Opinión

La política y la calle

Una familia viendo la televisión. Imagen generada por IA.

En España la política no es un fino combate de esgrima sino una pelea de kickboxing que se libra, con todos los golpes y artimañas propios de la disciplina, en un Congreso de los Diputados trasformado en un ring. Desde los escaños y tribunas se transmite la pelea por los medios de comunicación y tertulias televisivas, pasando por los juzgados, representando un espectáculo teatral donde la verdad y la mentira se retuercen hasta volverse indistinguibles.

Un día cualquiera: ayer, hoy o mañana, el Congreso se despierta con el ruido de un nuevo enfrentamiento. Los medios filtran convenientemente documentos, audios, fotografías, nombres completos o iniciales, con historias que mayoritariamente son mentira, pero hace tiempo que en política la verdad no solo no es suficiente, sino que ha dejado de importar. Es mentira que el dato mate al relato.

–¡Es una mentira! — expone desde el atril de oradores el líder del partido del Gobierno, con gesto serio, sobrio, indignado. Su grupo aplaude, se pone en pie y corea su discurso, mientras la oposición grita, silba y golpea la bancada con furia impostada.

–¡Es una vergüenza! el Gobierno está podrido hasta la médula! — contesta el líder de la oposición, con una impostura digna de mejor causa, olvidando convenientemente que su partido protagoniza escándalos allá donde gobierna. No importa, sabe que en España la memoria política es corta y la hipocresía infinita.

Desde la tribuna de prensa los medios acreditados asisten al espectáculo. Los afines al Gobierno le confieren credibilidad absoluta; los rivales, en cambio, cargan las tintas en sentido contrario. ¡No importa de que se trate, importa de quien se trata! Algunos periodistas, convertidos en la voz de su amo, mienten con un sesgo descarado, siempre en el mismo sentido, sin ningún rubor: se puede presuponer su crónica antes de que la escriban.

En radio y televisión los tertulianos debaten mañana, tarde y noche. Van siempre más allá: los más utilizando una expresión oral torpe y poco estructurada, carente de un discurso articulado y fluido, pero tampoco importa. Si se trata de descalificar elevan el tono añadiendo gruesos adjetivos calificativos, disparando sus balas siempre en la misma dirección. Nadie se sale del guion que, quien los contrata y paga, espera de ellos.

En las redes sociales, la batalla es aún más encarnizada. Un ejército de perfiles anónimos, amplificados por bots, defienden a los suyos con uñas y dientes mientras que la otra mitad los ataca y exige dimisiones. Insultos, desinformación, rumores… No importa la verdad, importa más el bando: la guerra digital no se libra con hechos sino con emociones.

En unos pocos juzgados se concentran las querellas de origen político: algunas duermen en los cajones y se dilatan en el tiempo hasta que prescriben según convenga, otras se mantienen vivas multiplicando su eco mediático con filtraciones, ajustando el tiempo judicial al tiempo político. El resto calla.

Mientras tanto, en un pequeño piso de un barrio de la periferia de Madrid, una familia cena en silencio frente al televisor. Llevan meses esperando una consulta médica que nunca llega, tienen dificultades para conseguir para sus hijos un colegio público de calidad, pagan un alquiler que devora su sueldo y sienten la espada de Damocles sobre sus cabezas en forma de desahucio. Saben que, si un mes no logran pagar el alquiler, inmediatamente les llamarán inquiocupas y un fondo buitre tratará de echarles del piso donde viven y cuya renta pagan religiosamente desde hace muchos años. Se preguntan en qué momento la política dejó de tratar sobre los problemas reales de la gente y se convirtió en un espectáculo, en una obra teatral donde, aunque cambien los actores, siempre ganan los mismos: los poderosos.

El final está escrito. Terminan las noticias y, hasta que el sueño o el cansancio los venza, siguen pegados a la pantalla donde otra vez tertulianos bien pagados opinan de cualquier cosa, gesticulan, elevan la voz, interrumpen a otros contertulios, pontifican, mienten… sabiendo que sus palabras son gusanos digitales que agujerean y comen el cerebro de la audiencia.

A la mañana siguiente los problemas reales de la gente normal siguen intactos. Los políticos continúan con su representación teatral, los medios y los jueces a lo suyo y las redes sociales prosiguen con su circo. La gente madruga, apaga el despertador como puede, se levantan a regañadientes, desayunan mal, se visten rápidamente y cogen el metro camino del trabajo, apretujados entre sí como sardinas en lata, somnolientos; viajan juntos todos los días en un mismo trayecto, pero no se conocen, no se recuerdan, no se ven ni se hablan, solo escuchan a otros tertulianos en el móvil. La basura informativa es adictiva y como otras muchas drogas destruye el cerebro. La distopía ya está aquí.

Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario

@BarruecoMiguel.

3 comentarios en «La política y la calle»

  1. Cada día se puede creer menos en lo que nos cuentan cada día cuentan más mentiras incluso el telediario que debían de ser noticias contrastadas y verídicas yo creo que hasta a veces distorsionan la verdad y ya se está poniendo difícil distinguir una verdad entre tanta mentira

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  2. No sé puede escribir igual que lo que se critica: no todo es igual, no todos son iguales. Hay algunas diferencias. A esa familia si le afecta la subida del Salario mínimo, de 761€ (Rajoy) a 1.184€ con este gobierno; pensiones. No todo es igual. Las mentiras, insultos y bulos vienen del mismo lado casa ve que no gobierna la derecha .

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  3. estamos cansados de repetir que la derecha nos ahoga con sus bulos y cansados de que nos hablen de justicia pero dicen la verdad ?existe la justicia ¿no estoy seguro lo que si garantizo que un dia vi con mis propios ojos unas togas manifestandose en Salamanca cuando se lo contaba en las tertulias nadie se creia esto pero alguien muy astuto lo reflejo con la camara y no se puede negar esa es la justicia que financiamos todos?que en la declaracion de Hacienda la pongan OCCIONAL yo me retiro

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