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Opinión

El gran dictador

Los ultras cortan la A-6 junto a La Moncloa, este domingo.

Como saben, en nuestro país cada vez pasan cosas más raras en el contexto de lo que claramente es una campaña de agitación coordinada y teledirigida contra la posibilidad de un gobierno progresista salido de las urnas y con plena legitimidad democrática. Hay quien ha llamado a esta operación en marcha un golpe de Estado «blando».

Ahora que se habla tanto en nuestro país de «dictadura», banalizando el término, y hasta los apologetas de Franco (que debió ser un demócrata de libro), nos advierten contra ese peligro ¡Qué cosas!, me he tomado la libertad gozosa de volver a ver «El gran dictador» de Charlie Chaplin, película de 1940, más o menos cuando en nuestro país se inició una dictadura -esta sí de verdad- que duró 40 años encarcelando españoles, fusilando, y prohibiendo todo lo que no se ajustase al canon fascista y nacional-católico.

La película de Chaplin (su primera película hablada) narra las peripecias de un barbero judío en los años del ascenso y el triunfo del nazismo, régimen que además de masacrar judíos en un intento de genocidio total, fue fundamental en la ayuda a nuestra dictadura en ciernes. Ayuda que entre los regímenes fascistas de aquel tiempo no solo fue mutua sino muy eficaz, al menos hasta que dos de ellos: el nazismo y el fascismo italiano se hundieron en el desastre.

La historia de nuestra particular condena a soportar 40 años más de fascismo y dictadura, ya la conocen.

«El 15 de octubre de 1940 los estadounidenses asisten a un hito sin precedentes: ¡Charlot habla! Y lo que es aún más increíble, su gesto es serio. El célebre y querido cómico Charles Chaplin estrena su filme más ambicioso, El gran dictador», escribe Teresa Amiguet en un articulo de La Vanguardia de 29-04-2016.

Y ciertamente el núcleo de la historia que en esa película se narra no solo es serio sino trágico: el ascenso del nazismo y el fascismo en Europa, y la normalización de sus crímenes, que tuvieron en la población judía una de sus víctimas propiciatorias, aunque también sufrieron persecución otras etnias, y por supuesto las distintas alternativas políticas que podían hacer sombra al dictador.

Y sin embargo sobre ese fondo trágico, del barbero judío surge en algunos momentos Charlot, que con sus peripecias y cabriolas hilarantes, nos conduce como tantas veces a la risa incontenible y la carcajada liberadora.

Hacen más por la libertad esas risas que los falsos discursos del neoliberalismo sobre su falsa libertad.

Por supuesto la mofa del dictador y de su ideología es de una agudeza certera y afilada. La danza del dictador con el globo terráqueo flotante y el fondo musical de Wagner, no tiene desperdicio.

En nuestro país hubo que esperar a la muerte de nuestro «gran dictador» particular, Franco, para que se pudiera estrenar esta película. Lógicamente Franco sabía que esa película le retrataba.

Al parecer la película de Chaplin, cuando se estrenó en USA, no gustó a todos y causó algo de escándalo.

Los estadounidenses todavía no se habían comprometido claramente contra el fascismo que asolaba Europa, y a favor de la libertad y la democracia.

Se supone que como ahora ocurre frecuentemente en otros casos similares, y como ocurrió entonces con la República española, esa falta de decisión y de compromiso fue motivada por razones geoestratégicas de un egoísmo y una ramplonería que al final resultaron fatales. Fatales y letales para la libertad y la democracia.

Ante el estreno en USA «La prensa estadounidense reacciona con inusitada violencia. El ataque más virulento procede de la cadena de periódicos del implacable magnate decididamente progermánico William Randolph Hearst», se lee en el artículo de La Vanguardia antes mencionado.

Sobre William Randolph Hearst, leemos también en otro artículo de Teresa Amiguet titulado «Ciudadano Hearst», lo siguiente:
«El todopoderoso magnate de la prensa norteamericana, gran manipulador de la opinión pública, se valió de la prensa amarilla para lograr sus objetivos. Su truculenta vida privada inspiraría ‘Ciudadano Kane'».

«El genio británico pasa a engrosar la lista negra de artistas vetados por Hollywood». Al parecer Charlot se había pasado de progre.

Como ocurrió que no mucho tiempo después Hitler declaró la guerra a USA, el panorama cambio completamente y de forma favorable para Chaplin. En USA le vieron las orejas al lobo fascista y actuaron en consecuencia.

Abascal, que está entre los más furibundos apologetas de Franco y que paradójicamente ahora nos advierte sobre la amenaza de una supuesta dictadura progre, quizás preparando el terreno para que sea aceptable la suya (que esa sí es creíble), ha llegado en su descontrol notorio en materia de bulos y manipulación de mentes lábiles a relacionar la agresión a Alejo Vidal-Cuadras con la amnistía y los socios del gobierno, cuando al parecer el propio agredido señaló enseguida a la policía que esa agresión puede estar relacionada con la financiación de VOX, un tanto rara, a partir de grupos iraníes que en su día fueron considerados terroristas por las potencias occidentales.

Esa rapidez del líder de la ultraderecha para endosar responsabilidades (no se paró dos segundos a pensar y el suceso le venía al pelo para agitar un poco más el ambiente), da la medida de su falta de escrúpulos y de lo que puede esperarse de él.

No debemos olvidar tampoco aquel wasap de exmilitares con participantes de Vox donde se recomendaba fusilar a 16 millones de españoles, niños incluidos, como si fuera la cosa más normal del mundo, y no los delirios acostumbrados de los partidarios de la dictadura.

De los lemas coreados estos días en el acoso a las sedes del PSOE, me quedo con este: «Yo soy nazi».

Cuando el rostro de Chaplin adquiere de verdad una seriedad profunda es justo antes de iniciar el famoso discurso final de «El gran dictador».

Dado que el fascismo con los mismos mensajes de siempre cobra actualidad, el espíritu humanista y de resistencia de ese discurso de Chaplin se renueva. Escuchen. No habla del pasado, habla de nuestro tiempo.

1 comentario en «El gran dictador»

  1. En España debemos estar ciegos para no ver lo que son y significan estos tarados retrógados y cavernícolas. Salamanca poco menos que presume de tener bastantes; un verdadera pena.

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