Opinión

Unamuno: muerte… y resurrección (II)

Firma de Miguel de Unamuno.

Así que no sabe uno a qué atenerse sobre la muerte de Unamuno. Pero tras muchas cavilaciones creo que he dado con una solución que podría dar satisfacción a unos y a otros, echando mano del concepto de la personalidad múltiple. Así que de entrada daría la razón a los partidarios de la muerte natural, que vino a poner fin, por decirlo así, al primer Unamuno, al real, al de carne y hueso, cuyos órganos vitales fallaron seguramente por las citadas afecciones y porque, como diría Cervantes, «comoquiera que todas las cosas de este mundo tienen su fin, llególe el suyo a Don Miguel».

Nos quedaría el segundo Unamuno, el conformado por las ideas y ocurrencias que otros han ido acumulando sobre él, un Unamuno imaginario al que podemos modelar, presentar y enfocar como queramos, y al que también podemos matar ad libitum, sea por veneno, estrangulamiento o punzada en el cuello. Incluso podemos pensar algo que a él mismo se le ocurrió: que le mató alguno de sus personajes de ficción, como se insinúa en Niebla, donde Augusto le amenaza: «¡Morirá usted, don Miguel, morirá usted, y morirán todos los que me piensen! ¡A morir, pues!».  Al final, fue Augusto el que murió, mejor dicho, su autor le hizo morir. Pero, ¿y si Augusto hubiese vuelto para vengarse? Al fin y al cabo, los humanos mueren, mientras que los entes de ficción están ahí para siempre…

Sin embargo, este segundo Unamuno nunca pierde vitalidad bastante como para no poder resucitar y aparecer de nuevo, sea en obras literarias o históricas, en películas o virtualmente, como apareció en su Casa Museo el pasado abril en forma de ente fantasmático, con su misma apariencia física y su misma voz e indumentaria. Se dice que los algoritmos pronto nos permitirán mantener una conversación con él y, siendo así, quizá nos saque de dudas sobre qué pasó exactamente la fatídica tarde del 31 de diciembre del 36. Mientras, el proceso se repite. «Vuelve a morir Unamuno», titulaba hace poco el Diario Vasco, lo que me recordó a una señora que padecía de Alzheimer y le decía a su vecina:

– Me han dicho que Fulano ha fallecido. ¿Lo sabías?

– Sí. Esta mañana ha muerto ya cuatro veces.

Pero aún podríamos ir más lejos y hablar del otro Unamuno, del que quería ser. Y ahí no cabe duda de que su mayor deseo era la inmortalidad. («Quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo…»). Pues bien, hoy seguimos hablando de él, haciéndole homenajes por duplicado, nombrándole doctor honoris causa -el mismo año que Rafa Nadal, nada menos-, viéndole en el cine, protagonizando novelas y cuentos… No sé si le seguimos leyendo, pero es igual en un mundo y una universidad de conocimientos cada vez más virtuales, una universidad digital de la que muy bien podría volver a ser rector, mejorando lo presente. ¡Si hasta sabemos que, en un futuro lejano, el capitán de una de las naves de Star Trek lee en sus ratos libres El sentimiento trágico de la vida! (Significativamente, el título del episodio es «El final es el principio».) Y bien, todo eso, ¿no es algo muy parecido a la inmortalidad?

Así pues, tenemos tela que cortar para rato con este tema. Y no sería de extrañar que estén al caer un tomo más de los Sres. Rabaté y una nueva entrega de este culebrón, convenientemente preparada por cónclaves universitarios y difundida por una prensa ávida de noticias estrambóticas. Para mayor gloria y lustre de la vida cultural salmantina.

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