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Cultura

Esperando

Cuentos para los días de verano

Dio el último sorbo de vino, sacó la pistola del cajón, apoyó el cañón en su sien derecha y disparó. Satisfecho, guardó la pistola en su lugar, se dirigió al dormitorio y se dejó caer sobre la cama.

El olor dulzón del vino rojo se expandía por la habitación del hotel. Agarró la botella de cristal y miró la etiqueta: «Rojo Perpetuo». Su nombre no mentía, el sabor recordaba a lo eterno.

Alguien llamó a la puerta y se levantó para abrirle.

-¿Ha probado el vino?

-Sí, acabo de terminar. Pase, adelante —se echó a un lado para dejarle entrar.

Era alto y sujetaba una carpeta roja con hojas blancas. Ingresó en la habitación y se dirigió a una mesa que ocupaba el centro del cuarto. Se sentó en una silla forrada con piel verde. Inhaló la fragancia que ya dominaba cada rincón del dormitorio y sonrió.

-Y bien, ¿está convencido, se llevará alguna botella?

-Necesito una copa diaria durante un año. ¿Cuál es el precio?

Movió con la mano derecha su cabello hacia un lado y exhaló, haciendo vibrar las comisuras de sus labios. Se tomó su tiempo para responder:

-Si una botella son 95890 dólares, y necesita una copa diaria durante un año… serían 53 botellas… un total de cinco millones de dólares —volvió a resoplar.

-No puedo pagar esa cantidad. ¿Puede ser con el segundo método?

-Claro. En ese caso como ya sabe, serían solo veinte mil dólares y su esperanza de vida. ¿Está dispuesto a entregarnos su tiempo?… Puedo hacerme una idea de sus necesidades.

-Sí, tengo mis motivos. Necesito un momento para pensarlo.

-Por supuesto, le dejo asolas unos minutos.

El hombre vestido con un traje negro, camisa blanca y corbata negra con dibujos de botellas de vino «Rojo Perpetuo», abandonó la habitación.

No necesitaba reflexionar si compraría el vino. Estuvo convencido desde el primer momento que supo de este remedio, haría cualquier cosa por salvarla. Lo que le preocupaba era si funcionaría su plan, y si conseguiría superar las dificultades que se le presentarían para ejecutarlo.

Abrió la puerta de nuevo y llamó al hombre que esperaba en el pasillo.

Pagaré de la segunda forma. ¿Cómo les entrego mi tiempo o mi esperanza de vida? —preguntó desde el umbral de la puerta.

-No se preocupe, de esto ya nos ocupamos nosotros —respondió con una sonrisa.

Seis médicos entraron al dormitorio y conectaron aparatos extraños a su cuerpo. Jeringas, pinchazos y cables se esparcieron por las articulaciones, tronco y cabeza mientras una máscara de oxígeno le permitía respirar. Los doctores hablaban entre ellos intercambiando información que era incapaz de comprender. El proceso duró unas cuatro horas en las que estuvo inmovilizado. Cuando todo acabó, el personal médico había rellenado un cuarto de botella de un total de cincuenta y tres.

Los hombres y mujeres de batas blancas cedieron su lugar y fueron reemplazados por otros con chaleco negro y camisas de color rojizo. Portaban cada uno un maletín negro. Los abrieron y extrajeron decenas de frascos de cristal con un líquido rojo tinto en su interior. Con ellos rellenaron todas las botellas que previamente habían trabajado los médicos. Cuando estuvieron listas, las almacenaron en diez maletines de cuero marrón.

-Señor, su pedido está listo. Bajaremos el producto a su coche para que le sea más cómodo —dijo el hombre con la corbata decorada de botellas de vino.

-Miren si les llegó la transferencia de los veinte mil dólares. La otra, imagino que es lo que me han estado haciendo toda la tarde.

-En efecto. Y sí, el dinero nos llegó, no se preocupe. Se puede marchar cuando guste.

Firmó el acuerdo de confidencialidad, abandonó el hotel y abrió el coche. Sacóun móvil Samsung azul y marcó un número. Una voz respondió:

-¿James, dónde te encuentras, cómo es que no estás aquí? No te lo perdonaré si no pasas sus últimos momentos junto a ella —gritó.

-Tranquila, estoy…

-Los médicos dicen que le quedan pocas horas, ha empeorado ¡Ven ya!

-¿Cuántas horas? —preguntó temblándole la voz.

-Unas tres como mucho.

-Está bien. Estoy a cuatro horas, pero…

-¿Cómo? No llegarás, es imposible —exclamó.

-Escúchame Diane, por Dios. Llévala a casa, está más cerca de donde me encuentro.

-No pienso sacarla del hospital porque hayas decidido irte. ¡Deberías estar aquí!

-Necesito que la saques de allí. Tengo la solución para salvarla y no podré dársela con los médicos delante, no me dejarán.

-¿De qué solución hablas? ¿Acaso sabes más que su doctora?

-No, pero tengo el remedio. Necesitamos tiempo y lo he conseguido para ella. Llévala a casa ya, estaré en una hora y media. Si salimos los dos ahora no morirá, te lo prometo.

-Te has vuelto loco, no voy a sacarla de aquí.

-Diane, ¿confías en mí? Te lo pido por favor…confía. Sabes que haría cualquier cosa por salvarla, daría mi vida por ella. No os he abandonado, estaba buscando algunaesperanza. Llévala a casa ahora, por favor, os veo allí.

Nade se escuchó durante unos segundos que para James le parecieron minutos.

-La llevaré. Estoy tan desesperada que hasta tu propia locura me da esperanza. ¿Pero cómo la llevo sin que los médicos me lo impidan?

-Explícales que quieres pasar los últimos momentos con ella lo más tranquilamente posible, sin cables ni máquinas. Sin esa pesadez a muerte que domina el hospital. Os veo en casa, iré lo más rápido que pueda.

Giró la llave y el coche retumbó. Pisó el acelerador. Tenía una hora y media o todo habría sido en vano. Perdió la cuenta de las veces que pudo matarse hasta llegar a su casa. El Renault blanco de Diane estaba aparcado en la calle, camuflado entre la nieve.

Su mujer salió a recibirle entre gritos de auxilio, el tiempo se agotaba. James abrió el maletero y sacó uno de los maletines de cuero marrón. Corrió al interior de la casacruzando el pasillo como una gacela huyendo de su depredador.

Martha reposaba en el sofá, estirada y con los ojos en blanco. Unas pequeñas respiraciones agónicas indicaban que aún vivía. Quitó el seguro del maletín y agarró una botella de «Rojo Perpetuo». Sirvió un vaso en una de las copas que acompañabana la bebida alcohólica dentro de la caja. Abrió la boca de su hija y dejó caer el líquido. La pequeña niña dio su último aliento y cerró los ojos. El sufrimiento parecía haber acabado.

-Dijiste que habías encontrado una cura ¿una botella?…

Diane continuó gritando y maldiciendo, pero James no la escuchaba, solo esperaba, esperaba y esperaba.

Los ojos de Martha volvieron a abrirse y los padres gritaron. Las lágrimas de tristeza dieron paso a las de felicidad.

-Papá, ¿has vuelto?

-Sí, y no me marcharé hasta que te hayas recuperado —susurró a su oído.

Las semanas pasaron, y cada lunes se descorchó una botella. Todos los días, antes de morir, Martha volvía a beber su vaso diario de «Rojo Perpetuo» en casa.

Un año después, cuando sirvieron la última copa, el teléfono sonó. El corazón que necesitaban había llegado. Al salir de la sala de operaciones Martha estaba curada. James vio a su hija sonreír, ya podía marcharse.

Por: David García – Cervigón Romero de Ávila

Salamanca, 16 de Junio de 2021

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