Cada vez hay más debate, público y privado, sobre la cuestión del edadismo y precisando más sobre este asunto en todo aquello que esto conlleva en cuanto a la brecha digital. Hay una parte de la sociedad que descarta a las personas en función de los años que reflejan sus DNI’s y hay otra parte de la ciudadanía que reconoce el valor de cada etapa de la vida, la edad es un simple número, sin embargo, la actitud lo es todo.
La cuestión de la edad no tiene que ser un punto de llegada, ni la tecnología un territorio exclusivo de la juventud, cada individuo puede seguir creciendo en los ‘dos mundos’, quizá esa es la mejor respuesta tanto para la exclusión digital como para el edadismo. La realidad de hoy en día es que muchas personas mayores se encuentran con serias barreras para acceder a servicios sanitarios, servicios bancarios o servicios administrativos que han migrado de forma integral a plataformas digitales.
El resultado de todo esto es una nueva exclusión que se suma, a la que ya sufren por sí, debido a la cuestión inherente de la edad. Y no se trata de una razón debida a la incapacidad o a la falta de inteligencia, se trata en la gran mayoría de los casos de falta de tiempo para adaptarse a los entornos que cambian a una velocidad sin precedentes, a la falta de formación accesible y a la falta de acompañamiento.
Además, resulta que a los prejuicios tradicionales del edadismo se ha sumado el de la brecha digital. La progresión tecnológica en los últimos decenios ha producido una fractura silenciosa entre las personas que se han quedado al margen de las herramientas digitales y entre las personas que dominan dichas herramientas, casi siempre esa fractura coincide con ‘la pila’, ‘la pila’ de años que vienen detalladas en guarismos en los DNI’s.
El lado hipócrita, socialmente hablando, una vez más está presente. Vivimos en una sociedad que hace apología de la inclusión, pero uno de los prejuicios más extendidos es el del edadismo. Abundando en esta fatalidad social, por paradójico que parezca, es transversal, afecta por doquier a todas las franjas de edad. No es en exclusiva una problemática que incida particularmente en las personas que envejecen, es una actitud que atraviesa a todas las generaciones. Y de forma más directa, en esta era digital, adquiere una dimensión nueva y peligrosamente urgente.
Para finalizar, un importante apunte, el edadismo actúa en dos direcciones: penaliza a la juventud, porque se les niegan responsabilidades y se le niegan sus criterios, se asume de forma traumatizante, por defecto, su inmadurez. Por otra parte, recae con una crueldad infinita en las personas mayores, como si la edad eliminara ipso facto en ellas la autonomía, la dignidad y la lucidez.