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Cultura

Tragedia en Helmántica

Cuentos de Verano: Primero 'Descubrimos Helmántica' y ahora hay una 'Tragedia en Helmántica': ¿Realidad? ¿Ficción?... Entretenimiento

Descubriendo Helmántica 

Varios cadáveres esparcidos por la calle dejaban un rastro que conducía a la casa que tenían delante. Los llantos de una niña sonaban en su interior, apenas sofocados por el estruendo de la tormenta. Numidia y Marta abrieron la puerta de madera con cuidado. La voz procedía de una habitación al fondo. Ambas se miraron, dudaban. Asintieron a la vez y entraron.

Avanzaron por el pasillo, no había luz y no querían conjurar un hechizo de iluminación, revelarían su posición y desconocían si un enemigo les aguardaba escondido. Solo un pequeño reflejo de sus mochilas metálicas lucía. En el interior reposaban los libros de la amistad de cada una. Más que una mochila era un escudo para los tomos, protegería sus páginas en un hipotético combate.

En el cuarto del final descubrieron la procedencia del alboroto, venían de un muñeco de porcelana colocado sobre una silla. Entendieron el engaño, había sido un encantamiento de distracción. En ese instante la puerta del edificio se cerró y una voz masculina conjuró un hechizo desde el exterior.

– Corre Marta, hay que salir ya —vociferó Numidia.

La entrada y ventanas de la vivienda estaban bloqueada.

– Quien nos atrajo hasta aquí nos ha encerrado. Hemos caído en su trampa, somos unas ilusas – lamentó Marta.

– Marcos está solo en la biblioteca ahora – musitó Numidia.

Intentaron varios conjuros, pero eran novatas, la magia que las retenía las superaba ampliamente. Sacaron un pequeño y cilíndrico palantir de cristal. Intentaron establecer comunicaciones con algún superior, pero la señal no funcionaba, quien les había encerrado debía ser el responsable. Solo podían esperar que alguien las rescatase, pero para entonces la aventura habría fracasado y su amigo corría grave peligro.

Poco rato después unos pasos sonaron en la calle. Tres voces al unísono hablaron y un estallido impactó el edificio. La puerta se abrió. Tres universitarios mayores que ellas las miraban desde el umbral, cada uno con su mochila protectora del libro de la amistad.

– ¿Qué son esos gritos, hay una niña herida?- preguntó el que parecía el jefe del grupo -. Estábamos en una aventura cerca y nos desviamos al escuchar los llantos.

– Era una trampa, no hay nadie en peligro, salvo nosotros – respondió Numidia -. ¿Cómo levantasteis el hechizo?

– Os recluyeron desde fuera, por lo que solo desde el exterior se podía destruir. Tenéis que estudiar todavía mucho, novatas – dijo la única chica del otro equipo.

Numidia y Marta salieron a la calle. La lluvia rebotaba en sus capuchas.

– ¿Por qué estáis vosotras aquí? – inquirió el mismo chico.

– El escudo mágico ha fallado en esta zona, un estudiante infiltrado ha destruido libros de la biblioteca de este barrio. Todo el sector es vulnerable a una incursión. Nos han encargado llevar libros de emergencia a la biblioteca, reactivará la protección -explicó Marta.

– Y el tercer miembro de vuestro grupo, ¿dónde está?

– Nos separamos. Él fue a la biblioteca, nosotras vinimos por los llantos -respondió Numidia.

– No debisteis dividiros. Se nota que sois novatas – dijo el chico que no había hablado hasta entonces -. Por cierto, soy Carlos. El que se cree el líder es Miguel – dijo con ironía -, y ella es Lucía.

– Numidia, ella es Marta. Dejemos las presentaciones, salvemos este barrio antes de que una criatura descubra el fallo en el escudo – advirtió.

Los cinco estudiantes corrieron a buscar a Marcos. Ningún helmántico circulaba por las calles, se escondían en sus hogares, temerosos de que algo cruzara la frontera de la ciudad.

Atravesaron cuatro calles cuando encontraron el primer cuerpo fundido con el barro. Otro más a pocos metros. Levantaron la mirada y descubrieron una hilera de asesinados.

– Las heridas de estas personas no son consecuencia de la magia – exclamó horrorizada Lucía -. ¡Están deformados!

– Esta aventura supera nuestro nivel, tenemos que pedir ayuda, alguna bestia ha debido entrar. Sacad un palantir y llamad a algún profesor – ordenó Miguel.

– No podemos hablar a través del palantir, algo interfiere la señal – replicó Numidia.

– Escapemos y busquemos gente en la universidad, si solucionamos este problema nosotros, moriremos – bramó horrorizado Miguel.

Numidia y Marta recriminaron a los tres estudiantes mayores. No iban a abandonar a su amigo.

– Hay que saber cuando rehusar una aventura, novatas – gritó Lucía.

– Es nuestro amigo, jamás lo dejaremos morir – insistió Numidia-. Seremos novatas, pero no unas cobardes como vosotros – giró su cuerpo y avanzó por el camino que conducía a la biblioteca. Marta la siguió.

Los tres veteranos quedaron avergonzados, pero más intimidados por lo que pudiesen encontrar delante.

– Correremos al barrio del centro, enviaremos ayuda – gritó Miguel en plena huida.

Más cuerpos surgían a medida que se acercaban al objetivo. Presentaban mordiscos extraños. Los pobres helmánticos del barrio de La Prosperidad habían sido masacrados.

Vislumbraron el edificio al fondo de la calle. Un rugido inundó el lugar. Las dos chicas adoptaron posición de combate, lucharían contra lo que apareciese. Las dos puertas amarillas de la biblioteca se abrieron. Una bestia hizo acto de presencia. Del interior de su cara partida, unos tentáculos bailaban. Medía tres metros, finas patas y unos brazos musculosos terminados en dedos. Sufría al andar.

Numidia no concedería ningún segundo de ventaja a su rival. Invocó un hechizo de ataque y levantó sus brazos, apuntó a la criatura. Una luz verde colisionó contra la cabeza del monstruo. No hizo el menor gesto de dolor. Marta imitó a su amiga, pero su hechizo tampoco surgió efecto.

Era el turno de la bestia. Encorvó la espalda y de lo que debía ser la boca escupió una baba rojiza. Numidia invocó un escudo para ella y Marta. La protección no resistió el impacto, pero frenó parte del líquido. Unas gotas rozaron a Marta que se tiró al suelo del dolor.

– Nos matará, no somos rivales para esa cosa – gimió. Se había manchado con el barro formado por la intensa lluvia que no había cesado en toda la noche. Se levantó y vio como la bestia se aproximaba.

La cosa olía a vegetación quemada y ceniza. Podían percibirlo incluso a la distancia que les separaba. En cada paso salpicaba barro, manchando las paredes de los edificios alrededor.

– ¡Refugiaos en mi casa! – llamó una anciana desde una vivienda a escasos metros de las estudiantes.

Numidia sujetó a la herida Marta por el hombro y la arrastró hasta la entrada del hogar.

– Vamos, rápido, antes de que os alcance – animó la anciana. La cosa había comenzado a correr cuando vio que escapaban

– Numi, lanza un hechizo de cierre al edificio – sugirió Marta con voz débil.

Numidia obedeció. Invocó un conjuro de cierre de puertas y ventanas. Nada podría entrar. El monstruo envistió la vivienda, pero esta no sufrió ningún daño. Soltó un rugido de frustración.

Colocó a Marta en una silla del recibidor.

– Que pena que estudies Leyenda y Testimonio en vez de Sanación. Me vendría genial un curandero – masculló Marta mirándose el brazo herido.

– Conozco algún hechizo de curación, tendrás que conformarte con eso – asió suavemente el brazo magullado y pronunció unas palabras.

El brazo no se curó, pero el aspecto era visiblemente mejor. Marta podía moverlo.

– ¿Sois compañeras de este chico? – preguntó la anciana señalando el interior de una de las habitaciones.

Numidia se acercó rápido. Sabía a quién encontraría. Allí estaba Marcos, yacía en una cama.

– Numi, tenéis que levantar el escudo, más monstruos entrarán en breve —dijo Marcos -. Conseguí traer los libros hasta aquí. Después protegí la casa con un hechizo. La bestia buscaba los volúmenes, creo que alguien lo controla.

Numidia observó a su amigo. Sus lesiones eran muy graves.

– Marcos, siento haberte dejado solo, pensé que era lo correcto – dijo Numidia entre lágrimas -. Nosotras solucionaremos este problema.

– No os preocupéis por mí ahora, hay que salvar a la gente de este barrio – la voz de Marcos era débil-. Cuando regreséis tengo que decirte algo, pero primero cumplid la misión, no quiero distraerte.

– Volveremos a por ti, te llevaremos a un hospital cuando esto haya terminado.

Marta atendió también a su amigo. Numidia inclinó la cabeza señalándole que debían marcharse. Ambas abandonaron el cuarto de su compañero, la chica de tez morena agarró el saco de los libros apoyándolo sobre su espalda.

– Tengo una idea. Señora – se giró hacia la anciana -, ¿tiene libros?

– Tengo unos pocos, pero son de mala calidad. ¿Por qué?

– No importa, métalos en algún saco y tráigamelos. Dese prisa, por favor – pidió Numidia.

La señora volvió poco después con unos ocho volúmenes dentro de una mochila de cuero.

– Marta, correrás en la dirección opuesta a la biblioteca. Creo que el infiltrado controla a la bestia. Intentará que cerremos el escudo. Te perseguirá unos metros – la cara de Marta se arrugó de terror -. No te preocupes, me darás el suficiente tiempo para que yo corra a la biblioteca con los volúmenes de emergencia. Cuando el infiltrado descubra que soy el verdadero peligro, dejará de perseguirte.

– Si no funciona tu plan moriré, pero si resulta efectivo te verás tú sola contra el monstruo. ¿Te sacrificarás? Debes pensártelo mejor.

– Confío en que los refuerzos lleguen pronto gracias a esos cobardes. Tú corre, no mires atrás. No podemos dejar este barrio sin escudo más tiempo, podría suceder una catástrofe mayor.

– De acuerdo – respondió Marta.

El monstruo se había escondido, podían salir. Numidia quitó el hechizo que protegía la casa. Marta corrió con los libros cargados sobre su espalda. No dio cinco pasos cuando la criatura se abalanzó sobre ella. Numidia esperó, necesitaba más distancia.

Les separaban unos veinte metros, agarró el saco y salió disparada a la biblioteca. La bestia descubrió que era engañada y cambió de dirección.

Abrió las enormes puertas amarillas. La biblioteca estaba vacía, habían quemado todos los volúmenes en una hoguera allí mismo. Al entrar con los libros, el escudo se reactivó. La bestia respondió con un rugido desesperado. Numidia buscó una habitación donde esconderse, miró en derredor y descubrió una estancia con unas puertas metálicas. Aquello serviría.

Accedió a la sala y cerró la entrada con un hechizo, aquella barrera metálica impediría avanzar al monstruo. No se equivocó. Las embestidas al otro lado no consiguieron tirar abajo las puertas. Solo tenía que esperar a que llegasen los refuerzos.

Una hora después unos estruendos irrumpieron en el edificio. El apoyo había llegado. No quiso abrir la puerta todavía, prefirió dejar el trabajo a otros. Cuando el ruido finalizó, unas voces sonaron.

– ¿Hay alguien ahí?

Numidia anuló el hechizo y salió. El asqueroso monstruo yacía esparcido sobre el piso. Aclaró la situación con sus rescatadores y se dirigió rápido a la casa de la anciana, temía que fuese demasiado tarde.

– Numi, ¿lo has conseguido?

– Sí, La Prosperidad vuelve a estar segura. ¿Qué es lo que querías decirme?

Marcos tosió, sufría con solo respirar.

– Los libros de la amistad que cargamos en nuestras espaldas durante las aventuras nos une, aunque muramos. Siempre que me añores podrás leer las aventuras que vivimos juntos. Puedes encontrarme entre esas páginas cuando me necesites.

– No hables así, te llevaremos al hospital, los médicos están en camino – abrazaba a Marcos. Las lágrimas mojaban el rostro de su compañero.

– Numi, nos encasillaron como amigos desde el primer día de Universidad, pasamos a formar equipo con Marta. Pero hubiese querido algo más – Marcos usó las pocas fuerzas que le quedaban para levantar su cabeza. Sus labios se entrelazaron con los de Numidia -. Allá donde viaje en mi muerte no olvidaré tu piel oscura y tus ojos castaños.

Aquel día Numidia perdió un amigo, o tal vez algo más.

Por: David García – Cervigón Romero de Ávila.

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