Opinión

Un diálogo fértil

Menchu Gutiérrez, autora de 'Huésped del otro'.

Hay ciertos libros cuya lectura nos marca y permanece en la memoria como una huella indeleble; obras que nos invitan a pensar y a mirarnos en el reflejo de sus páginas. Huésped del otro, la más reciente obra de Menchu Gutiérrez en colaboración con el ilustrador Pedro Pertejo, pertenece a esa rara estirpe de libros que nos interpelan con la sutileza de una conversación silenciosa, estableciendo un puente entre el lector y una intimidad inesperada. No es una mera colección de imágenes ni un compendio de poemas aislados: se presenta como una casa de puertas entreabiertas, donde cada cabeza dibujada a carbón convoca un poema breve que parece escrito para mirarse en el espejo de la otra cara, generando así un diálogo incesante entre palabra y trazo.

La experiencia de lectura/observación es, a un tiempo, cordial y exigente. Cordial, porque la colección de rostros -en su economía de líneas, en ese trazo austero que late con una insólita fluidez- nos recibe con la promesa de una cercanía casi íntima. Exigente, porque cada retrato encierra una pregunta -y a veces una respuesta que se resiste a ser pronunciada del todo-: ¿quién soy cuando me observo desde la sombra que proyecta mi propio contorno? El lector queda invitado, así, a reconocerse en los límites difusos del otro.

Menchu Gutiérrez, autora de pulso sobrio y afilado, comprende que la claridad no es una imposición, sino una sutil negociación. En Huésped del otro, esa negociación se da entre grafito y palabra: la imagen no ilustra pasivamente el poema, ni el poema reduce la imagen a simple ornamento. Más bien, ambos elementos sostienen un diálogo fértil que florece cuando la palabra acota la idea y cede el protagonismo al silencio -o a la insinuación-. Los fragmentos en poesía o prosa lírica que salpican el libro ejercen una doble función: avanzar la intuición y, al mismo tiempo, hacer crujir las certezas con una ligereza que no es trivialidad, sino estrategia literaria.

La autora parece perseguir una suerte de poema/aforismo encarnado: frases precisas, cortas, que se sostienen en su exactitud y, sin agotar la verdad, abren la puerta a que el lector improvise su propia continuación. Así, Huésped del otro remite a sus obras anteriores, pero añadiendo una madurez que ya no proviene de la densidad verbal, sino de la precisión de lo esencial. Es, en definitiva, una desnudez elegante: menos palabras para decir más, menos adorno para permitir que el cuerpo de la experiencia respire y revele su autenticidad.

La colaboración con Pertejo aporta una dimensión crucial: las ilustraciones no son meros adornos textuales, sino una cartografía emocional de lo inefable. Cada cabeza dibujada emerge como un posible yo que nunca se revela por completo, como una memoria que podría haber sido nuestra de haber habitado el contorno de otra voz. En ese juego de espejos, el libro se transforma en una galería de identidades posibles, una invitación a admitir que la identidad no es una sustancia estable, sino un conjunto de fragmentos que se recomponen con cada mirada renovada.

Una de las ideas fundamentales que intuye el lector desde el principio de la obra -que la sencillez aparente es una forma de complejidad- resulta al final acertada. Reivindicar la sencillez no es renunciar a la ambición; es colocar la ambición en el lugar correcto: en la precisión de la imagen, en la economía del verso, en la sugerencia que deja la puerta entreabierta para el sentido. Huésped del otro no quiere agotar su comprensión en una revelación definitiva, sino dejar que la experiencia del lector sea la que complete la obra.

El libro propone, en definitiva, una experiencia de lectura breve pero rotunda: 120 páginas que caben en la memoria como una nota que no se puede dejar de tararear. Esa densidad de lo breve -poemas que son espejos sin espejo y retratos que no se dejan fijar del todo- crea un objeto literario que podría resultar desafiante para lectores que esperan eslóganes y certezas. Pero para quien se resiste a ese planteamiento, Huésped del otro ofrece una recompensa singular: la posibilidad de formular preguntas sin necesidad de cerrarlas, de reconocerse en un retrato que no se parece a nadie y, aun así, nos devuelve una versión íntima y olvidada de nosotros mismos

Huésped del otro es, en suma, un libro que convoca a la lectura atenta: una experiencia de presencia. Es la puerta a una sala de espejos en la que cada visitante puede decidir, con calma, a qué voz abrir la puerta. Por eso, es una invitación a habitar la conversación que hay entre lo que vemos y lo que somos. Y quizá, al hacerlo, descubrimos que el huésped no es el que está fuera, sino el que habita dentro, esperando a hacerse sentir cuando la tinta y el grafito se cruzan en silencio.

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