Gloria Camila a corazón abierto

Reconoce que ha querido salvar a todo el mundo, ser refugio, ser sostén, ser luz… "y en ese intento me he perdido a mí
Gloria Camila Ortega Mohedano. Instagram.

Gloria Camila Ortega es una mujer comprometida y pegada a la actualidad, a través de sus redes sociales está difundiendo imágenes y mensajes de personas que están buscando a sus familiares desaparecidos en la tragedia ferroviaria de Adamuz, Córdoba.

Además, abre su corazón y no le da miedo publicar que es imperfecta, pero no como disculpa, «sino como verdad. Me equivoco, tropiezo, a veces vuelvo a caer en la misma piedra aunque ya conozca su forma y su peso. Aprendo tarde, o aprendo a golpes, o aprendo cuando ya duele. Y aun así, sigo adelante, con cicatrices que hablan más de mí que cualquier victoria», reconoce.

De lo que está orgullosa es de sabe amar sin medida. «Cuando amo, lo hago de verdad. Sin estrategias, sin reservas, sin red de seguridad. Me entrego entera, incluso cuando sé que podría perder. Creo con el corazón abierto y lucho hasta el final por aquello en lo que confío, aunque a veces ese final no sea el que soñé», explica.

Por todo ello, comparte que carga con amores que se quedaron por el camino, con nombres que ya no pronuncia pero que aún pesan. Personas que fueron hogar y ahora son recuerdo. «Algunas se fueron, a otras las dejé ir, y todas me enseñaron algo, incluso cuando dolió. Aprendí que no todo lo que se ama se queda, y que perder también forma parte de vivir. He luchado con mi mente en silencio», matiza.

Asimismo, asegura que ha tenido días en los que levantarse era una batalla y sonreír, una actuación. «Con pensamientos que cansan más que el cuerpo y emociones que desbordan sin pedir permiso. He entendido que la salud mental no es un lujo, es una necesidad, y que cuidarse también es un acto de valentía», puntualiza.

Es consciente de que el tiempo pasa, y a veces se le escapa entre los dedos. «Me asusta lo rápido que se va, lo poco que avisa. Me inquieta el mañana, lo incierto, lo que no puedo controlar. Hay noches en las que no acepto que todo tenga un final, ni siquiera la vida, ni siquiera nosotros. Quisiera congelar momentos, personas, abrazos», expresa.

Reconoce que ha permitido que alguien cambie su estado de ánimo con una sola palabra, con un silencio, con una ausencia. «He querido salvar a todo el mundo, ser refugio, ser sostén, ser luz… y en ese intento me he perdido a mí. Me he dejado para después demasiadas veces. Pero ahora empiezo a mirarme distinto. Empiezo a quererme sin condiciones, a valorarme sin pedir permiso. A entender que no soy egoísta por elegirme, que no fallo por soltar, que no soy débil por sentir».

Por último sabe que el camino sigue teniendo tropiezos, «pero ya no solo hay piedras: también hay flores. Y esta vez, decido caminar despacio, consciente, conmigo misma de la mano».

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