Opinión

La iglesia cierra sus puertas

Iglesia de San Benito. Fotografía. Pablo de la Peña.

El discurso de la Iglesia siempre se ha caracterizado por su apertura. Desde el Concilio de Jerusalén, que asume que los gentiles convertidos ya no están obligados a cumplir con la ley mosaica, el mensaje de acoger sin reservas se ha mantenido en el tiempo. La práctica, ya sabemos, con frecuencia ha ido por otros derroteros. Precisamente, la Plaza de San Pedro en Roma, diseñada por Bernini a mediados del siglo XVII, es imagen de los brazos abiertos para recibir a quienes se acercan al primer templo de la cristiandad.

Jorge Mario Bergoglio, elevado ya al solio de Pedro, nos dejó en 2019 una de sus citas más célebres: «Las iglesias deben tener siempre las puertas abiertas, porque esto es símbolo de lo que es la Iglesia, siempre abierta». Y durante siglos así ha sido. Lo habitual era ver los templos con las puertas abiertas para que los fieles pudieran entrar a orar. También estaban abiertas para aquellos que, sin ser muy creyentes, quisieran pasar, sentarse y tener un rato de paz, de reflexión, de encuentro con uno mismo. Esta experiencia nunca ha venido mal. Incluso, aquellas iglesias que reunían algún mérito artístico, podían ser visitadas por quienes desearan contemplar la arquitectura, sus retablos imágenes o pintura.

Las cosas, sin embargo, están cambiando mucho. Lo raro es ver ahora una iglesia, conventuales incluidas, con las puertas abiertas. Es algo generalizado, pero en Salamanca se acentúa. Y no vale que hay pocos curas y que las parroquias se concentran por ello en unidades pastorales. Que sepamos, nunca ha sido ocupación del presbítero ejercer de portero o vigilante, aunque sí, como responsable, procurar que los templos a su cargo puedan cumplir con la misión espiritual, social y cultural para la que se levantaron.

Este hecho, no abrir las iglesias, cada vez más habitual, resulta especialmente hiriente en el centro de la ciudad. Salamanca no puede permitirse, y dejamos al margen las cuestiones pastorales -para eso está el obispo, por si considera oportuno replicar las palabras del anterior pontífice-, que no puedan visitarse sus iglesias monumentales. Ya escribíamos algo al respecto en el verano de 2024, y la cosa va a peor.

No puede ser que una ciudad dependiente económicamente del turismo no facilite a los visitantes con inquietudes culturales admirar el interior de sus parroquias. En muchas se abre solo para la misa, si la hay, y en cuanto termina echan a la gente, a veces con poca delicadeza. Todos estamos de acuerdo en que los tiempos de culto deben ser respetados y el turismo tener la consideración de no molestar. Pero si no se abre en otro momento, ¿qué se puede hacer? Alguna solución habrá que buscar.

Los primeros responsables son los párrocos, que en esta diócesis demuestran poca voluntad de remediarlo. Ellos deberían gestionar la manera de arreglarlo. Pero, igualmente, está la dejadez del Ayuntamiento, que no se implica lo suficiente. Las restauraciones de este patrimonio religioso se costean, en porcentajes significativos, con dinero público, por eso es justo que revierta también en beneficio de la sociedad. Y la labor de intermediación o de ayuda para lograrlo se echa mucho de menos. Y así seguimos.

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