Hacerse un tatuaje no es solo una decisión cosmética; es un procedimiento que introduce sustancias extrañas en el cuerpo con consecuencias fisiológicas que van más allá de la piel. Esta es la advertencia principal de una investigación liderada por el científico español Santiago Fernández González en la Universidad de la Suiza Italiana, que ha puesto el foco en qué ocurre realmente con la tinta una vez inyectada.
El estudio, publicado en la prestigiosa revista PNAS, concluye que los pigmentos —especialmente el negro y el rojo— no se quedan quietos en la dermis. Parte de la tinta viaja hasta los ganglios linfáticos, donde puede permanecer de por vida, acumulándose y alterando las defensas del organismo.
Inflamación crónica: el enemigo silencioso
El hallazgo más relevante es que la tinta provoca la muerte de ciertas células inmunitarias (los macrófagos) que intentan «limpiarla» sin éxito. Esto genera una reacción en cadena: una inflamación que, al volverse crónica, podría debilitar el sistema inmune y, teóricamente, aumentar la susceptibilidad a infecciones o incluso a ciertos tipos de cáncer, como linfomas.
Además, la ubicación importa. Dado que los ganglios drenan zonas específicas del cuerpo (por ejemplo, las axilas drenan el pecho y los brazos), la zona donde nos tatuamos podría influir en qué defensas concretas se ven comprometidas.
Llamada a la calma: el factor cantidad
A pesar de la seriedad de los hallazgos, la comunidad científica pide evitar el alarmismo. Desde la Sociedad Española de Inmunología (SEI), el experto Óscar de la Calle lanza un mensaje de tranquilidad a los millones de personas tatuadas.
La clave parece residir en la superficie corporal tatuada. «No es lo mismo un tatuaje pequeño o un nombre, que tener el 50% del cuerpo cubierto de tinta», matizan desde la SEI. Si bien biológicamente existe una saturación de los ganglios, epidemiológicamente no se ha detectado —por ahora— una ola de enfermedades graves exclusivas de la población tatuada.
Una nueva perspectiva
La conclusión general es la prudencia. Aunque faltan estudios a largo plazo para confirmar la magnitud real del riesgo de cáncer, los investigadores insisten en un cambio de mentalidad: el tatuaje debe verse con la seriedad de un procedimiento médico que puede tener implicaciones de salud, y no como un simple adorno superficial.
















