«… Además del que uno es para Dios— si para Dios es uno alguien—, y del que es para los otros y del que se cree ser, hay el que quisiera ser. Y que éste, el que uno quiere ser, es en él, en su seno, el creador, y es el real de verdad».
(Unamuno, Tres novelas ejemplares y un prólogo).
Así pues, Unamuno cree que cabe atribuir a cada hijo de vecino tres o cuatro identidades (hoy diríamos avatares). Tomaba la idea del escritor Wendell Holmes, pero está también en otros autores; Yeats, por ejemplo, quien sugiere un yo complementario, que sería nuestro anverso, alguien que no somos y que nunca seremos. Y, salvando las distancias, Unamuno también pudo inspirarse en las tres personas de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿Acaso no insinúa esa idea en Niebla, donde él aparece como un dios, al menos para sus criaturas de ficción?, ¿y no era él una persona que se creaba y recreaba constantemente en perpetua lucha interior? De este modo, Unamuno sería, como cualquiera o con más motivo, uno y trino: Trinamuno.
Viene al caso esta abstrusa introducción porque puede servir de ayuda para el relato siguiente.
Desde hace unos años algunos vienen insistiendo en que Unamuno no murió de muerte natural, sino que fue asesinado, probablemente por orden de Franco o de alguien de su entorno. Una historia muy vieja que nació inmediatamente como rumor, sobre todo en zona republicana, y que difundió pronto la prensa. La revista Estampa, por ejemplo, afirmaba pocas semanas después de su muerte: «según es público y notorio -decía-, en toda la región salmantina, Unamuno murió asesinado de noche (…) por una cuadrilla de falangistas uniformados». Algo corregida, esta versión se repite recientemente en películas, publicaciones y noticias de prensa hasta hoy, cuando una comisión de expertos universitarios encuentra al fin «indicios elevados» de criminalidad en torno a la muerte de Don Miguel. No ha trascendido qué nuevos indicios han aparecido 89 años después y si son bastantes como para justificar una exhumación de los restos y presentar una demanda judicial. (En ese caso lo tenemos crudo, pues los juzgados suelen archivar las causas de asesinatos de la Guerra civil, como bien saben algunos de esa comisión).
Pero plumas más doctas que la mía, como las de Severiano Delgado y Francisco Blanco, han demostrado fehacientemente que la muerte de don Miguel no fue así, sino «natural, imprevista y repentina» y que las supuestas evidencias de otra cosa carecen de relevancia. Que la edad y los achaques que sufría, tanto anímicos (la angustia ante los desastres de la guerra, sus amigos asesinados, hijos en el frente) como de salud (arterioesclerosis, presión alta), abonarían el dictamen del médico de familia que certificó la muerte, sin que ni los hijos (dos de los cuales eran médicos), ni los vecinos o amigos que acudieron percibieran nada extraño en el caso. Insinuar que sí lo notaron y no dijeron nada por miedo indica una idea miserable del entorno de Unamuno; ¿tan poco iba a durar el espíritu indomable de Don Miguel entre los suyos? Bartolomé Aragón, el falangista que funge de principal sospechoso en el asesinato, quizá sí contribuyó al fatal desenlace, pero de un modo involuntario, al hacer dos cosas que Unamuno no sufría bien y que bien pudieron alterarle el ánimo y subirle la tensión hasta producirle el fatídico ataque: llevarle la contraria y no dejarle hablar.



















1 comentario en «Unamuno: Muerte (I)»
Es hasta justo y necesario incidir en esta desintoxicación frente los intentos de «asesinar» a Unamuno a gusto del consumidor amigo del cultivo paranoide.