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Opinión

López Pinto y los niños con cáncer

 

Le conocí en 2003, cuando dirigía Televisión Salamanca. Nuestra Semana Santa acaba de ser declarada de interés internacional y quien suscribe algo tuvo que ver con ello. Por eso me quería en la tele como comentarista. Fueron unos años muy bonitos junto a Ana Hernández, que ahora está en USAL TV. La integración de la televisión local en la red autonómica supuso cambios y Juan Carlos López Pinto tuvo que dejarla para fundar, al poco, un medio informativo digital. Y con él, también con César García (qué buenas entrevistas hacía en la radio), estuve colaborando en los inicios. Lo dejé por alguna discrepancia en la forma de llevar la sección y, contrariamente a lo que suele suceder en estos casos, Juan Carlos nunca me guardó rencor. Conmigo siempre se portó muy bien.

Después llegó el percance que le apartó del periodismo activo. El exceso de trabajo cobró su factura y la vida, cruel y generosa a la vez, le regaló una segunda oportunidad. Entre esto y el aislamiento y limitaciones de estos dos años de pandemia, apenas había vuelto a saber de él. Hasta que por una de esas casualidades que el destino juega, a principios de curso me hace llegar sus recuerdos a través de una alumna de 4º ESO. Sandra se ha convertido desde entonces en una especie de correo para nuestros mensajes e intercambios y, por medio de ella me ha hecho llegar sus últimas publicaciones, con una dedicatoria preciosa. Y en cascada han ido cayendo los recuerdos y emociones de aquellos años…

Juan Carlos ha dado mucho al periodismo de nuestra ciudad. Muy exigente con los suyos, pero también cuidadoso en el detalle, al final afloraba siempre esa forma de ser tan entrañable que hacía imposible mandarle a paseo. Quizás fuera la sensibilidad del poeta que llevaba dentro y eclosionó editorialmente en 2013, con El cielo de las libélulas. Con poquitas palabras, sencillas, amables, sentidas, profundamente humanas, López Pinto abría su corazón y dejaba entrever que tras la coraza de estricto director latía un corazón enorme.

Su último libro, La luz del relámpago, presentado hace solo unos días, deja rebosar todo lo anterior. Juan Carlos López es ahora un activista de la solidaridad. En ese nunca doblegarse que le caracteriza, se ha propuesto sensibilizar y apoyar a las asociaciones que hacen más llevadera y esperanzada la situación de las personas y familias desgarradas por la enfermedad.  Aguamarina y filigrana, publicado el año pasado, fue un poemario solidario para apoyar a los afectados por el daño cerebral. Ahora, La luz del relámpago, nace como un proyecto que pretende recabar fondos para Pyfano, la asociación que tanto ayuda a los niños con cáncer. De ello damos fe, porque lo hemos comprobado con alumnos que pasaron por ese trance. El autor acentúa ahora su capacidad síntesis y opta por el haiku libre, a modo de relámpago, para reflexionar sobre este asunto que causa tanto miedo a nuestra sociedad. Con ternura, sin cebarse en el sufrimiento, con mucho amor y esperanza. Pocas palabras y muchas imágenes, las bellísimas acuarelas de Raquel González, con la que comparte autoría. Extraordinarias.

Termino, es obligado, con sus palabras. «Al final del día. Recuerda tú / a este yo a quien le duelen / los pétalos caídos». Claro que lo recordamos.

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