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Opinión

Música, maestro

 

Tropecé sin querer con un temazo musical que no entendí ni por su musicalidad ni por su concedida categoría de temazo. Me preocupé al instante. ¿Me he convertido ya en lo que no quise nunca ser? No es la primera vez que tengo esta sensación. Sí, esa crítica rápida a los modos y costumbres de la chavalería, ese grupo de enfermos de juventud al que sus males se les irá pasando con el tiempo, como me sucedió a mí, como te ha sucedido a ti.

El individuo en cuestión, al que me regalaré mención, mostraba un poder brutal en su videoclip. No le faltaba de nada, luces, colores, parajes, compañías, todo élite. Luego está lo del ritmo y la letra. Con lo primero, cuestión de gustos. Con lo segundo… Buah, espectacular. Qué profundo y meditado mensaje, qué pasión, qué orfebrería lingüística…

Ya sin tropiezo, busqué cosas del artista (en cursiva) tratando de entender el origen de su talento. Durante la investigación de silla a la sombra, se me reveló que en contra de todo lo que había leído anteriormente, la magia sí existe. Se consigue con un cacharrito de cables, circuitos, botones y luces llamado auto tune. Ya había oído hablar de su existencia, por supuesto, pero nunca lo había pensado el tiempo suficiente.

Una traducción directa cervantina diría algo así como sintonización automática. Con tal telar, por tanto, puedes transformar un aullido de ebria carraspera afónica en un soniquete coreado por la masa que hará rico y famoso al postulante a cantante poseedor de tan original, complejo y lleno de matices graznido.

¿Qué sucede? Pues que como eso funciona se copia, se reproduce y se repite hasta la saciedad. No me leas con esos ojos, todos sabemos que lo que funciona no se toca. ¿Por qué funciona? Qué más da. Conozco una teoría muy bien fundamentada que tiene que ver con el ritmo de la percusión, pero eso es lo de menos.

Funciona y punto. Y es más cómodo (y rentable) invertir en lo que funciona que buscar. Porque si se puede fabricar, para qué andar con novedades, alternativas, lupas y tiempo. Porque generalizando una crítica en la que nunca debe incluirse a la totalidad, comemos lo que nos ponen en el plato. Claro, lo que no está en él, no puede comerse ¿no?

Hacemos poco (vale, no todos) por descubrir nuevas alternativas, nuevas formas, nuevas maneras. Hacemos poco por replantear o cuidar el simbolismo, el mensaje. Hacemos lo justo para encontrar la palabra que sirva, consumimos, nos conformamos, aceptamos o criticamos sentados a la sombra. Simplificamos, polarizamos, pedimos dos presupuestos para defender la compra buena o la barata aunque en ocasiones la realidad de la decisión se discuta entre lo caro y lo malo.

¿Y si por lo que fuera tengo razón? ¿Qué ganamos así? No lo sé, quizá comodidad. ¿Qué perdemos así? Ni idea, quizá todo lo demás. ¿Qué podemos hacer? Esto sí lo tengo, dejarnos de glutamatos monosódicos. Que oye, quien dice música dice Diego.

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