«Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental»
(Donald Trump, Estrategia de seguridad nacional, diciembre de 2025)
Con la intervención de EE.UU. en Venezuela se reedita una vez más la «doctrina Monroe», que se invoca en el documento de seguridad nacional, guía de la política exterior de Trump. Se recordará que el presidente James Monroe la enunció por primera vez en 1823 para rechazar la posible intervención de la Santa Alianza europea en las repúblicas americanas, recién independizadas de España. El país que atacara a alguna de ellas con la intención de devolverlas al dominio español se las vería con los propios Estados Unidos. «América para los americanos» era el lema, que pronto se entendió al sur del Río Grande como «América para los norteamericanos».
El segundo momento de esta historia nos lleva a la época del «Desastre» español de 1898. Una vez que EE.UU. termina su colonización interior, llegando hasta el Pacífico a costa de masacrar a los indios y de expulsar a los mexicanos, inicia su expansión exterior hacia el Caribe (Cuba, Puerto Rico, Panamá) y el Pacífico (Hawaii, Filipinas). Poco después se formuló el «corolario Roosevelt», que añadía a la doctrina Monroe él «derecho» de intervención (militar y/o económica) en países próximos cuando se pusieran en peligro intereses de empresas o ciudadanos norteamericanos. Por si no quedaba claro el mensaje, el presidente Ted Roosevelt sintetizó su política exterior en el lema del «Gran garrote», que había que exhibir ante el mundo y usar si era necesario. Fue el comienzo de la larga historia del intervencionismo imperialista de EE.UU., empezando en América central y sur, considerada como «patio trasero» de los EE.UU. Entre 1900 y 1925 EE.UU. envió tropas en 24 ocasiones a ocho países del Caribe, mientras sus grandes compañías establecían allí sus negocios y el Departamento de Estado ponía gobiernos «estables» a conveniencia.
Mientras tanto, la «doctrina» iba ampliando su campo de acción, de modo que hacia 1900 EE.UU. también tenía tropas «pacificando» a los filipinos y en China, junto a los europeos, para forzarle a «abrir las puertas» al comercio exterior. Más adelante, el almirante Nimitz diría al acabar la II Guerra mundial: «nuestras fronteras de defensa ya no son nuestras costas. Hoy nuestras fronteras son el mundo entero». Actualmente EE.UU. tiene unas 750 bases militares desplegadas en más de 80 países con más de 170.000 efectivos (una de ellas en Groenlandia, donde hubo varias durante la Guerra fría).
El tercer momento nos lleva a Donald Trump, que vuelve a la doctrina Monroe, pero poniéndola del revés. Si la historia se repite, siendo la primera vez tragedia y la segunda vez farsa (según Marx), aquí tenemos un buen ejemplo. Monroe trataba de defender la soberanía e independencia de los países americanos frente a las potencias europeas, mientras que Trump viola esa soberanía en aras de sus intereses; si Monroe afirmaba los principios liberales y republicanos frente al absolutismo monárquico, hoy la Casa Blanca, con su propensión a la violencia y a la xenofobia y su burla de las instituciones democráticas, nos retrotrae al fascismo de hace un siglo.
Todo ello desbaratando a la vez un relativo orden internacional (del que por cierto los EE.UU. fueron los principales arquitectos tras la II Guerra mundial) y despreciando un multilateralismo que es cada vez más esencial para afrontar los graves problemas comunes de la humanidad. Los 14 puntos de Wilson pueden ser vistos como el origen de ese multilateralismo (como, a su modo, el internacionalismo del movimiento obrero), mientras que la Carta del Atlántico de 1941 sentó el compromiso de los aliados con «la libertad frente al miedo y la miseria», la libertad de comercio y de circulación y el rechazo de la violencia en las relaciones internacionales; de ahí saldrían la Organización de Naciones Unidas y otras instancias internacionales. Todo muy lejos del principio trumpista según el cual «el mundo está gobernado por la fuerza».
Así pues, ahora Trump lo que defiende no es ya la doctrina Monroe, sino su caricatura, un esperpento que podrá ser tragedia para EE.UU. y para el mundo si lo escenifica hasta sus últimas consecuencias.
















