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Éxodo juvenil salmantino

A medida que la gotera de los años va calando la techumbre, cada vez importa menos que se emborrachen de humedad los muebles y todos sus abalorios. Lo importante es disfrutar viendo tras los cristales cómo la vida sigue con pulso imparable sus ciclos, enmarcando como don principal a quienes tienen la gran suerte de ser besados por la incombustible juventud.

Pero al atardecer de cualquier domingo, el drama de esta ciudad toma forma en esa fuga de chavales que, ante la ponzoña del paro, huyen en estampida hacia otras tierras. El rápido de Madrid (antiguo lenguaje ferroviario) rebosa de jóvenes que se despiden de esta ciudad que un día los formó, para dar el fruto en otros lugares que aprendieron a pisar las uvas ajenas.

No viene de ahora esta sangría juvenil que padecemos y que se alza como uno de los grandes problemas de estas latitudes tan proclives a justificar, con la hostelería y el ambiente universitario, los espacios económico sociales que mueven el cotarro. Ya conocimos y sufrimos, en los años memorables y cacareados por los ilustres zampabollos de la dictadura, cómo emigraban en aluviones muchos compatriotas nuestros hacia otros países. Aquí vivía bien el que vivía, pero bajo cuerda y en silencio los trenes, más allá de Hendaya, iban cargados de gentíos que solo buscaban el pan de sus familias.

Más que con rabia, recuerdo con ternura aquel montón de mujeres que en mi barrio sacaban en soledad a sus hijos adelante, mientras sus hombres (así los llamaban) malvivían por Europa para mandar el parné a los suyos. Mujeres que soñaban solo con reencontrarse con sus maridos en aquellas cortas vacaciones, en que, bajo una fugaz alegría, se disfrazaba el dolor de la tragedia.

Sí, el cáncer económico de esta tierra viene de muy lejos, atizado por arcaicas costumbres que fraguaron, en el fondo de la piel de estos surcos, el encogimiento de hombros y la aceptación con pasmosa mansedumbre de un destino machaconamente conformista.

Pero llegó la democracia y con ella las promesas estilo tómbola de la tía serenata, para seguir descubriendo que por estos lares nos vamos quedando, en el jardín de la plazuela, los afiliados al sector que agrupa los servicios, mientras nuestros jóvenes más preparados se las piran, buscando lo que les pertenece en otras latitudes.

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