Al cíclico fenómeno meteorológico que durante un tiempo conocimos como gota fría ahora lo llaman dana, acrónimo de depresión aislada en niveles altos, que al parecer se ideó en homenaje al meteorólogo Francisco García Dana.
En cualquier caso, la consecuencia, repetida a lo largo de la historia, son las precipitaciones muy intensas que provocan el aumento del caudal de los ríos y su desbordamiento.
Se conoce como gran riada de Valencia la que se produjo por el desbordamiento del río Turia en 1957, a raíz de la cual se modificó el curso del río para salvar a la ciudad. Hay constancia de inundaciones desde tiempos de los romanos, pero desde el año 1321 están documentados 25 episodios de esa naturaleza en la zona.
A pesar del refrán valenciano “a la vora del riu, no faces el niu”, el caserío de muchas localidades se levantó en su día a la orilla de ramblas y barrancos, y ha sido arrasado por la ausencia de obras de defensa en los trágicos sucesos del año 2024.
Las crecidas del Guadalquivir a su paso por Sevilla son también muy famosas y la ciudad se protegió durante siglos tras el recinto amurallado sellando las puertas hasta que el nivel del agua descendía. Mientras tanto, los arrabales extramuros como San Bernardo o el Arenal y Triana quedaban desprotegidos.
Suprimida la muralla hubo que buscar otras soluciones de protección a través de la ingeniería y de la modificación del cauce.
El río Nilo siempre se desbordó y fertilizó aquel valle egipcio en tiempos de los faraones, pero a la vez, la falta de regularidad de las crecidas provocó hambrunas unas veces y destrucción de poblaciones otras. Desde el siglo XX la presa de Asuán regula su caudal.
La gran riada de Salamanca ha pasado a la historia como la riada de San Policarpo, porque la terrible avenida se produjo un 26 de enero de 1626, festividad de San Policarpo en aquel entonces.
Ese día el Tormes salido de madre, se llevó por delante los ojos de la puente tal y como relatan las crónicas en alusión al puente romano. En el castellano de la época, puente aún era femenino. Recordemos el refrán: “En Salamanca los dones, el toro de la puente los quita y los pone”.
Tras su reconstrucción surgiría el actual puente, del que la mitad es romano y la mitad de la edad moderna aunque ya había sido reconstruido en la edad media y esa parte era conocida como la puente nueva.
El antiguo barrio conocido como Arrabal del Puente, sufrió desde antiguo las violentas crecidas del río Tormes. Pero en esta ocasión al Tormes se le unió el arroyo El Zurguén, el del poema de Melendez Valdés. Ya en el año 1422 el río había arrasado la iglesia de San Esteban Ultrapontem erigida en 1124, que era hogar de monjas benedictinas.
En 1626, el Hospital de leprosos de San Lázaro fundado en 1130 y ocupado por Agustinos recoletos quedó destruido igual que la ermita y hospital de Santa María de Roqueamador que atendía a los peregrinos del camino de Santiago.
La fuerza del agua hizo desaparecer también los restos de la Casa de la Mancebía que unos años antes había clausurado el rey por Real Pragmática aconsejado por los Jesuitas y quedó muy dañada la Iglesia Vieja de la Santísima Trinidad del Arrabal.
Aquel siglo XVII había comenzado gafado. En 1604 una plaga de langosta asoló los campos y dos años más tarde, las lluvias y desbordamientos del Tormes destruyeron las cosechas.
En 1610 se materializó la expulsión de los moriscos dejando muchas zonas despobladas.
En 1612 la cíclica y pertinaz sequía, diezmó el ganado.
Por aquellas fechas los tumultos de los estudiantes de la Universidad, unas veces de unos Colegios Mayores contra otros y otras entre ellos defendiendo su fuero universitario frente al Corregidor y el vecindario, sembraban de muertos y heridos las calles de la ciudad. Como dice Sor Águeda Rodríguez Cruz, no había cuchilladas ni refriegas en que los estudiantes no anduviesen mezclados. Las leyes universitarias les permitían tener una sola espada en su aposento, pero había quien tenía más armas que libros.
En enero de 1626 reinaba en España y Portugal el rey Felipe IV y gobernaba el Conde Duque de Olivares.
En Salamanca era Corregidor Don Manuel Pantoja y Alpuche, caballero de Calatrava cuya biografía recoge la Real Academia de la Historia.
Era Obispo el jurista Don Antonio Corrionero Ruano, natural de Babilafuente y sobrino del también muy ilustre Antonio Corrionero. Ambos están enterrados en la capilla de Nª Sª de la Verdad de la Catedral Nueva de Salamanca.
Precisamente por allí, cerca de Babilafuente de donde ambos eran naturales, el Tormes hizo grandes estragos arrasando las localidades de Encinas y Huerta.
Nos cuenta el cronista Villar y Macías que el río comenzó a crecer a las cinco de la tarde y a las ocho ya llegaba a las puertas de San Polo y dejó inhabitables el convento de los Trinitarios descalzos y Agustinas descalzas.
Hizo daño a los Premostratenses y a los Canónigos de Santa María de la Vega, del que procede la talla de la Virgen de la Vega patrona de Salamanca.
Asoló totalmente el Colegio de niñas huérfanas que estaba junto al convento de San Andrés al que también afectó. Entró en las parroquias de Santiago, San Lorenzo y la Veracruz y al Hospital de Santa María la Blanca le destrozó los altares.
El ímpetu del agua fue tal que a las diez de la noche sorprendió a los vecinos de improviso y se los llevó la corriente, a unos por intentar salvar sus haciendas y a otros porque se les caían las casas encima y les daban sepultura en tierra y agua, según recoge Villar y Macías.
Todo ello en medio de una noche cerrada en la que por doquier se hicieron hogueras para poder ver algo.
El número de muertos es difícil de concretar, aunque se suele cifrar en cerca de 150.
No cesando el rigor del tiempo, creció el río de nuevo en febrero más que la vez anterior, pero ya no encontró casas ni puente en que detenerse y no hizo tanto daño salvo otros dos ojos de la puente.
Además de Encinas y Huerta hubo daños en Tejares, Aldeatejada, Aldealengua…
La riada de San Policarpo no fue la primera ni sería la última del Tormes a su paso por Salamanca, que en 1935 padeció la última gran inundación.
Aunque durante el siglo XX y lo que va del XXI se hicieron obras de defensa, encauzamiento y prevención de inundaciones, las alertas declaradas durante 2024 en Salamanca y provincia indican que no fueron suficientes.
Por. José Antonio López Rodríguez
1 comentario en «La riada de San Policarpo»
Más que hacer obras de defensa, lo que hace falta es eliminar las construcciones que se encuentran en suelo inundable. El río y el mar siempre reclaman el espacio que les hemos arrebatado. Pueden pasar muchos años sin que ocurra una tragedia pero tarde o temprano sucede. En España y en Salamanca no hay escasez de suelo para construir, lo que hay es exceso de codicia.