Opinión

El dragón de Almenara

 

Era de esperar. Lucas no podía aguantar su pasión por la mujer que él había hecho viuda. Pero ella no estaba por la labor…. No olvidaba su pecado y que mientras su difunto yacía en el bosque, siendo devorado por las alimañas, ella estaba retozando con quien, sin ella saberlo, era su asesino.

Su angustia era inmensa y no reaccionaba a su abandono por más que sus vecinas la ayudasen o lo intentasen. Cuando él se acercaba sentía una profunda aversión que la hacía saltar hacia atrás.

La nueva situación, al sentirla irreversible, produjo en Lucas un efecto singular. Se tornó más arisco y violento con todos, que por ello le daban la espalda. No lo querían como compañero en el trabajo de la iglesia, en la que habían comenzado las basas del ábside. Y abandonó su puesto para subsistir recogiendo plantas silvestres. Su desarreglo era tal que parecía una fiera, con las ropas rotas, largas barbas y cabellos, mirada ausente…

Fue en un día de tormenta, de esas que transforman la luz del sol en noche profunda, de puro negror en las nubes que todo lo tapan. Sobrecogidos por el continuo retumbar del trueno y el pedrisco, todos se refugiaron donde les pilló; muchos, en la iglesia. Algunas casas hundieron su techo ante la presión del granizo. ¿Cómo no iban a acordarse de las fuerzas malignas, que luchaban para salir de nuevo? Rezaban y esperaban.

A Lucas, que, como todos los días, rumiaba su rencor por los montes, le sorprendió la tormenta en descampado, cerca de las cuestas que separan la llanura armuñesa de la vega del desbordado río.

Aterrorizado y dolorido buscó cobijo al pie del escarpe, donde éste era más vertical. Pegado a la pared, temblando de frío y de miedo, aguardaba su destino, que estaba a punto de cumplirse.

Pues una grieta en la roca, que no había visto, impregnada de lluvia, se estaba abriendo más y más, favorecida su apertura por la vibración de los continuos truenos. La tensión sobrepasó de pronto el límite y… la ladera se desplomó, sepultando todo bajo un alud de bloques.

Así acabó sus tristes días Lucas, el asesino de Ramiro. Nadie le echaría de menos… ¿Fue justicia divina la que sentenció drásticamente sus días, o la consecuencia de su abandono y salvajismo?

Pero no termina aquí la historia. La gran tormenta cesó al fin; las aguas del río volvieron a su cauce y todos se dedicaron con ahínco a reparar los daños sufridos. Algún tiempo después varias aldeanas que buscaban hierbas y frutos silvestres llegaron al pie de la ignota tumba de Lucas y vieron los desplomes del escarpe. Una de ellas observó algo blanquecino que destacaba al sol, allá arriba, y forzando la vista dedujo que eran huesos incrustados en la roca.

Asustadas, regresaron corriendo a la aldea y entre gritos y jadeos relataron su hallazgo. ¿Qué hacer? ¿Quién se atrevería a ver qué pasaba allí, con los antecedentes del lugar?

Finalmente alguien propuso avisar nuevamente al obispo, lo que fue aprobado sin discusión. Y a Salamanca fueron los portavoces, que volvieron al día siguiente con el sufrido fray Gonzalo.

Nuevamente el astuto clérigo organizó una sesión de espectaculares rezos en la inacabada iglesia y, a continuación, partiendo de ella, una multitudinaria procesión, cruz delante, hasta el lugar del prodigio.

Mientras caminaba, fray Gonzalo no dejaba de pensar en que pararía todo aquello. No las tenía todas consigo. ¿Qué habría allí y que explicación daría a las gentes para calmar los ánimos y que pudieran seguir tranquilamente su vida? ¿Qué relación podría tener con los hechos anteriores?

Llegados por fin al argayo subieron la cuesta y allí, en la roca, vieron un monstruoso cráneo, con una larguísima mandíbula, de superficie alveolada y rugosa e innumerables dientes puntiagudos.

¡¡¡EL DRAGÓN!!!

Sobrepuesto del estupor, fray Gonzalo recordó una historia que le contaron antaño, ocurrida en el Arenal de Madrid, donde encontraron enterrado algo parecido. Entonces habló a la aterrorizada multitud arrodillada a sus pies y declaró que allí estaba el asesino de Ramiro, al que sus plegarias habían llevado al seno de la tierra. Allí estaba la prueba del poder de Dios sobre el Demonio, que, no obstante, había intentado sacudirse su yugo durante la gran tormenta.

¡Nueva victoria del Señor, quien al ver como el dragón pugnaba, entre truenos y relámpagos, por salir de la roca, le despojó de la carne! ¿No era notorio un infecto tufo infernal, como de cadáver, que se percibía en el ambiente? Era la podrida envoltura del dragón asesino dispersa por el terreno por la acción Divina.

Sobrecogidos, todos creyeron al elocuente fraile, quien añadió que, como testimonio del poder supremo, aquellos restos del dragón fuesen llevados a la nueva iglesia, donde fuesen vistos por la gente, ahora y siempre…

«Basilisco en el ábside de la iglesia de Almenara de Tormes (Salamanca)». (Grabado de E. Jiménez 1998)

Pero una cosa es decirlo y otra el llevarlo a cabo. Pues al intentar arrancar aquellos huesos infernales de la roca, se deshicieron en pedazos y polvo. Sólo los dientes, y no todos, resistieron la extracción.

No era cosa de amilanarse por ello y fray Gonzalo ordenó que los restos fuesen arrojados a una hoguera allí mismo, pues era designio de Dios que el dragón no penetrase en sagrado. Tan sólo un diente, escamoteado por el fraile, que deseaba mostrarlo a su obispo, se salvó de la quema.

Terminada la operación y tras una nueva serie de rezos, fuese cada mochuelo a su nido: las gentes a sus casas y fray Gonzalo a su Salamanca, no sin exhortar a los feligreses para que dejasen constancia de los hechos ocurridos en las paredes del templo.

Y allá están, en el ábside de la iglesia de Almenara de Tormes, las imágenes demoníacas, testimonios del poder celestial.

¿Qué fue de fray Gonzalo? Llegó –ya lo habrán adivinado– a obispo, y lo fue bueno,.

¿Y de Elvira, qué fue? Al cabo de los años recuperó la razón y dedicó su vida a la penitencia de sus pecados.

Pero eso… es otra historia….

Noticias relacionadas

Deja un comentario

Botón volver arriba