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Opinión

Una pregunta retórica

Una pregunta retórica es aquella que se plantea con fingida ingenuidad, pues todo el mundo, incluido el que pregunta, está al cabo de la respuesta.

Fingir desconocimiento, al plantear una cuestión, sería así un instrumento retórico para subrayar lo obvio y conocido de la respuesta.

¿Con qué fin? Pues para hacer visible y traer al consciente colectivo, tan distraído de suyo por el subconsciente publicitario, una «anomalía normalizada”, por ejemplo. O sea, es una pregunta que se lanza no para alcanzar una verdad, sino para invitar a la reflexión sobre esa verdad, de sobra conocida.

Y es que las «anomalías normalizadas» son de las peores y más tóxicas anomalías que un pueblo o individuo pueden sufrir y arrastrar. Porque, efectivamente, una anomalía normalizada no se normaliza nunca sino que se arrastra hasta que se resuelva su anormalidad.

Todo esto nos recuerda los fundamentos y el modus operandi del psicoanálisis que también intenta traer a la superficie, para curar las neurosis, lo que está oculto, irritando y dañando la salud del alma y la del cuerpo.

Es algo así como orear para curar, en contraposición a ocultar y tapar para seguir enfermo.

Es sabido que nuestro país padece, y desde hace tiempo, una enfermedad grave que va camino de convertirse en incurable y letal, por tapada primero y consentida después: la corrupción.

Mayormente institucional, con sus potentes conexiones con las mafias económicas del capitalismo desregulado. Corrupción que por lo que vamos viendo no se detiene ni siquiera en los momentos de crisis colectivas más severas, como fue la estafa financiera de 2008 (con su austericidio anexo) o la pandemia de COVID.

Ante estas crisis, de magnitud descomunal, que han definido y quebrado de manera decisiva la Historia reciente para muchos años, nuestros corruptos institucionales y sus allegados seguían a lo suyo, lo único que saben hacer: robar todo el dinero público que pudiesen y la inopia colectiva les consintiera.

Si el psicoanálisis intenta sacar a la luz la ponzoña que desde lo profundo daña el organismo, mediante herramientas tan llamativas como la interpretación de los sueños y los lapsus lingüísticos, la opinión responsable y preocupada intenta en ocasiones hacer lo propio mediante preguntas retóricas que ayuden a espabilar la modorra y desenmascarar el mal.

¿Un ejemplo de «anomalía normalizada»?

El capitalismo «liberal» (o iliberal) del PP es en gran medida un capitalismo de primos y amiguetes, o sea casposo, más próximo a la Camorra italiana que al emprendimiento heroico

Verbigracia la impunidad de nuestra jefatura del Estado, constituida (mal que nos pese) en santo y seña de nuestro país ante el mundo, mientras no se resuelva. Somos esa democracia (defectuosa) donde el jefe del Estado es impune a todos los efectos.

Y esta es -a nadie se le oculta- de esas anomalías graves capaces de echar a perder, con su tóxico continuado y profundo, hasta una salud de hierro, cuanto más aquellas que nunca estuvieron muy allá por un defecto de higiene y buena nutrición durante su etapa de crecimiento y maduración.

¿Un ejemplo de «pregunta retórica»?

Verbigracia esta:

¿Alguien sabe por qué al PP le llaman «el partido más corrupto de Europa»?

Todo el mundo sabe la respuesta, pero ¿alguien va a tener paciencia para desplegar la ristra de motivos que llevaron a esa conclusión, o siquiera de enumerar la infinidad de chanchullos en que nuestro dinero público (el dinero de todos) pasó a las manos particulares y muy poco limpias de los ladrones de Génova?

Y desde luego lo que no procede es responder a esa pregunta retórica de la siguiente forma: al PP le llaman «el partido más corrupto de Europa» porque es el partido que defiende en nuestro país (o eso dice) los valores tradicionales y cristianos.

Aunque tal respuesta, no cabe duda, subraya lo chusco de los hechos.

A una pregunta retórica no se le puede dar una respuesta absurda, por muy fundamentada que esté en la realidad. Es preferible el silencio (y eso es lo que busca), mucho más elocuente.

Salvo que consideremos incluidos en esos valores «tradicionales y cristianos» el derecho de pernada y el robo descarado y continuado del dinero ajeno a manos de señoritos y marqueses (o duques). Que según de qué «tradiciones» hablemos, hasta es posible.

Y es que el capitalismo «liberal» (o iliberal) del PP es en gran medida un capitalismo de primos y amiguetes, o sea casposo, más próximo a la Camorra italiana (en acertada comparativa de Iñigo Domínguez en El País) que al emprendimiento heroico.

Capitalismo cutre que hace buenas migas con su falso liberalismo.

No hay más que ver, entre otras cosas, con quién pacta: VOX y Abascal, o sea los amigos de Putin y enemigos de Europa.

Quizás por eso Almeida no es sólo un alcalde sino sobre todo un primo disponible para según qué asuntos. Y lo de primo entiéndase como se quiera.

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