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Cultura

Descubriendo Helmántica

Cuentos de verano

Diez caballos tiraban del remolque donde quince nuevos universitarios esperaban ansiosos. El conductor gritó, avisaba que la ciudad estaba cerca. Los futuros estudiantes se levantaron de sus asientos para observar lo que había más allá de las paredes de madera del vehículo. Como era descapotable, pudieron sacar las cabezas. Se alzaron impulsándose con las manos sobre la parte superior de los laterales, pero los constantes brincos del transporte dificultaban la tarea.

Fue entonces cuando la vio. Campos amarillos y secos del verano se extendían alrededor. Encima de una colina estaba su destino, un radiante día iluminaba la bella Helmántica. Casas bajitas eran coronadas por la Clerecía y la Catedral. Parecían reinar en un país de edificios enanos.

El conductor hizo pasar el transporte por un puente de piedra que daba acceso a la urbe. Numidia había escuchado en una ocasión que esta construcción fue levantada por una antigua civilización milenios atrás. Mientras lo atravesaban, los jóvenes disfrutaban ver pasar el río Tormes bajo ellos, serpenteaba y se perdía en el horizonte. De la ribera brotaban flores de variados pigmentos. Algunos barcos navegaban por sus aguas, salían y llegaban al pequeño puerto.

Cruzaron las primeras viviendas. Las había de piedra y de materiales más pobres, como barro endurecido mezclado con otras sustancias. Carecían de pintura, lucían el color natural de los elementos que las componían y este era el marrón principalmente. El suelo que caminaban no estaba empedrado, el barro lo ocupaba todo y los caballos sufrían por arrastrar el pesado remolque que ahora no avanzaba.

Viajaron por callejuelas estrechas. Cuando llegaron a una pequeña plazuela circular, el conductor detuvo el vehículo. Los estudiantes bajaron, estaban nerviosos, no sabían que debían hacer. Pero la solución estaba esperándolos. La señora Clotilde les informó que era la encargada de llevarlos hasta sus colegios mayores. Dejarían sus equipajes allí y después visitarían la Plaza Mayor, el alcalde los recibiría en una ceremonia inaugural. No perdieron tiempo y reanudaron el recorrido.

La esbelta Numidia, de cabellos negros como el azabache, contemplaba los hogares de los helmánticos, sus gentes, calles… sentía algo especial en aquella ciudad. Aparecieron mercadillos de libros situados en las aceras. Los habitantes compraban e intercambiaban cuentos, códices y cualquier instrumento con papel. Podía respirar la cultura que corría en aquellos callejones.

La señora Clotilde paró colegio por colegio. La cuenca, la Oviedo hasta llegar al de Numidia, la Hernán Cortés. Torres altas de piedra amarillenta lo asemejaban a un enorme castillo rodeado por un pequeño jardín. Dejaron sus pertenencias y continuaron.

Numidia solo sacó de sus mochilas un pequeño papiro portátil y una pluma. La magia de Helmántica la había inspirado, necesitaba escribir un cuento. Andaba, escribía y observaba a su alrededor. Sería una historia corta, pero muy intensa, percibía que sería un gran relato. «Descubriendo Helmántica», pensó en titularlo.

La fila de estudiantes esquivaba a la multitud que transitaban las calles en sus tareas diarias. Numidia era tímida, su voz suave y débil, pero confiaba que no supusiera un problema para integrarse. Ya no sufría el miedo de estar lejos de su hogar y su familia. Sabía que había tomado la decisión correcta de estudiar su carrera en esta misteriosa y apasionante ciudad. Tenía la primera frase del cuento: «Helmántica es una dama a la que le huelen los pies…».

Clotilde paró. Les avisó que entrarían a la Plaza Mayor por un arco. Tras él, toda la comunidad universitaria aguardaba al alcalde. Los edificios del centro lucían más elaborados, con arquitecturas más cuidadas y sofisticadas. Doblaban o incluso triplicaban en altura a las viviendas del resto de la urbe.

Cruzaron la abertura que Clotilde les había advertido y Numidia tuvo que dejar de escribir. Sus ojos se abrieron, la belleza de aquella plaza la sorprendió. Soportales con arcos daban cobijo a un enorme jardín en forma de cuadrilátero que ocupaba el centro. Los árboles se fusionaban con las bellas fachadas doradas. De estas, cientos de ojos con forma de ventana vigilaban a todos los allí reunidos.

Clotilde explicó que recordaran el camino de vuelta a sus respectivos colegios mayores, quedaban libres de hacer lo que quisieran. Numidia pretendía acercarse al escenario situado en medio de la Plaza Mayor. La joven era frágil como un fuego expuesto a una ventisca, pero aprovechó su delgadez para introducirse entre el gentío.

Avanzaba escribiendo su cuento, faltaba poco para concluirlo. Un movimiento a la izquierda, otro a la derecha y alcanzó la tarima del escenario. Se había situado en primera fila. Giró la cabeza hacia atrás, contempló lo inmensa de la multitud que la bordeaba y prosiguió con su historia.

El final se le resistía, reflexionó unos segundos y listo, había encontrado un desenlace digno para una ciudad como aquella. Inclinó la cabeza hacia arriba y en ese instante alguien subía a la tarima. Andaba rodeado por cinco guardias fuertemente armados con espadas largas y escudos robustos.

Todos irrumpieron en aplausos, debía ser el alcalde. Cuatro de los guardias se colocaron en los extremos del escenario y el último se situó justo detrás del alcalde. Levantó una mano y el público enmudeció.

– Por fin ha llegado el día. Sois la primera generación de estudiantes que volverá a la universidad desde que la “Edad Oscura” esclavizó a Helmántica. La felicidad que inunda mi corazón es enorme —paró unos segundos—. Perdonadme, olvidé presentarme. Soy el alcalde de Helmántica, Jesús Sevilla, el primero de la “Edad de la Cultura”. Solo dos años llevamos disfrutando de la libertad que tanto nos costó conseguir tras 40 años de tiranía. Pero la lucha incansable de aquellos valientes que dieron su vida por los demás nos entregó un regalo que no debemos desperdiciar. Hoy Helmántica es feliz y próspera, pero en nuestras manos está que continúe así. Los oscuros siguen acechando detrás de las protecciones que salvaguardan la ciudad, estamos en constante alerta. Cuando llegué a la alcaldía prometí cuidar de todos los helmánticos. Construí bibliotecas, el poder mágico de sus libros envuelve la ciudad en un escudo de energía que impide el paso de los monstruos que vigilan al otro lado. Pero estas bibliotecas por ahora tienen muy pocos volúmenes, por ello os necesitamos a los universitarios. Con los trabajos de investigación en vuestros respectivos campos, abarrotaréis los archivos y aumentaréis el poder del escudo.

Numidia estaba entusiasmada por escuchar la parte en que explicarían el modo de enseñar a los estudiantes usar su poder.

– Aquí aprenderéis a controlar vuestra magia. Cuando escribís un documento, vuestro cuerpo adquiere la magia de la cultura que habéis creado. Pero este poder apenas podía ser usado por sus dueños, hasta ahora. Los tres escritores legendarios crearon un objeto que permite canalizar la magia del portador, multiplicando su poder. Antes de morir los tres escritores legendarios, me instruyeron en este conocimiento y hoy vengo a entregároslo. Ese canalizador será vuestros “libros de la amistad”.

Lo que más anhelaba Numidia era ser capaz de usar la magia que dormía en su interior. A lo largo de su vida había compuesto decenas de cuentos y alguna novela. Podía percibir una energía infinita en su interior.

–  Cada aventura que viváis por Helmántica con vuestros amigos, este libro las escribirá. Cuanto más fuerte sean vuestras amistades, más poderosa será vuestra magia, no importa el número, sino la calidad. Pero si no queréis que desaparezcan las aventuras y amigos del libro, tendréis que buscar una nueva empresa con vuestros amigos una vez cada cinco años. Tiene un índice de amigos, otro de aventuras y de hechizos.

La multitud observaba en silencio.

– Pero debéis tener cuidado. Hay universitarios que son agentes de los oscuros e intentarán engañaros. Vuestras aventuras serán misiones para proteger Helmántica de nuestros enemigos, a cambio, os regalamos esta maravillosa arma que os permitirá leer siempre que gustéis, o necesitéis, los momentos maravillosos que vivisteis durante vuestra vida universitaria. Recordaréis a vuestros amigos siempre, pero será una amistad que tendréis que cuidar una vez mínimo cada cinco años, no os olvidéis.

El guardia a la espalda del alcalde desenfundó su espada y se abalanzó contra el alcalde. Jesús Sevilla volteó al escuchar las advertencias del público. Gracias a esto pudo esquivar el tajo, pero cayó del escenario al desplazarse. Colisionó contra el suelo y quedó frente a Numidia. No podía defenderse, el impacto le había dejado inmovilizado. Los otros guardias no llegarían para frenar al traidor.

El hombre saltó de la tarima con la espada en alto. Numidia, por instinto, levantó los brazos en dirección al traidor. Justo cuando atravesaría a Jesús con su arma, el aire vibró. Las manos de Numidia emitieron unas ondas que lanzó por los aires al guardia. Este impactó muchos metros al otro lado del escenario. Quedó inconsciente y fue arrestado.

–  Muchas gracias, ¿cómo te llamas? —quiso saber Jesús Sevilla.

Numidia, que era muy vergonzosa y sentía todos los ojos del público centrada en ella, dijo su nombre muy suave, casi inaudible.

– Vamos, habla más alto. ¿Eres capaz de usar esa cantidad de magia y no puedes hablar ahora? —preguntó levantándose y riendo el alcalde.

-Numidia —dijo simplemente.

– Te estoy enormemente agradecido, me has salvado la vida.

El público aplaudía a la tímida chica que empezaba a ponerse nerviosa. Si no fuese suficiente, el alcalde la invitó a subir la primera al escenario. Le temblaban las piernas, estaba a punto de desmallarse. Ambos subieron y se colocaron en medio de la tarima.

– Podríamos estar ante una prodigio. Ha sido capaz de lanzar un hechizo sin tener aún su libro de la amistad —habló para toda la plaza—. Aquí tienes joven —le entregó su tomo.

Numidia bajó del escenario envuelta en gritos de alabanza. El libro tenía un acabado exquisito. Lo abrió y observó el índice. Se sorprendió cuando vio que ya había escrita una historia y en la sección de “Amigos” aparecía un nombre: Jesús Sevilla.

David García – Cervigón Romero de Ávila

 

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