Vemos a hombres y mujeres detrás de los líderes políticos, empresarios, monarcas… que les susurran al oído lo que otro líder político, empresario o monarca está diciendo. Saben idiomas y cómo interpretarlos. Son los intérpretes que han existido desde la antigüedad y con importante auge en el Antiguo Egipto, allá por el 1350 a.C, pero se cree que este oficio es tan antiguo como el lenguaje hablado y el comercio, siendo fundamentales para la comunicación diplomática, militar o comercial. Charlamos con uno del siglo XXI, Jesús Baigorri Jalón, profesor de la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad; intérprete en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York y miembro fundador del Grupo de Investigación Alfaqueque.
Si la imprenta democratizó los libros. ¿Qué puertas ha abierto a la civilización la traducción de textos?
La imprenta sirvió sin duda para hacer accesibles los libros a un público más amplio, ya fuera directa o indirectamente (hemos de tener presente que la alfabetización no estuvo generalizada hasta siglos después), pero hay que considerar que uno de los valores que tuvo la imprenta, además de la divulgación de las ideas, fue la facilitación de la traducción.
¿Qué lugar ocupa el protestantismo?
El protestantismo de Lutero no habría tenido el éxito que tuvo en el marco de lo que pueden llamarse ‘guerras de religión’ sin el hecho de que se ocupó de traducir la Biblia al alemán, ayudando así a consolidar ese idioma y también a sostener su tesis de que los textos sagrados tenían que estar disponibles para toda la población y no solo para quienes entendían el latín. Esa fue una manera de democratizar la religión cristiana y de hacerla más participativa y menos arcana.
¿Hasta dónde puede llegar un traductor en una traducción -me refiero a la elección de unas palabras por otras-?
Mi visión como intérprete sobre todo institucional (trabajé en gran medida para las Naciones Unidas) es que uno debe atenerse lo máximo posible a lo que dice el orador en el otro idioma. No se trata solo de palabras, sino del sentido de las mismas, así como de las intenciones (¡y emociones!) que el orador original desea transmitir. Seguramente algún lector vería la entrevista de hace unos meses entre Trump y su vicepresidente y el presidente ucraniano Zelenski, que utilizó el inglés para comunicarse. Ahí puede verse un poco lo que quiero decir. Cada idioma representa una visión del mundo y no hay equivalencia plena ni siquiera entre una palabra tan sencilla como pan, que no se entiende igual según quién sea la persona que descompone esa palabra en imagen, ni siquiera hablando el mismo idioma.

¿Cuánto de orgullosos nos tenemos que sentir por tener el castellano como lengua materna -me refiero a su riqueza de matices- o es similar a la de otros idiomas?
No sé si la palabra ‘orgullo’ es la más adecuada. Cada uno recibe los códigos de comunicación por el azar de su nacimiento y de su infancia. Algunos nacen en un entorno monolingüe, mientras que otros se crían siendo bilingües o multilingües. Para lo que deberían servir los idiomas es para comunicarse socialmente y para fijar el pensamiento de cada cual de manera oral o escrita de una forma correcta en una o más lenguas. Todo idioma requiere un cultivo y una nutrición sin los cuales puede acabar convertido en algo sumamente raquítico y pobre; por tanto, sin matices (por seguir la idea de la pregunta). Cualquier persona con una buena formación cultural es capaz de distinguir la riqueza lingüística de diferentes discursos según su grado de estructuración, contenido y emisión oral, o escrita.
Explíquese.
Es decir, se puede clasificar cultural y lingüísticamente a alguien por su manera de hablar o de escribir. De ahí la importancia de amar la propia lengua o las propias lenguas. El castellano es la lengua propia de muchos países y tiene tantas tonalidades como las que proporcionan instrumentos diferentes poniendo música a la misma partitura, con la ventaja de que, entre personas de un nivel educativo suficiente, el castellano es intercomprensible entre sus hablantes a ambos lados del Atlántico.
¿Cuánto más rico -en matices- es un idioma más fácil o difícil resulta su interpretación?
Quien sea un buen intérprete o traductor deberá conocer a fondo los dos (o más idiomas) entre los que trabaja. Es decir, sabrá distinguir los matices del idioma de partida y amoldarlos al de llegada. Hay numerosos registros y lenguajes de especialidad. No será lo mismo traducir una conversación corriente que un debate sobre especies de peces altamente migratorias o una intervención quirúrgica.
¿Cómo recibió la noticia de que sería Honoris Causa por la Universidad de Ginebra?
La noticia me llegó inesperadamente. La madrina que propuso mi candidatura me comunicó que había sido aceptada por mayoría en la reunión oportuna que celebró la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad de Ginebra. Evidentemente recibí la noticia con alborozo, en primer lugar, por lo imprevista y en segundo porque la Universidad que concedía ese doctorado honoris causa no es una institución cualquiera en el entorno de la traducción y la interpretación.
Doble honor.
Algo así. Los estudios de Traducción e Interpretación se fundaron en Ginebra en 1941, en plena Guerra Mundial, por el profesor Antoine Velleman, que había contribuido mucho a establecer la profesión de intérprete de conferencias en la Sociedad de Naciones durante el período de entreguerras y que tuvo la visión de que la interpretación sería necesaria cuando callaran las armas. Así fue y Ginebra se convirtió en faro académico para otros programas que se desarrollaron después de 1945. El hecho de que en aquella ciudad suiza se concentre una veintena de organizaciones internacionales ha supuesto una oportunidad excelente para la formación de profesionales que tienen como profesores a traductores e intérpretes en ejercicio y que, al terminar los estudios, pueden encontrar empleos en ese entorno internacional, multilingüe y multicultural.
¿Cuántas ‘vueltas’ le dio a la conferencia que impartió allí? Porque es amplio lo que abarca su titular: ‘Historia de la interpretación. Un pasado para nuestro futuro’.
No le di demasiadas. La hilvané en torno a la cuestión del tiempo histórico reciente y traté de mostrar cómo en mi persona coincidían dos líneas de trabajo: la de enseñar historia y la de haber practicado durante años la interpretación. La fusión de ambas me convirtió, sin querer, en histérprete y de ahí derivó buena parte de la investigación que fundamentó mi exposición. Hablé de aspectos como la consolidación de la profesión de intérprete, la revolución de la interpretación consecutiva a la simultánea, la feminización de la profesión (o profesiones, porque no todos los entornos exigen el mismo tipo de habilidades) y la situación actual de cambios tecnológicos de los que no conocemos más que una mínima parte. En la conferencia hice mención también a la importancia de las emociones, refiriéndome al caso de una enfermera políglota que participó en la Guerra Civil española y que ayudó a morir en su lengua (neerlandés) a un soldado gravemente herido, que se durmió en el sueño eterno escuchando canciones de la infancia en su idioma.

Y hablando de futuro. ¿Cómo va a convivir la Inteligencia Artificial con la Traducción e Interpretación?
La historia no tiene capacidad predictiva, así que mis opiniones a este respecto son las de un observador externo (y muy mayor para entender muchas de las cosas que están sucediendo a nuestro alrededor). Si la traducción y la interpretación han de sobrevivir será desempeñando las funciones que han desempeñado históricamente, es decir, comunicar entre idiomas y entre personas. Si las lenguas (no todas, porque hay algunas más iguales que otras, en lenguaje orwelliano) se convierten en una mera multiplicación de algoritmos que manipula un ingenio informático – a costa de extraer gratuitamente la información de quienes alimentan esas fuentes con sus traducciones y sus discursos – la Inteligencia Artificial servirá sin duda para trasladar entre idiomas una serie de textos escritos u orales más o menos pasteurizados. Ahora bien, si quienes participan en la interacción entre un emisor y un receptor de un mensaje son seres humanos, solo la acción de traductores e intérpretes de carne y hueso (cerebro incluido) permitirá una relación verdaderamente interhumana. Quiero confiar en que así seguirá siendo.















