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Opinión

Las llaves de Santa Isabel

La vida contemplativa no atraviesa su mejor momento. En poco tiempo, por falta de vocaciones, en Salamanca han cerrado Santa Clara, Úrsulas, Vera Cruz, Bernardas y Oblatas. Cada comunidad que se va supone una pérdida irrecuperable, porque aunque las piedras y el arte continúen, un convento sin monjas se desnaturaliza por completo.

La espiritualidad también forma parte de nuestra historia y patrimonio. La Vera Cruz ya no es lo mismo sin sus monjitas vestidas de blanco, inmortalizadas para siempre en los recordados versos de Antonio Colinas, con «la dama blanca / envuelta en manso fuego no visible», con la mirada y el alma «en la custodia el círculo del círculo, / el infinito centro de lo blanco». No es lo mismo ver desfilar al Cristo del Perdón cuando sabes que no le esperan las monjas cistercienses. Entristece entrar en Santa Úrsula y no sentir el candor de las hermanas clarisas invitándote a ver el museo. Hiere la frialdad que desprende Santa Clara, antiquísimo monasterio Real, convertido en depósito de arte, sin nadie que rece ante sus imágenes desacralizadas. Son espacios vaciados de su esencia.

El programa municipal Las llaves de la ciudad ha incluido este año el Convento de Santa Isabel. Por mor del destino y a instancias de su abadesa, la incombustible bilbaína sor Aurora Arregui, allí nos hemos reencontrado con la comunidad franciscana, mermada, pero firme en la preservación de la vida de clausura. Les ha costado aceptar, y es comprensible, porque estas visitas que tanto aportan a la ciudad, no dejan de ser una intromisión en casa ajena, perturbadora además de la tranquilidad inherente a la vida contemplativa. Pero merece la pena que todas las semanas un grupo reducido de salmantinos puedan conocer este espacio recoleto, ignoto para la gran mayoría.

El trabajo de la Concejalía de Turismo, desde 2008 es en su conjunto fabuloso, una idea afortunada que cada año las llaves abran espacios de la ciudad hasta entonces cerrados o apenas conocidos. Silvia, la ejecutora en la trastienda del invento, tiene las ideas muy claras y maquina ya la próxima edición con ideas novedosas. Pero yo de momento sigo quedándome con las clarisas de Santa Isabel y las visitas de estos viernes otoñales que introduce Ana Alonso, o doña Constanza, que empiezo a no saber separar la persona del personaje.

Es un tiempo de regreso al XVI con remembranzas de la boda más sonada que por siempre conoció Salamanca. Casaban, ni más ni menos, Felipe, príncipe heredero de España e hijo del Emperador, y la infanta María Manuela de Portugal. La familia Solís, anfitriona del evento, había dotado cien años atrás al convento de Santa Isabel, para convertirlo en panteón. De ahí el afán del Ayuntamiento, empeñado este año en recordar el siglo XVI, por abrir con las llaves el monasterio franciscano, un buen ejemplo del tardogótico conventual, con autores de prestigio como Dello Delli, Bernardo Pérez de Robles o Miguel Martínez. Pero con algo muy importante, lo que más, las monjitas en el coro que recuerdan a esta sociedad, tan apresurada, que siguen existiendo espacios donde el tiempo se detiene para encontrar a Dios en medio del silencio y la oración.

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