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Opinión

Historia de una fotografía que solo existió en mi imaginación

Hay sobre el río Tormes siete puentes a su paso por Salamanca. Este relato nos sitúa entre el puente Enrique Estevan y el puente Romano que custodian la icónica estampa de la catedral de salmantina reflejada sobre las aguas del río.

Una mañana en mayo de 2015, decidí acercarme al puente Romano con intención de realizar unas fotografías del río Tormes a ras del agua, con el puente Enrique Estevan en el horizonte. Para hacer el reportaje, tuve que llegar hasta la presa del viejo molino, donde rebosa lentamente el agua del río en su descenso.

La composición fotográfica era realmente sencilla, podía jugar en un primer plano con los juncos o algún pato que se prestase a posar, y también con la neblina que empezaba a levantarse perezosamente sobre el agua y que me ayudó a dar un toque bucólico a las imágenes, algo que no esperaba.

Al llegar a casa, vi que al reportaje le faltaba algo que marcase la diferencia, no supe o no pude encontrar la excepcionalidad, pero di por buena la experiencia. Sabiendo dónde y cómo hacerlo, solo había que esperar otra ocasión, al menos eso pensé hace siete años.

Este pasado Julio, se anunció el espectáculo “Le Piano du Lac” junto al embarcadero del puente Enrique Estevan. Consistía en un piano anclado a una plataforma de madera flotando en el río, con una pianista y una bailarina interpretando piezas clásicas.  Se podría ver durante dos días consecutivos, decidí acudir el primer día.

Bajé al embarcadero y al mirar hacia arriba, vi el puente Enrique Estevan abarrotado con decenas de personas asomándose al río observando el espectáculo desde lo más alto, entonces me percaté de que esta estampa, hecha desde la presa, podía ser el detalle excepcional que había necesitado siete años atrás.

Decidí regresar al día siguiente media hora antes de que comenzase la última función. Confiado en que volvería a llenarse de público la barandilla del Enrique Estevan, bajé directo al puente Romano con el mismo propósito de antaño y con la decisión de apuntalar un trabajo que había quedado en stand by.

Enfilé el camino de la presa convencido de conseguir una gran fotografía. Era tanta la ilusión que al llegar me vi obligado a pisar un gran charco y hundir los pies hasta el fango para poder subir a la zona del dique, merecía la pena embadurnarme en este barro tan rejuvenecedor como la afición a la fotografía.

Ascendí hasta la mitad del dique y asomé la cabeza por encima del río buscando entre los juncos en el horizonte un puente repleto de personas asomando la cabeza de orilla a orilla. Pronto me di cuenta que todo había cambiado, la presa había sido rehabilitada años atrás, los juncos habían crecido por doquier y el segundo día el espectáculo no tenía tanta expectación. Nada era como había imaginado.

De repente el peso de los siete años se echó sobre mi espalda, descendí torpemente la corta pendiente del dique que había subido sin mirar, volví a cruzar la zona encharcada que me pareció interminable, recorrí a la inversa el camino de la ilusión y busqué un banco para descalzarme y secarme los pies antes de volver a casa, sentado con los pies descalzos sobre la hierba pensé: “Siete años no son nada cuando te mueve la ilusión”.

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