando regresaba de Mondoñedo. Detrás de la cruz le debía estar esperando su asesino, que aprovechó la penumbra para matarle.

– ¿Y le cogieron?

– Pues no. Se sospechó de uno que andaba detrás de la mujer del muerto, y es muy probable que fuese él, pero de la noche a la mañana, desapareció y no volvió.

– ¿Y la viuda…?

– Pues… ¡ya sabéis lo que pasa!, al cabo se casó con otro, forastero, que se la llevó por ahí. ¡El muerto al hoyo y el vivo al bollo!

– Pero… ¿no se sospechó de ella?

– ¡Pues claro que sí! Todos supusieron que no había sido la instigadora del crimen, pero sí la causa. Pero no se pudo demostrar nada…

– ¡Es un tema viejo como el mundo! Me contaron algo parecido en un pueblo de Salamanca, pero allí si cogieron al asesino y terminó agarrotado.

Después del descanso iniciaron el descenso. Hacia la mitad Martiño les señaló un camino.

– Por aquí se va a la Cova do Rei Cintolo, un antro al que no se acerca nadie, por si acaso.

– ¿El rey Cintolo? ¿Quién fue? Nunca hoy hablar de él.

– Se dice que hace muchos años hubo en estas tierras un reino feliz, que se llamaba Bría, regida por Cintolo. Tenía una hija muy bella…

– ¡Ya! ¡Seguro que tenía largos cabellos dorados!

– ¡Pues sí que era rubia, sí! ¡Por supuesto! Tuvo muchos pretendientes, pero ella se enamoró de un joven apuesto…

– ¡Me suena ese cuento! Y probablemente hubo otro, muy perverso, que en realidad lo que quería era apoderarse de la corona de su padre. ¡A que sí!

– ¡Eso es! Entonces se acordó resolver la pendencia entre los dos pretendientes en un duelo a vida o muerte. Triunfó el bueno, pero el malo, que era un gran brujo, provocó antes de morir un enorme cataclismo que destruyó a Bría y a todos sus habitantes, llevando a la hija del rey Cintolo a las profundidades de una cueva, donde estaría eternamente, permitiéndola únicamente salir a peinarse al sol en determinadas circunstancias. Nadie osa acercarse para no ser arrastrado a las profundidades…

– Ese final sí que es diferente al de otras leyendas parecidas, con castillos en mitad de bosques cerrados, sirvientes dormidos durante siglos, príncipes y doncellas encantados y demás personajes buenos y malos…

Por fin llegaron a Mondoñedo. Martiño se fue a la Notaría y Pepiño y Catorcena ayudaron a Senén a descargar el envío en el Seminario. Después Catorcena preguntó por la vivienda de Lucinda, que estaba en Os Muíños.

Era una casucha rústica y oscura, muy pequeña, y Lucinda una anciana encogida, de ojos muy vivos. ¡La imagen eterna de las curanderas gallegas!

Cuando Catorcena le preguntó por el yelmo del Mariscal, Lucinda le contestó que aquello era una farsa, que nunca hubo tal tocado; que se habían reído de él al contarle esa patraña.

Catorcena salió de la cabaña muy deprimido. ¡Tantos sinsabores para nada! Decidió no volver a Casavieja… Cuando se encontraron con Senén, éste, al verles tan cariacontecidos les propuso que le acompañasen en su próximo viaje, que mañana Dios diría lo que tendría que pasar… Juntos se fueron a comer y allí se enteraron de que al día siguiente se celebrarían en la plaza de la Catedral unas competiciones de habilidad y fuerza…

– ¿Por qué no participamos? ¡A lo mejor ganamos algún premio que nos vendrá bien para el viaje de vuelta!

Y así lo hicieron. Pepiño demostró su habilidad con la honda y Catorcena su fuerza ante unos grupos de tiradores de cuerda, a los que –tirando del otro extremo él solo– venció ante el asombro de todo el mundo. En cambio fueron derrotados en la cucaña y otras pruebas singulares de la tierra… Al final se llevaron un jamón y varias botellas de aguardiente de orujo.

Estaban celebrándolo cuando se presentó un rapaziño con un recado de Lucinda.

– Díxome que vai vela sen fallar; quen che dirá a verdade sobre o que preguntaches onte …

Todos quedaron expectantes. ¿Qué tendría que decirles la vella meiga?

 

(1, nota del autor):Me contaron este crimen dos campesinos, jinetes de esa raza equina tan peculiar del norte de Lugo, en el verano de 2002. Ya escribí sobre ello en La Crónica de Salamanca en septiembre de 2017 y en el artículo titulado «A vueltas sobre un apunte de Unamuno» publicado en la revista «NIVOLA«, de la Asociación Amigos de Unamuno de Salamanca (volumen 5; páginas 31-33; diciembre 2017), con la misma figura que presento aquí, ahora.

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