Opinión

El patio

Dos columpios. Imagen. Pixabay.

Al principio fue solo el patio.

Un espacio abierto que dejó de serlo.

Las risas se fueron apagando, primero despacio, luego de golpe. Algunos alumnos aprendieron a no bajar, a mirar el recreo desde las ventanas, a fingir que no necesitaban el sol ni la conversación. El balón dejó de rodar libre: siempre caía en las mismas manos, manos que no jugaban, que exhibían poder. No era un juego, era una advertencia: ¡aquí mando yo!

El miedo creció rápido; no se quedó en el patio. Subió las escaleras, recorrió los pasillos, se sentó en las aulas como uno más. Nadie podía decir cuándo había empezado, pero todos sabían que algo se había roto. Pronto fue difícil recordar cómo era el colegio antes.

Los profesores lo sabían. La dirección también. En la sala de profesores y en los corrillos del café lo nombraron de muchas maneras, ninguna peligrosa: problema, conflicto, situación compleja. Los eufemismos se hicieron los dueños del discurso público y privado. El miedo tiene esa cualidad: vuelve blandas las palabras, aplaza las decisiones, hace que la responsabilidad parezca siempre ajena. Nadie quiso poner el cascabel al gato, se decidió dar tiempo al tiempo.

En su lugar, se creó una comisión de conflictos. Un nombre firme para una duda profunda. Se convocaron elecciones entre los alumnos. Democracia resolutiva, dijeron. Participación democrática, dijeron también.

Apenas hubo voces. Nadie quería prometer nada en alto. Nadie quería ser visto. El alumno matón, en cambio, no tuvo reparos en presentarse. No hizo propuestas: hizo visitas. No pidió votos: recordó consecuencias. Uno a uno, los otros candidatos se retiraron, como sombras al atardecer.

Votaron pocos.

Ganó el miedo.

Desde entonces, cada orden se llamó norma. Cada abuso, procedimiento. Cada amenaza, prevención. Cada decisión fue acompañada de una palabra nueva: legitimidad. Todo se hacía en nombre de todos, aunque casi nadie se hubiera expresado. El poder elegido comenzó a hablar en plural: “lo hemos decidido”, decía, aunque nadie recordara haber estado en la toma de esas decisiones.

Las comisiones crecieron como ramas torcidas; sus amigos ocuparon los puestos; las normas se multiplicaron, siempre necesarias, siempre urgentes. Incluso los libros empezaron a parecer sospechosos y el programa educativo una provocación.

A su alrededor se cerró un círculo. Algunos eran como él; otros aprendieron deprisa. Bajo su protección se hicieron más duros, más ruidosos, más seguros. Para mantener el orden -decían- organizaron una guardia: vigilaban, corregían, señalaban. Cada día un poco más, cada día a alguien distinto.

Creció una corte que reía y celebraba: la risa se volvió lealtad, la duda, traición. Unos golpeaban, otros aplaudían, y los más listos aprendieron a hacer ambas cosas. No por convicción, sino por conveniencia. Así, entre risas y amenazas, el colegio se llenó de damnificados invisibles.

El juego dejó de ser juego y empezó a costar. Primero el baloncesto, luego todo lo demás. Pagar era existir; no pagar, mirar desde fuera. Todo para evitar conflictos, todo para sostener un orden que se decía común y siempre acababa siendo ajeno.

Pero el poder basado en el miedo tiene una fragilidad secreta: necesita renovarse cada día.

Exige tributo diario.

Debe ser alimentado, repetido, confirmado.

Y un día falló.

Sin consignas ni discursos, unos pocos alumnos bajaron al patio mientras la mayoría miraba desde las ventanas. No desafiaron. No gritaron. Se sentaron al sol. Hablaron. Compartieron el espacio como si todavía les perteneciera. Como les había pertenecido antes.

Al día siguiente fueron algunos más.

Luego, muchos más.

El matón siguió hablando de normas que ya nadie escuchaba. El que mandaba gritó que aquello era ilegal, que él había sido elegido. Nadie respondió. El miedo, cuando no se obedece, no conoce otro idioma.

Algunos profesores bajaron también.

Y esta vez no miraron al suelo.

Poco a poco las normas cayeron una a una, como hojas secas. Algunas se barrieron. Otras quedaron escondidas en los rincones, esperando. Las comisiones se disolvieron. Las elecciones se repitieron, pero ya no bastaba con intimidar: había demasiados ojos, demasiadas voces.

El matón continuaba gritando que aquello no era legal; poco a poco el patio se llenó, pero no del todo.

Las clases continuaron. Los recreos también. Y el colegio aprendió -tarde, pero aprendió- que el miedo puede organizarse, incluso votar, pero no sabe qué hacer cuando deja de ser obedecido. El poder impuesto dura poco cuando los demás deciden, simplemente, no obedecerlo más. Para eso, antes, hay que perder el miedo.

Y aunque muchos creyeron haber aprendido algo, nadie pudo asegurar que, llegado el momento, no volverían a mirar desde las ventanas.

Por. Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado

1 comentario en «El patio»

  1. Qué bonita lección para poder aplicarla pero parece un poco una utopía después de los casos de suicidios por culpa de los acosos que estamos escuchando todos los días ojalá fuese así de fácil luchar contra la maldad

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