Estados Unidos ha lanzado ataques militares a Venezuela y, según declaraciones oficiales de Donald Trump, ha capturado y sacado del país al presidente Nicolás Maduro y a su esposa en una operación que, según la Administración estadounidense, pretende asegurar una transición y permitir que Washington controle el país hasta entonces,
Este episodio no es un hecho aislado, sino el resultado de una política deliberada de Trump hacia Venezuela durante meses, basada en presión militar, sanciones asfixiantes, recompensas por la captura de Maduro y una retórica de amenaza permanente que ha terminado en una intervención directa sin respaldo internacional claro ni mandato legal alguno, es la culminación del matonismo elevado a política exterior,
Trump no puede presentarse como un defensor de la democracia cuando es el mismo dirigente que alentó el asalto al Capitolio, que desconoció resultados electorales legítimos, que ha despreciado abiertamente las normas democráticas básicas y que ahora ordena un ataque a gran escala contra un Estado soberano para capturar a su líder y proclamar que Estados Unidos dirigirá Venezuela hasta que él decida que existe una transición segura, su comportamiento no es el de un estadista, sino el de un matón que cree que el poder da derecho a imponer la voluntad propia por la fuerza,
La narrativa oficial de liberar a Venezuela se derrumba ante una realidad evidente, el petróleo es el verdadero motor de esta operación, Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del planeta y Trump ha sido explícito en su intención de que empresas estadounidenses reparen, controlen y exploten la infraestructura petrolera bajo el pretexto de la recuperación económica, un esquema clásico de saqueo moderno que recuerda los peores episodios del imperialismo energético, donde los pueblos pierden soberanía y recursos mientras otros recogen los beneficios,
Los venezolanos corren el riesgo de quedarse exactamente donde estaban en términos reales de democracia, con instituciones débiles, una sociedad dañada y escasa capacidad de decidir su futuro, pero ahora, además, sin control sobre sus recursos estratégicos, petróleo, tierras raras y activos nacionales, que pasan a ser gestionados o condicionados por una potencia extranjera que no rinde cuentas a nadie,
Vivimos en un orden internacional cada vez más degradado, donde las grandes potencias actúan con impunidad absoluta, donde los principios construidos tras la Segunda Guerra Mundial, la soberanía, el respeto entre Estados, la prohibición del uso unilateral de la fuerza, han sido vaciados de contenido, la ONU aparece paralizada, irrelevante, incapaz de frenar agresiones de esta magnitud, y el derecho internacional se reduce a un discurso vacío que solo se aplica a los débiles, mientras los poderosos lo violan sin consecuencias,
La hipocresía es aún más obscena si se observa a quién apoya y protege Trump, no tiene ningún problema en sostener alianzas estrechas con dictaduras brutales como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos o Catar, regímenes sin libertades políticas, con represión sistemática y graves violaciones de derechos humanos, a los que nunca amenaza ni sanciona porque son socios comerciales, compradores de armas o aliados estratégicos, el mensaje es claro, no importa cuán autoritario sea un régimen, lo único imperdonable es no obedecer,
La comunidad internacional tampoco queda exenta de responsabilidad, su silencio, su tibieza y su doble rasero cuando entran en juego intereses energéticos y geopolíticos, convierten esta agresión en un precedente peligroso, la normalización de la violencia como herramienta política abre la puerta a un mundo donde la fuerza sustituye al derecho y donde cualquier país puede ser atacado si resulta conveniente para una gran potencia,
Trump no es simplemente un político agresivo, es la expresión más cruda de un sistema internacional cínico, desigual y profundamente injusto, en el que la democracia, la soberanía y el derecho internacional son sacrificados sin pudor en favor de intereses estratégicos, económicos y corporativos, la captura de Maduro bajo la excusa de la transición contrasta con su cercanía y complacencia con dictaduras amigas y demuestra que su compromiso no es con la libertad ni con los pueblos, sino con el poder bruto y los beneficios de las élites a las que sirve,
Este ataque marca un punto de inflexión peligroso, un precedente en el que una gran potencia invade a otra y captura a su jefe de Estado sin responder ante ningún tribunal internacional, una nueva grieta en un orden mundial ya debilitado, que nos acerca cada vez más a un escenario gobernado por la ley del más fuerte, donde la violencia deja de ser la excepción y se convierte en norma.
Por. Chenche Martín Galeano.


















2 comentarios en «La recompensa por capturar a Maduro»
A lo largo de su historia, Estados Unidos ha llevado a cabo un número muy elevado de intervenciones militares, políticas y económicas fuera de sus fronteras. Desde finales del siglo XVIII hasta la actualidad, distintos estudios históricos y gubernamentales estiman que el país ha intervenido directa o indirectamente en varios cientos de ocasiones, afectando a decenas de países en todos los continentes. Estas intervenciones han adoptado múltiples formas: guerras abiertas, invasiones, bombardeos, ocupaciones prolongadas, operaciones encubiertas, apoyo a golpes de Estado, financiación de grupos armados locales, sanciones económicas y presión diplomática. Aunque el discurso oficial suele justificar estas acciones en nombre de la seguridad nacional, la lucha contra el terrorismo, la defensa de la democracia o la protección de los derechos humanos, los resultados reales en los países afectados han sido, en muchos casos, profundamente destructivos y desestabilizadores.
En Oriente Medio y el norte de África, las intervenciones de Estados Unidos han tenido consecuencias especialmente graves. En Irak, la invasión de 2003 derrocó al gobierno de Sadam Husein, pero también destruyó gran parte de la infraestructura del país, provocó cientos de miles de muertes civiles, generó millones de desplazados y abrió un largo periodo de inestabilidad política y violencia sectaria. La desestructuración del Estado iraquí facilitó además el surgimiento de grupos extremistas como el Estado Islámico, cuyas consecuencias se extendieron a toda la región. En Libia, la intervención de 2011, llevada a cabo junto con la OTAN, puso fin al régimen de Muamar el Gadafi, pero dejó al país sin un Estado funcional, fragmentado entre milicias armadas, con guerras internas persistentes, colapso institucional y un aumento dramático del tráfico de armas y de personas. En Afganistán, tras veinte años de ocupación iniciada en 2001, Estados Unidos se retiró en 2021 dejando un país empobrecido, con instituciones frágiles y el regreso al poder de los talibanes, lo que evidenció el fracaso del proyecto de reconstrucción política y social.
En América Latina, la influencia estadounidense ha sido constante durante más de un siglo. Intervenciones militares directas, como la invasión de Panamá en 1989, se combinaron con apoyos a dictaduras, golpes de Estado y conflictos armados internos, como ocurrió en Nicaragua durante los años ochenta con el respaldo a los “contras”. Estas acciones contribuyeron a prolongar guerras civiles, debilitar economías nacionales, aumentar la desigualdad social y erosionar la soberanía de los Estados. Aunque en algunos casos se argumentó que las intervenciones buscaban restablecer el orden o la democracia, las consecuencias a largo plazo incluyeron desconfianza hacia las instituciones, polarización política y dependencia económica.
Las repercusiones comunes de las intervenciones estadounidenses suelen repetirse en distintos contextos: destrucción de infraestructuras básicas, pérdida masiva de vidas civiles, desplazamientos forzados de población, debilitamiento del tejido social, crisis económicas prolongadas y Estados incapaces de garantizar seguridad y bienestar a sus ciudadanos. En muchos países, estas intervenciones no resolvieron los problemas que decían combatir, sino que los agravaron o los transformaron en conflictos aún más complejos y duraderos.
En cuanto a los beneficios obtenidos por Estados Unidos, especialmente en relación con recursos naturales, el petróleo ha sido históricamente un factor central en su política exterior, sobre todo en Oriente Medio. Aunque Estados Unidos no suele apropiarse directamente de los recursos como botín de guerra en un sentido colonial clásico, su presencia militar y política ha permitido asegurar influencia estratégica sobre regiones clave para el suministro energético mundial. Esto ha facilitado el acceso de empresas estadounidenses a contratos petroleros, ha garantizado la estabilidad de rutas de suministro y ha reforzado su capacidad para influir en precios y mercados globales. En este sentido, el beneficio no ha sido tanto la extracción directa por el Estado estadounidense, sino el control geopolítico y económico del entorno en el que se explotan esos recursos.
Respecto a las tierras raras y los minerales estratégicos, la situación es diferente. Estados Unidos no ha obtenido grandes volúmenes de estos materiales mediante intervenciones militares directas, pero sí ha desarrollado una estrategia basada en acuerdos económicos, alianzas políticas y presión diplomática para asegurar el acceso a minerales críticos como el litio, el cobalto o el grafito, esenciales para la industria tecnológica y energética moderna. Estas acciones buscan reducir su dependencia de otros actores, especialmente China, que domina gran parte del mercado mundial de tierras raras. En este caso, el interés estadounidense se expresa más a través de tratados, inversiones y cooperación estratégica que mediante ocupaciones militares directas.
En conclusión, Estados Unidos ha intervenido en un número muy elevado de países a lo largo de su historia, con consecuencias profundas y, en muchos casos, negativas para las sociedades afectadas. Estas intervenciones han contribuido a guerras prolongadas, colapsos estatales e inestabilidad regional. Aunque el acceso a recursos como el petróleo y los minerales estratégicos ha sido un factor relevante en su política exterior, el beneficio principal ha sido de carácter geopolítico y económico, más que una apropiación directa de recursos. El balance histórico muestra una gran distancia entre los objetivos declarados de estas intervenciones y sus efectos reales sobre los países y poblaciones que las han sufrido.
Trump ha sido duramente criticado por ordenar acciones militares contra Venezuela sin la autorización del Congreso, lo que varios legisladores consideran una violación de la Constitución de EE. UU.. Señalan que no existía una amenaza inmediata que justificara el uso de la fuerza y denuncian un grave desprecio por la separación de poderes y la legalidad internacional.