Energía, soberanía y silencio internacional (Irán y Venezuela)

Irán, Venezuela y la reconfiguración inacabada del orden geopolítico contemporáneo
El globo terráqueo señalando Irán. Imagen de Peggy und Marco Lachmann-Anke en Pixabay

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el petróleo ha constituido el eje estructural del orden económico y geopolítico internacional. El control de los recursos energéticos ha condicionado el desarrollo de Occidente, la estabilidad de Oriente Medio y América Latina, así como la emergencia de nuevas potencias globales. Este artículo analiza la relación entre soberanía energética, desestabilización política y silencio internacional, centrándose en los casos de Irán y Venezuela. Se argumenta que la persistente indecisión de Occidente frente a los movimientos sociales iraníes y venezolanos responde menos a consideraciones morales que a cálculos estratégicos, y que una reintegración soberana de ambos países en el sistema energético global podría generar beneficios bilaterales sustanciales para productores y consumidores, al tiempo que debilitaría modelos autoritarios y dependencias geopolíticas adversas.

Palabras clave: geopolítica del petróleo, soberanía energética, Irán, Venezuela, OPEP, orden internacional.

La historia contemporánea no puede comprenderse sin atender al papel central de la energía. Tras 1945, el petróleo sustituyó al carbón como principal motor del crecimiento industrial, del transporte global y de la capacidad militar. Desde entonces, el acceso estable y barato a la energía ha sido condición necesaria para el desarrollo económico sostenido de las economías occidentales.

Sin embargo, este crecimiento se apoyó en un modelo asimétrico: mientras los países consumidores consolidaban bienestar y productividad, los países productores permanecían estructuralmente subdesarrollados, vendiendo sus recursos a precios bajos y con escaso margen de soberanía. Este desequilibrio, lejos de ser accidental, se integró en la lógica del sistema internacional de posguerra.

El primer desafío serio a este modelo se produjo en Irán a comienzos de la década de 1950, cuando se intentó recuperar el control nacional del petróleo frente a intereses asociados al Reino Unido. A partir de ese momento, la energía dejó de ser un mero bien económico para convertirse en un factor político de primer orden.

La creación de la OPEP en 1960 formalizó esta ruptura. Países como Irán y Venezuela impulsaron la coordinación entre productores con el objetivo de ejercer soberanía sobre sus recursos naturales y corregir décadas de desequilibrio estructural. El principio subyacente era claro: los recursos energéticos debían servir al desarrollo de las sociedades que los poseían.

Durante los años sesenta y setenta, el Shah de Persia defendió una política de control estatal del petróleo, incremento progresivo de precios y utilización de los ingresos energéticos para modernizar el país. Esta estrategia aspiraba a transformar a Irán en una potencia regional culta, industrializada y tecnológicamente avanzada.

La crisis del petróleo de 1973 se interpretó por el occidente como una amenaza y se demostró que los países productores podían influir decisivamente en el crecimiento de Occidente. Se planificó el derrocamiento del Shah de Persia (el país que más avanzaba, perfilándose como una auténtica potencia que prestaba dinero a los occidentales y sus regímenes). Desde una perspectiva sistémica, este hecho alteró el equilibrio previo: la autonomía energética dejaba de ser tolerable cuando cuestionaba la jerarquía internacional existente.

Desde entonces, la historia reciente muestra un patrón recurrente: líderes que intentaron ejercer soberanía real sobre recursos estratégicos fueron progresivamente derrocados, neutralizados o eliminados, sin un claro futuro plan tras las destituciones. Los casos de Irak, Libia o Egipto evidencian cómo los intentos de dominio, autonomía energética y política tendieron a ser castigados mediante intervenciones directas o indirectas.

El resultado fue la sustitución de proyectos imperfectos pero modernizadores por regímenes autoritarios, ideologizados o caóticos. Este proceso no condujo a una mayor estabilidad regional, sino a una fragmentación social persistente y a un empobrecimiento estructural de las poblaciones afectadas.

El apoyo táctico a fuerzas religiosas radicales, bajo la premisa de que serían actores manejables, produjo efectos no previstos. La proliferación de grupos extremistas y milicias descontroladas contribuyó a la inestabilidad crónica del Golfo Pérsico y de amplias zonas de Oriente Medio.

Desde una perspectiva histórica, este fenómeno refleja un error estratégico: la instrumentalización del radicalismo como herramienta de equilibrio energético terminó erosionando el control político y cultural de la región.

En paralelo, la emergencia de China como potencia industrial generó una demanda energética sin precedentes. Rusia, por su parte, buscó recuperar influencia global mediante el control de recursos naturales, rutas estratégicas y alianzas energéticas.

En este contexto, Irán y Venezuela adquirieron una relevancia central como proveedores alternativos. Para China, ambos países se convirtieron en piezas difíciles de sustituir; para Europa, en cambio, la ausencia de una estrategia energética autónoma reforzó su dependencia externa y redujo su margen de maniobra política.

Las recientes protestas masivas en Irán, reprimidas con extrema violencia, han puesto de manifiesto una vez más la distancia entre el discurso internacional sobre derechos humanos y la acción efectiva. Miles de ciudadanos iraníes han reclamado libertad política, dignidad y apertura al mundo, mientras la respuesta internacional se ha limitado a condenas diplomáticas y sanciones parciales.

Esta indecisión no responde únicamente a cautela política, sino a cálculos estratégicos vinculados a la energía, la estabilidad regional y el temor a alterar equilibrios existentes. El coste de esta pasividad es doble: humano, por las vidas perdidas, y estratégico, por la perpetuación de un sistema ineficiente y represivo.

Desde una perspectiva geopolítica, existe una alternativa clara. La reintegración soberana de Irán y Venezuela en el sistema energético internacional podría generar beneficios bilaterales significativos:

 • Energía más accesible para Europa y Occidente.

 • Mayor prosperidad y estabilidad interna para los países productores.

 • Reducción de la dependencia estratégica respecto a China y Rusia.

 • Debilitamiento estructural de modelos autoritarios basados en el aislamiento.

Lejos de ser un acto de altruismo, este enfoque responde a una lógica de racionalidad económica y estabilidad a largo plazo.

9. ONU, veto y administración del equilibrio

El sistema internacional, articulado en torno al Consejo de Seguridad de la ONU —dominado por Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido— no garantiza la justicia ni la libertad, sino la preservación de equilibrios de poder.

Mientras estos equilibrios prevalezcan sobre las aspiraciones de las sociedades civiles, las oportunidades de transformación seguirán siendo pospuestas.

La energía no es únicamente un recurso económico: es un factor civilizatorio. Mantener a Irán y Venezuela empobrecidos y aislados no fortalece el orden internacional; lo debilita. Sostener regímenes represivos en nombre de la estabilidad energética genera, a medio plazo, mayor inseguridad y dependencia.

Apoyar a los pueblos que reclaman soberanía, desarrollo y dignidad no es una concesión moral, sino una decisión estratégica racional. El silencio internacional también es una forma de acción, y sus consecuencias ya forman parte de la historia.

Referencias (selección)

 • BP. Statistical Review of World Energy. Londres.

 • Yergin, D. (1991). The Prize: The Epic Quest for Oil, Money & Power. Simon & Schuster.

 • OPEC. Brief History of the Organization.

 • Gaddis, J. L. (2005). The Cold War: A New History. Penguin Press.

 • Klare, M. (2012). The Race for What’s Left. Metropolitan Books.

 • Amnesty International. Iran: Human Rights Reports (varios años).

 • United Nations Security Council. Charter and Veto Practice.

Deja un comentario

No dejes ni tu nombre ni el correo. Deja tu comentario como 'Anónimo' o un alias.

Más artículos relacionados

Te recomendamos

Buscar
Servicios